Esperé hasta que Andrei y Maxim desaparecieron detrás del control de seguridad.
Entonces miré la tarjeta.
No tenía nombre.
Solo una serie de números dorados.
En la parte posterior había una pequeña inscripción:
“Cuenta reservada. No la uses hasta estar sola.”
Sentí un escalofrío.
Entré en una cafetería vacía y llamé al número que aparecía debajo.
Una mujer respondió después de dos tonos.
—Señora Petrova, ¿tiene la tarjeta?
Me quedé inmóvil.
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Porque su hijo abrió esta cuenta hace seis meses.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—Maxim tiene doce años.
—Lo sé.
La mujer hizo una pausa.
—Pero su hijo también dejó instrucciones muy específicas.
Miré la tarjeta.
—¿Cuánto dinero hay?
—Seis millones de dólares.
Cerré los ojos.
—¿De dónde salió?
—Eso no puedo explicárselo por teléfono.
—Entonces dígame por qué mi hijo me la entregó.
La voz al otro lado se volvió más seria.
—Porque él cree que su vida corre peligro.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Qué?
—Su hijo descubrió algo sobre su padre.
Me levanté de golpe.
—¿Qué descubrió?
—No tengo autorización para revelarlo todavía. Pero dejó un mensaje para usted.
La mujer me pidió que abriera una aplicación vinculada a la tarjeta.
En la pantalla apareció un archivo de audio.
Lo reproduje.
La voz de Maxim sonó temblorosa.
“Mamá, si estás escuchando esto, significa que ya estoy con papá.”
Me llevé una mano a la boca.
“Sé que pensaste que te elegí porque no tienes dinero. No es verdad.”
Una lágrima cayó sobre la pantalla.
“Papá me dijo que si vivía contigo, te quitaría todo. También dijo que nunca permitiría que investigaras sus negocios.”
La grabación continuó.
“Hace tres meses encontré unos documentos en su despacho.”
Se escuchó su respiración.
“Había transferencias a nombres que no conocía. También había pagos relacionados con personas que desaparecieron después de intentar denunciarlo.”
Me quedé helada.
“Entonces entendí que papá no quería mi custodia porque me amaba más.”
Pausa.
“Me necesitaba como garantía.”
La grabación terminó.
No podía respirar.
La mujer volvió a hablar.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—Su hijo dejó programada una transferencia adicional.
—¿Para quién?
—Para un abogado especializado en delitos financieros.
Me senté lentamente.
—¿Cuándo?
—Mañana a las ocho.
Entonces escuché un sonido en la cafetería.
Levanté la mirada.
Un hombre estaba parado junto a la puerta.
No lo había visto entrar.
Vestía un abrigo oscuro y sostenía un teléfono.
Mi teléfono vibró.
Un mensaje de Maxim.
“NO CONFÍES EN NADIE QUE DIGA VENIR DE PARTE DE PAPÁ.”
Levanté los ojos otra vez.
El desconocido ya caminaba hacia mí.

Entonces mi teléfono volvió a vibrar.
Esta vez apareció una segunda frase:
“Mamá, si ese hombre te encuentra antes de que llegue el abogado, corre.”