Bajé del vehículo y caminé hacia la bodega.
Cada paso hacía más difícil aceptar lo que estaba viendo.
Arturo Varela estaba vivo.
El hombre cuyo funeral había presenciado ocho años atrás estaba de pie frente a mi hija.
Teresa fue la primera en verme.
Su rostro perdió todo color.
—Tú…
Sofía corrió hacia mí.
—¡Papá!
La abracé con fuerza.
—No tengas miedo. Estoy aquí.
Arturo no se movió.
Solo me observó.
—No debiste seguirnos —dijo finalmente.
Sentí una rabia helada.
—¿Por qué mi suegra lleva a mi hija aquí?
Arturo bajó la mirada hacia Sofía.
—Porque necesitábamos hablar con ella antes de que fuera demasiado tarde.
—¿Hablar de qué?
Teresa intervino.
—Esto no es lo que parece.
—Mi hija dijo que la amenazaste para que guardara silencio.
Teresa comenzó a llorar.
—¡Lo hice porque quería proteger a Mariana!
Aquello me desconcertó.
—¿Protegerla de quién?
Arturo respondió.
—De mí.
El silencio fue absoluto.
Miré al hombre que llevaba ocho años creyendo muerto.
—Entonces explícame algo. ¿Por qué fingiste tu muerte?
Arturo respiró profundamente.
—Porque hace ocho años descubrí que alguien dentro de mi propia familia estaba intentando apoderarse de la empresa.
—¿Y dejaste que tu esposa creyera que habías muerto?
—No tuve elección.
—¿Y Mariana?
Sus ojos cambiaron.
—Mariana nunca supo la verdad.
Sentí un escalofrío.
—¿Entonces quién organizó todo?
Arturo miró a Teresa.
Ella cerró los ojos.
—Tu esposa.
Me quedé inmóvil.
—No.
—Mariana sabía que yo estaba investigando unas cuentas —continuó Arturo—. No sabía que sobreviví al accidente. Pensó que el problema había terminado.
Sentí que el mundo se inclinaba.
Mi esposa.
La mujer con la que había compartido ocho años.
La madre de Sofía.
—¿Por qué mi hija?
Arturo señaló una pequeña habitación dentro de la bodega.
—Porque Sofía encontró algo.
Abrí la puerta.
Sobre una mesa había fotografías, documentos y una computadora portátil.
En el centro había una carpeta con el nombre de mi empresa.
La abrí.
Transferencias.
Contratos falsificados.
Cuentas en el extranjero.
Y varias fotografías de Mariana reuniéndose con un hombre que no conocía.
Entonces vi la última imagen.
Teresa estaba allí también.
Miré a mi suegra.
—¿Cuánto tiempo llevas sabiendo esto?
Ella comenzó a llorar.
—Seis meses.
—¿Seis meses?
—Arturo volvió y me encontró. Me pidió que vigilara a Sofía porque sospechaba que Mariana podía descubrirlo.
Sentí que el corazón me golpeaba contra las costillas.
—¿Y el lugar secreto?
Arturo respondió:
—No era para hacerle daño.
Señaló una pequeña habitación.
—Era el único sitio donde Sofía podía estar segura mientras investigábamos.
Me acerqué a la mesa.
Había una fotografía de Sofía tomada en nuestra casa.
Debajo aparecía una fecha.
Y otra.
Y otra.
Alguien llevaba meses vigilando a mi hija.
Pero entonces encontré un documento que hizo que todo lo demás pareciera insignificante.
Era una copia de mi testamento empresarial.
Mi firma aparecía al final.
Pero yo jamás había firmado aquello.
En la última página había una cláusula que transfería el control de casi toda mi fortuna a una sociedad desconocida.
La fecha era de tres meses atrás.
Miré a Arturo.
—¿Quién tiene el original?
Antes de responder, escuchamos un automóvil detenerse afuera.
Arturo palideció.
Teresa dejó caer su teléfono.
Y Sofía me agarró la mano.
—Papá…
Miré hacia la puerta.

Reconocí el sonido de los tacones antes de verla.
Mariana había llegado.
Y no venía sola.