Por primera vez desde que el corazón de Leo dejó de latir, sentí algo más que dolor.
Sentí sospecha.
¿Por qué Julian había insistido tanto en que me marchara en solo dos días?
Tomé mi teléfono y llamé a mi abogada, Rebecca Morgan.
Contestó después del segundo tono.
—Clara, ¿estás bien?
—No. Pero necesito que revises algo.
Le expliqué lo ocurrido y le envié una fotografía de la escritura.
Hubo silencio.
—¿Julian te pidió alguna vez que firmaras documentos sobre la casa?
—Hace unos meses. Dijo que eran papeles para actualizar el seguro.
Rebecca respiró lentamente.
—No firmaste nada, ¿verdad?
—No.
—Entonces no hagas absolutamente nada hasta que investiguemos.
Me senté en el borde de la cama.
—¿Por qué?
—Porque acabo de revisar el registro de la propiedad.
Mi corazón comenzó a acelerarse.
—¿Y?
—Hace seis semanas alguien presentó una solicitud para transferir tu casa a una sociedad de responsabilidad limitada.
Me quedé inmóvil.
—¿Quién?
—El documento lleva una firma que supuestamente es tuya.
Miré mis manos.
—Yo jamás firmé eso.
—Lo sé. Por eso necesito que vengas mañana temprano.
Colgué.
Durante varios minutos permanecí sentada sin moverme.
Entonces entendí.
Julian no quería echarme porque Chloe estuviera embarazada.
Quería que abandonara la casa antes de que descubriera lo que había hecho.
A las siete de la mañana siguiente, Rebecca me esperaba en su despacho.
Sobre la mesa había una copia certificada de la solicitud de transferencia.
La miré.
Mi nombre aparecía al final.
Pero la firma no era la mía.
—Esto es falsificación —dije.
Rebecca asintió.
—Y hay algo peor.
Giró otra página.
El beneficiario de la sociedad era una empresa registrada hacía apenas dos meses.
Sterling Family Holdings.
Mi apellido.
Pero yo jamás había creado esa empresa.
—¿Quién aparece como administrador?
Rebecca deslizó el documento hacia mí.
El nombre me hizo sentir un frío inmediato.
Julian Mercer.
Lo miré sin comprender.
—¿Por qué usaría mi apellido?
—Porque necesitaba que pareciera una estructura familiar.
Rebecca señaló otra hoja.
—Y ahora viene la parte que explica su prisa.
Era un contrato bancario.
Julian había utilizado la propiedad como garantía para solicitar un préstamo de casi dos millones de dólares.
La fecha coincidía con el período en que Leo estaba hospitalizado.
Me llevé una mano a la boca.
—¿Para qué necesitaba tanto dinero?
Rebecca me miró con gravedad.
—No lo sabemos todavía.
Entonces su teléfono sonó.
Escuchó durante unos segundos.
Su expresión cambió.
—Clara, necesito que veas esto.
Me mostró un correo recibido esa misma mañana.
Era de una empresa de auditoría.
Habían descubierto movimientos financieros sospechosos relacionados con Julian.
Millones de dólares habían desaparecido de una cuenta empresarial.
Y varias transferencias terminaban en una cuenta vinculada a Chloe.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—Entonces el embarazo…
—Puede no ser la razón de nada —dijo Rebecca—. Puede ser una distracción.
En ese instante mi teléfono comenzó a vibrar.
Julian.
No contesté.
Llegó un mensaje.
“Clara, vuelve a casa. Tenemos que hablar.”
Rebecca tomó el teléfono y leyó el mensaje.
—No vuelvas.
—No pensaba hacerlo.
Entonces llegó otro.
“Hay algo que todavía no sabes sobre Leo.”
Dejé de respirar.
Rebecca levantó la mirada.
—No respondas.
Pero ya era demasiado tarde.
Porque apareció un tercer mensaje.
“Tu hijo no murió por la enfermedad que te dijeron.”
Sentí que el mundo se detenía.
Miré a Rebecca.
—¿Qué significa eso?
Ella no respondió.
Solo tomó el teléfono, llamó a un investigador privado y dijo:
—Necesitamos conseguir inmediatamente todos los expedientes médicos de Leo.

Porque si Julian estaba diciendo la verdad…
Entonces la muerte de mi hijo no había sido una tragedia.
Había sido algo que alguien llevaba meses intentando ocultarme.