David sonrió.
—Soy David Whitmore, esposo de Anna. Necesito hablar con su padre.
Hubo un silencio.
Entonces mi padre preguntó:
—¿Dónde está mi hija?
La sonrisa de David desapareció.
—Está en casa. Tuvimos un pequeño incidente.
—¿Está embarazada de siete meses?
—Sí.
—¿Y por qué está hablando usted en lugar de ella?
David miró a Sylvia.
—Porque está alterada.
Mi padre tardó dos segundos en responder.
—Ponga el teléfono junto a ella.
David se inclinó y acercó el móvil a mi rostro.
—Aquí está.
Cerré los ojos.
—Papá.
Su voz cambió inmediatamente.
—Anna, dime exactamente qué ocurrió.
David intentó interrumpir.
—Señor, antes de sacar conclusiones—
—No le estaba hablando a usted.
El silencio fue absoluto.
Mi padre continuó:
—Anna, ¿alguien te empujó?
Tragué saliva.
—Sí.
Sylvia dio un paso atrás.
—Fue un accidente —dijo rápidamente.
Mi padre la escuchó.
—¿Quién es esa mujer?
—Mi madre —respondió David.
—Entonces dígale que no vuelva a acercarse a mi hija.
David soltó una risa nerviosa.
—No sabe con quién está hablando.
Mi padre respondió con una calma que conocía desde niña.
—David, tú tampoco.
El tono cambió.
—Soy el presidente de la Corte Suprema. Y Anna es mi hija.
El rostro de David perdió todo color.
Sylvia dejó caer la copa que sostenía.
El cristal se rompió sobre el suelo.
Desde el comedor comenzaron a escucharse murmullos.
Uno de los invitados se levantó.
—¿La hija del presidente de la Corte Suprema?
David me miró.
—Tú dijiste que eras huérfana.
—Nunca dije eso.
—Dijiste que no tenías familia.
—Dije que no vivían conmigo.
Mi padre volvió a hablar.
—David, escucha con atención. Mi hija acaba de describir una agresión mientras está embarazada de siete meses. La policía y los servicios médicos ya están siendo enviados a esa dirección.
David miró hacia la puerta.
Por primera vez, parecía verdaderamente asustado.
—Esto puede arreglarse —dijo—. Soy abogado. Podemos hablar.
—No.
—Señor, por favor.
—Precisamente porque eres abogado, sabes lo que significa destruir deliberadamente el teléfono de una persona que pide asistencia médica.
David se quedó inmóvil.
Mi padre añadió:
—Y también sabes lo que significa impedirle solicitar ayuda.
Las sirenas comenzaron a escucharse afuera.
Sylvia empezó a llorar.
—David, haz algo.
Él no respondió.
Miré el teléfono.
—Papá.
—Estoy aquí.
—¿El bebé?
Hubo una pausa.
—La ambulancia está llegando. Concéntrate en respirar.
Las puertas principales se abrieron y los paramédicos entraron rápidamente.
Uno de ellos se arrodilló a mi lado.
—Señora, vamos a llevarla al hospital.
Mientras me ayudaban a incorporarme, vi a David quedarse completamente solo en medio de la cocina.
Ya no parecía el abogado arrogante que aseguraba conocer todas las reglas.
Parecía un hombre que acababa de descubrir que las reglas también podían alcanzarlo.
Antes de salir, mi padre habló una última vez por teléfono.
—Anna.
—Sí.
—Hay algo que todavía no te he contado.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
Su voz se volvió más seria.
—Hace seis meses descubrimos que David estaba utilizando tu nombre en varios documentos legales.
Miré hacia atrás.
David levantó la cabeza.
—Y ahora que sé lo que acaba de ocurrir…
Mi padre hizo una pausa.
—Voy a pedir que revisen absolutamente todo.
Las puertas de la ambulancia se cerraron.
Y mientras el vehículo comenzaba a alejarse de aquella casa, entendí que la agresión de esa noche no era el final de mi matrimonio.

Era la primera pieza de un fraude mucho más grande.
Y mi padre acababa de decidir que iba a desenterrarlo todo.