No le dije nada a Ricardo.
Seguí desayunando como si acabara de recibir una noticia cualquiera.
Pero por dentro, cada pieza comenzaba a encajar.
—¿Dormiste bien? —me preguntó.
Lo miré.
—Más o menos.
Sonrió.
—Te ves cansada.
Casi me reí.
Era exactamente lo que quería que pareciera.
Cansada.
Débil.
Confundida.
Una mujer a la que nadie cuestionaría si, de repente, sufría una crisis.
A las diez de la mañana, Nicolás llegó a la casa.
Lo abracé con fuerza.
—¿Cómo encontraste esas pólizas?
—Papá dejó abierta su computadora anoche.
Me mostró las capturas.
Había tres pólizas diferentes.
Todas recientes.
Todas por cantidades enormes.
Pero había algo extraño.
El beneficiario final no era Ricardo.
Era una empresa.
Una empresa cuyo nombre reconocí inmediatamente.
—Esta compañía pertenecía a tu abuelo.
Nicolás asintió.
—Eso pensé.
Mi padre había muerto seis años atrás y había dejado varias inversiones protegidas por fideicomisos. Ricardo siempre decía que eran asuntos demasiado complicados para mí.
Entonces Nicolás abrió otro archivo.
—Mamá, mira esto.
Era una transferencia.
Ricardo había movido dinero de una de las cuentas familiares hacia aquella empresa.
Pero la fecha me hizo estremecer.
La transferencia se había realizado tres días antes de que contrataran la primera póliza.
—¿Qué significa?
Nicolás tragó saliva.
—No lo sé.
En ese momento escuchamos la puerta.
Ricardo había vuelto.
Rápidamente guardé el teléfono.
Entró sonriendo.
—¿Qué hacen ustedes dos?
Nicolás respondió con naturalidad.
—Vine a ver a mamá.
Ricardo dejó las llaves sobre la mesa.
—Perfecto. Yo también quería hablar con los dos.
Sentí que el estómago se me cerraba.
Se sentó frente a nosotros.
—He pensado mucho en nuestra familia.
Nicolás me miró.
Ricardo continuó:
—Creo que deberíamos pasar unos días fuera de la ciudad.
—¿A dónde?
—A nuestra casa de Valle de Bravo.
Sonreí.
—¿Los tres?
—Sí.
Nicolás bajó la mirada.
—Yo no puedo.
Ricardo frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Tengo exámenes.
—Puedes faltar.
Entonces intervine.
—Déjalo. Si quiere quedarse, que se quede.
Ricardo me observó durante unos segundos.
Después sonrió.
—Claro.
Pero sus ojos ya no sonreían.
Cuando salió de la habitación, Nicolás se acercó a mí.
—Mamá, no vayas con él.
—No pienso hacerlo.
—Hay algo más.
Sacó otro documento.
Era un contrato.
El seguro no era lo único.
Ricardo había firmado una autorización para vender la casa de San Ángel en caso de mi incapacidad.
Mi firma aparecía al final.
Pero yo jamás había firmado aquello.
Sentí un escalofrío.
—Esto es falsificado.
Nicolás asintió.
—Y encontré quién lo preparó.
Me mostró el nombre del despacho.
Lo reconocí.
Era el mismo abogado que Ricardo había contratado para revisar mis documentos después de la muerte de mi padre.
El mismo hombre que llevaba seis años diciéndome que mis bienes estaban perfectamente protegidos.
Entonces mi teléfono vibró.
Un mensaje anónimo apareció en la pantalla:
“Si ya viste las pólizas, todavía no has visto lo peor.”
Debajo había una fotografía.
Era Ricardo entrando a una clínica privada.
Y junto a él estaba el médico que había firmado mi último chequeo.
La fecha era de hacía dos semanas.
Nicolás palideció.
—Mamá…
Amplié la fotografía.
En la mano del médico había una carpeta.
En la portada aparecía mi nombre.
Y debajo, una palabra:
“Diagnóstico.”
Pero yo jamás había recibido ese diagnóstico.

Entonces entendí el verdadero plan.
Ricardo no quería simplemente matarme.
Primero quería conseguir que todos creyeran que yo estaba enferma.