Daniel cayó al suelo con una expresión de absoluto desconcierto.
Nadie se movió.
El perro ladró una vez y se escondió detrás de la silla de Marta.
Yo acomodé lentamente mi vestido.
—¿Sabes qué es lo más interesante, Daniel?
Él me miró desde el suelo.
—Que durante seis años pensé que eras un buen hombre porque jamás habías levantado la voz.
Me incliné un poco hacia él.
—Ahora entiendo que simplemente nunca tuviste el valor de hacerlo.
Mi padre se acercó inmediatamente.
—Isabella, vámonos.
Marta comenzó a gritar.
—¡¿Cómo te atreves a tocar a mi hijo?!
Mi madre levantó una mano.
—No vuelvas a hablarle así a mi hija.
Marta se quedó callada.
Entonces Daniel se levantó.
—Bella, espera. Podemos arreglar esto.
Lo miré.
—No me llames Bella.
Su rostro cambió.
—¿Qué?
—Ese nombre era para el hombre con quien creía casarme.
Saqué mi teléfono.
Tenía preparado algo desde aquella mañana.
Abrí un documento y se lo entregué.
Daniel lo leyó.
Primero frunció el ceño.
Después palideció.
—¿Qué es esto?
—La cancelación de nuestro matrimonio civil.
—No puedes hacer eso.
—Ya está presentada.
Marta se abalanzó hacia mí.
—¡Mi hijo tiene derecho a esa casa!
Me detuve.
—¿Qué casa?
Ella señaló hacia Daniel.
—La casa que ustedes iban a comprar.
Sonreí.
—No existe.
Daniel cerró los ojos.
—Mamá…
—¿Qué quieres decir con que no existe?
—La casa nunca estuvo a su nombre.
Miré a Daniel.
—Porque todavía no la había comprado.
Marta empezó a temblar.
Entonces saqué otro documento.
—Mis padres pagaron la boda. Yo pagué los muebles. Y tú utilizaste cuarenta mil euros para aparentar que tu familia podía aportar dinero.
Daniel tragó saliva.
—Isabella, déjame explicarte.
—No hace falta.
Guardé los papeles.
—Pero hay algo que sí quiero saber.
Miré a Marta.
—¿Dónde están los cuarenta mil euros?
Su rostro cambió.
Daniel también la miró.
Por primera vez aquella noche, madre e hijo se quedaron completamente callados.
Y entonces el teléfono de Daniel comenzó a sonar.
Miró la pantalla.
El nombre que apareció hizo que su expresión se volviera blanca.
Era su propio padre.
Y solo dijo una frase antes de colgar:
—Marta, ¿qué hiciste con el dinero que te confiamos?

Yo sonreí.
La boda acababa de terminar.
Pero la verdadera historia de aquella familia apenas estaba comenzando.