Nathan cerró la puerta y se quedó mirándome.
—¿Qué divorcio?
No respondí inmediatamente.
Guardé el teléfono debajo de la almohada y acomodé el brazo enyesado.
—El nuestro.
Su rostro se tensó.
—No puedes hablar en serio.
—Lo estoy haciendo.
—Sophie, llevamos ocho años casados.
—Lo sé.
—Tenemos una historia.
—También lo sé.
—Entonces, ¿por qué estás haciendo esto?
Lo miré durante unos segundos.
—Porque ya no quiero competir.
Nathan frunció el ceño.
—¿Competir con quién?
Casi me reí.
—Con Vanessa.
Su expresión cambió.
—Nunca te pedí que compitieras con ella.
—No. Solo pasaste ocho años haciendo que pareciera que tenía que hacerlo.
Nathan se quedó callado.
Me levanté con dificultad y saqué una carpeta del cajón.
La puse sobre la cama.
—Aquí está nuestra solicitud de divorcio. Ya está firmada por mí.
Él no la tocó.
—No voy a firmar.
—Entonces un juez decidirá.
—Sophie…
—Nathan, ya no necesito que me elijas.
Esa frase pareció golpearlo más que cualquier grito.
Tomó la carpeta.
Leyó la primera página.
Después la segunda.
—¿Te vas?
—Sí.
—¿Adónde?
—No puedo decírtelo.
—¿Por qué?
Lo miré directamente.
—Porque esta vez mi vida no te pertenece.
Nathan apretó la mandíbula.
—¿Es por la operación?
No respondí.
Él dio un paso hacia mí.
—¿Qué operación?
Entonces su teléfono vibró.
Nathan miró la pantalla.
Era Vanessa.
“Necesito verte. Es urgente. Sé quién mató a Ethan.”
El mundo pareció detenerse.
Nathan levantó lentamente la mirada.
Yo ya había visto el mensaje.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
Su rostro se quedó completamente blanco.
—No lo sé.
—Entonces pregúntale.
Nathan llamó.
Vanessa respondió al segundo tono.
—Nathan… ella ya lo sabe, ¿verdad?
Él cerró los ojos.
—¿Qué hiciste, Vanessa?
Hubo silencio.
Después ella susurró:
—No fui yo quien ordenó que llevaran a Ethan allí.
Sentí que se me helaban las manos.
Nathan se volvió hacia mí.
—Sophie…
Pero Vanessa continuó:
—Fue alguien de tu propia familia.
La llamada terminó.
Durante ocho años había creído que la muerte de mi hijo era una tragedia causada por una decisión cobarde.
Ahora existía una posibilidad mucho peor.
Alguien había querido que Ethan muriera.
Y si Vanessa decía la verdad, Nathan llevaba ocho años protegiendo a la persona equivocada.
Miré la carpeta del divorcio.
Después miré a mi esposo.
—Ya no voy a irme mañana.
Nathan respiró con dificultad.
—¿Qué vas a hacer?

Cerré la carpeta.
—Voy a descubrir quién mató a nuestro hijo.
Y esta vez, Nathan tendría que decidir de qué lado estaba.