PARTE 2: LA UNIVERSIDAD YA SABÍA QUE ME HABÍAN SECUESTRADO

A las 8:13 de la mañana siguiente, Iris llegó al campus con mi carta de admisión.

Vanessa iba a su lado.

Ambas sonreían.

Creían que habían ganado.

No sabían que, a cientos de kilómetros de allí, el sistema de seguridad de la universidad ya había marcado mi expediente.

INCOMPARECENCIA DEL PERSONAL ADMITIDO.

VERIFICACIÓN DE SEGURIDAD ACTIVADA.

Mi nombre había desaparecido de la lista pública de nuevos estudiantes.

Y mi expediente había pasado directamente a una unidad especial.

Mientras tanto, Iris llegó al primer control.

Entregó mi documento.

El funcionario lo escaneó.

La pantalla quedó en rojo.

—Espere aquí.

Vanessa perdió la sonrisa.

—¿Hay algún problema?

—Necesitamos una segunda verificación.

Iris empezó a ponerse nerviosa.

—Mamá…

Vanessa le apretó el brazo.

—No digas nada.

Pero entonces apareció otro funcionario.

Miró la fotografía.

Después miró a Iris.

—¿Elena Wan?

Iris tragó saliva.

—Sí.

El funcionario observó su rostro durante varios segundos.

—Entonces explíqueme por qué su huella no coincide.

Vanessa se quedó completamente inmóvil.

Mientras tanto, yo seguía en el vehículo.

No sabía exactamente dónde estaba.

Pero sabía una cosa.

Había conseguido conservar mi mochila.

Y dentro estaba mi segundo teléfono.

El que Vanessa nunca había visto.

Lo encendí.

Una sola señal.

Suficiente.

Abrí la aplicación de emergencia que la universidad había instalado durante mi proceso de admisión.

Presioné el botón.

MI IDENTIDAD ESTÁ SIENDO UTILIZADA.

MI FAMILIA ME HA ENTREGADO CONTRA MI VOLUNTAD.

NECESITO AYUDA.

Envié mi ubicación aproximada.

Treinta segundos después apareció una respuesta.

“RECIBIDO.”

Luego otra.

“NO INTENTE ENFRENTARSE A LOS CAPTORES.”

“SU EXPEDIENTE ESTÁ PROTEGIDO.”

“YA HEMOS IDENTIFICADO A LOS INVOLUCRADOS.”

Por primera vez desde que Vanessa me había entregado aquel vaso de sopa, respiré tranquila.

No porque estuviera a salvo.

Sino porque ellos ya no tenían el control.

En la universidad, dos agentes esperaban a Iris.

Uno de ellos colocó sobre la mesa una fotografía.

Era mi fotografía.

—¿Dónde está Elena Wan?

Iris empezó a llorar.

Vanessa intentó intervenir.

—Mi hija está confundida. Ha estado bajo mucha presión.

El agente la miró.

—Señora, todavía no le hemos preguntado nada.

Vanessa cerró la boca.

Entonces colocó otra fotografía sobre la mesa.

Una imagen tomada por una cámara de seguridad.

Vanessa entregándome al conductor.

Su rostro quedó perfectamente registrado.

La mujer que se creía invisible acababa de convertirse en la prueba principal.

Mientras tanto, el vehículo finalmente se detuvo.

El conductor abrió la puerta trasera.

—Se acabó el viaje.

Yo levanté la mirada.

A lo lejos había varios vehículos acercándose.

No llevaban sirenas.

No las necesitaban.

El conductor frunció el ceño.

—¿Quiénes son?

Yo sonreí.

—La razón por la que tu negocio acaba de terminar.

Los vehículos se detuvieron.

Varias personas descendieron.

El conductor retrocedió.

Uno de ellos mostró una identificación.

—Seguridad federal.

Después miró directamente hacia mí.

—Elena Wan, hemos venido a llevarte a casa.

El silencio fue absoluto.

El conductor palideció.

Yo bajé lentamente del vehículo.

Antes de entrar al auto que esperaba por mí, miré hacia atrás.

Pensé en mi hermano.

En Vanessa.

En Iris.

Y en los quinientos mil yuanes.

No me alegraba que mi familia hubiera caído en aquella trampa.

Pero tampoco iba a salvarlos de las consecuencias.

Horas después, recibí una última notificación.

“SU ADMISIÓN HA SIDO RESTAURADA.”

Debajo aparecía una segunda línea.

“PRESENTACIÓN OBLIGATORIA: MAÑANA, 08:00.”

Sonreí.

Vanessa había querido robarme mi futuro.

Sin saber que, al intentar hacerlo, había activado precisamente el sistema que podía descubrir todo lo que llevaba años ocultando.

Y cuando llegara a la universidad al día siguiente…

No sería como una estudiante cualquiera.

Llegaría con un expediente abierto.

Y dentro de ese expediente ya aparecía el nombre de mi cuñada.

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