Gabriel se quedó inmóvil.
Miró al niño que tenía delante y luego a los otros dos.
—Sí —respondió finalmente, con la voz quebrada—. Si tu mamá dice la verdad… soy vuestro padre.
El pequeño sonrió.
—Entonces eres más alto de lo que imaginaba.
Uno de sus hermanos tiró de mi vestido.
—Mamá dijo que eras muy ocupado.
Gabriel cerró los ojos durante un segundo.
—Lo fui.
—¿Por qué nunca viniste?
Aquella pregunta lo golpeó más fuerte que cualquier acusación.
Serena se acercó.
—Gabriel, tenemos que irnos.
Él la ignoró.
—¿Ellos saben quién soy?
—Saben que tienen un padre que no conocieron.
—¿Y qué les dijiste de mí?
—La verdad.
Gabriel me miró.
—¿Qué verdad?
—Que te fuiste.
Su rostro perdió color.
—Claire, yo no sabía que estabas embarazada.
—Lo sé.
—Si lo hubiera sabido…
—¿Habrías vuelto?
No respondió.
Y ese silencio fue suficiente.
El niño que sostenía el avión de papel se acercó a Gabriel.
—¿Quieres verlo?
Gabriel se agachó.
—Claro.
El pequeño le entregó el avión.
Gabriel lo tomó con ambas manos.
Entonces vio algo escrito en una de las alas.
“Para papá.”
Sus dedos comenzaron a temblar.
—¿Lo hiciste tú?
El niño asintió.
—Mamá dijo que algún día quizá te conoceríamos.
Gabriel levantó la mirada hacia mí.
Ya no quedaba arrogancia en sus ojos.
Solo una pregunta silenciosa.
¿Por qué?
Pero antes de que pudiera hablar, uno de sus hombres apareció corriendo desde el otro extremo del salón.
—Señor Cross.
Gabriel se puso de pie.
—¿Qué ocurre?
El hombre miró a los niños y luego bajó la voz.
—Alguien filtró sus nombres hace menos de diez minutos.
Mi corazón se detuvo.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
Gabriel respondió sin apartar los ojos de sus hijos.
—Que ahora todos saben que existen.
—¿Y eso es malo?
Su expresión se volvió sombría.
—Para mí, no.
Hizo una pausa.
—Para ellos, sí.
Las luces de la gala comenzaron a apagarse una por una.
Los invitados empezaron a murmurar.
Gabriel tomó mi mano.
—Claire, esta vez no voy a abandonarlos.
Lo miré.
—No vuelvas a prometerme nada.
Entonces se escuchó un ruido seco desde la entrada.
Todos se giraron.

Gabriel soltó mi mano y se colocó delante de los tres niños.
Y una voz desconocida atravesó el salón:
—Así que estos son los hijos que Gabriel Cross mantuvo ocultos durante cinco años.