PARTE 2: EL NOMBRE QUE MI SUEGRA HABÍA BORRADO

Tomé la fotocopia con las manos temblando.

Era una hoja antigua, amarillenta, con mi nombre escrito con letra infantil.

INÉS ROLDÁN — 5 AÑOS.

Debajo había una fotografía.

Yo estaba sentada sobre las rodillas de mi padre.

Pero había algo extraño.

Al fondo aparecía una mujer que no reconocía.

Clara respondió mi llamada inmediatamente.

—Inés, ¿encontraste el documento?

—Sí. Pero necesito saber qué significa.

Hubo silencio.

—¿Dónde lo encontraste?

—En la casa de los Varela.

Clara respiró profundamente.

—Entonces tenemos un problema mucho mayor de lo que pensábamos.

—Habla.

—La referencia de 1998 no corresponde únicamente a un pacto sucesorio. También existe un expediente de tutela.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—¿Tutela de quién?

—Tuya.

Miré nuevamente la fotografía.

—Eso es imposible. Yo siempre viví con mis padres.

—Según el expediente, sí. Pero legalmente alguien intentó declarar que tu padre no era tu padre biológico.

El silencio se volvió insoportable.

—¿Quién?

Clara tardó varios segundos en responder.

—Amalia Varela.

Sentí que el aire desaparecía de la habitación.

—¿Mi suegra?

—Ella presentó la primera solicitud cuando tenías cinco años.

Miré hacia el comedor.

Leandro seguía sentado junto a Álvaro, completamente pálido.

—¿Por qué querría separarme de mi padre?

Clara bajó la voz.

—Porque el expediente dice que tu padre tenía derecho a una participación extraordinaria en Varela Infraestructuras.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué participación?

—El treinta y cuatro por ciento.

Miré las acciones que acababa de recuperar.

El mismo porcentaje.

No era una coincidencia.

De repente, todo encajó.

La deuda.

El fondo.

Las acciones.

El poder falso.

Y la crueldad con la que Amalia había tratado a mi padre.

No quería expulsarlo porque creyera que no era familia.

Quería mantenerlo lejos porque sabía exactamente quién era.

Me levanté.

—Clara, congela todo.

—Ya está en marcha.

—Y necesito otra cosa.

—¿Qué?

—Quiero saber quién falsificó la firma de mi padre.

Antes de que pudiera responder, escuché un golpe en la puerta principal.

Álvaro fue a abrir.

Era mi padre.

Estaba empapado.

Pero esta vez no llevaba la bolsa.

Llevaba una carpeta de cuero contra el pecho.

Me miró directamente.

—Inés, tenemos que hablar.

Corrí hacia él.

—Papá, ¿qué es esto?

Julián miró a Leandro.

Después a Álvaro.

Finalmente, cerró la puerta.

—Es el documento que Amalia lleva treinta años intentando destruir.

Leandro se puso de pie con dificultad.

—Julián…

Mi padre levantó una mano.

—Ya no voy a guardar silencio.

Sacó una hoja de la carpeta.

—Cuando Inés tenía cinco años, descubrí que alguien estaba intentando utilizar su nombre para quedarse con las acciones que pertenecían a su madre.

Sentí un escalofrío.

—¿Mi madre?

Mi padre asintió.

—Tu madre no murió por enfermedad, Inés.

La habitación quedó completamente en silencio.

—Fue asesinada.

Miré la fotografía de mi infancia.

Entonces Julián señaló la mujer que aparecía detrás de nosotros.

—Y esa mujer fue la última persona que estuvo con ella.

Leandro cerró los ojos.

Porque reconocía perfectamente aquel rostro.

—Amalia.

Mi suegra.

La mujer que acababa de echar a mi padre bajo la lluvia.

Y por primera vez comprendí que el treinta y cuatro por ciento de las acciones no era una herencia.

Era la prueba de un crimen que llevaba treinta años enterrado.

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