Alejandro permaneció inmóvil frente al cirujano.
—Revise los registros —ordenó—. Quiero saber exactamente qué ocurrió.
El médico lo miró con una dureza que jamás había mostrado frente a un general.
—Ya revisamos los registros.
Le entregó una carpeta.
—La sangre destinada a su esposa fue retirada por una orden firmada por usted.
Alejandro bajó la mirada.
La firma era suya.
—Yo autoricé que atendieran primero a Isabel.
—Y esa decisión tuvo consecuencias.
Isabel comenzó a llorar.
—Alejandro, yo no quería que muriera…
Él se volvió hacia ella.
Por primera vez, no la abrazó.
—¿Por qué llevabas un arma?
Isabel se quedó paralizada.
—Yo…
—Te pregunté por qué.
No respondió.
Entonces entró un oficial médico con otra carpeta.
—General, encontramos algo más.
La abrió frente a él.
—La bala que hirió a su esposa no fue disparada al azar.
Alejandro levantó lentamente la mirada.
—¿Qué significa eso?
—La trayectoria indica que quien disparó sabía exactamente dónde estaba parada la señora Camila.
Isabel palideció.
Pero el oficial todavía no había terminado.
—Y hay una grabación de la cena.
Alejandro tomó el dispositivo.
En el video aparecía Isabel observándome antes del disparo.
Su expresión no era de miedo.
Era de rabia.
Después se escuchaba mi voz preguntándole a Alejandro por qué había permitido que ella viviera prácticamente dentro de nuestra casa.
La grabación terminó segundos antes del caos.
Alejandro cerró los ojos.
—¿Dónde está el resto?
—En manos de la policía militar.
—¿La policía?
—Sí.
El oficial hizo una pausa.
—Porque antes de entrar al quirófano, su esposa alcanzó a activar una copia automática de seguridad en su teléfono.
Alejandro quedó completamente inmóvil.
Yo había preparado aquella copia semanas antes.
Mensajes.
Audios.
Documentos.
Conversaciones.
Todo lo que había empezado a sospechar sobre Isabel.
Y, sobre todo, una grabación de Alejandro diciendo que si algún día tenía que elegir entre ella y yo…
él siempre elegiría a Isabel.
El general escuchó el archivo completo.
Su rostro cambió.
Pero la peor parte todavía no había llegado.
La puerta volvió a abrirse.
Entró un coronel acompañado por dos investigadores.
—General Rivas, necesitamos que venga con nosotros.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Por qué?
El investigador levantó una carpeta.
—Porque estamos investigando la muerte de su esposa.
Isabel se levantó de golpe.
—¡No pueden llevárselo!
El investigador la miró.
—También necesitamos hablar con usted.
Ella retrocedió.
Alejandro finalmente comprendió.
Aquello ya no era una tragedia familiar.
Era una investigación.
Y él había dejado demasiadas pruebas detrás.
Mientras se lo llevaban, pasó frente a la habitación donde estaba mi cuerpo.
Se detuvo.
Por primera vez desde que me conoció, parecía completamente perdido.
Apoyó la mano sobre el vidrio.
—Camila…
Yo estaba al otro lado.
Pero ya no podía escucharlo como antes.
Porque en el bolsillo de su uniforme encontraron algo que nadie esperaba.
Una segunda copia del documento que me había obligado a firmar.
Y debajo de ella había una nota escrita de mi puño y letra:
“Si me pasa algo, no busquen a un enemigo desconocido.”
“Busquen a la persona que más se benefició de mi silencio.”
Alejandro leyó aquellas palabras.
Y entonces miró lentamente hacia Isabel.
Ella dejó de llorar.

Porque ambos comprendieron al mismo tiempo que mi muerte había dejado de ser un secreto.
Ahora era la prueba que podía destruirlos a los dos.