Avancé hacia el escenario mientras los fotógrafos levantaban sus cámaras.
Cada paso parecía más pesado que el anterior.
Entonces escuché una voz detrás de mí.
—No deberías estar aquí.
Me detuve.
Elena estaba de pie junto a la salida.
Habían pasado trece años.
Pero reconocería aquella mirada en cualquier lugar.
Ya no era la mujer que abandoné.
Vestía un traje oscuro sencillo, llevaba el cabello recogido y tenía una serenidad que me hizo sentir todavía más pequeño.
—Elena…
Ella levantó una mano.
—No.
Su voz no tembló.
—No pronuncies mi nombre como si todavía tuvieras derecho a hacerlo.
Tragué saliva.
—Los niños…
—Son mis hijos.
—También son míos.
Una sonrisa fría apareció en sus labios.
—¿Ahora sí?
No supe qué responder.
Entonces Leo y Ethan bajaron del escenario.
Los dos se acercaron a Elena.
—Mamá, ¿ya podemos irnos?
—Sí.
Ethan me miró durante unos segundos.
No había odio en sus ojos.
Eso fue peor.
Solo indiferencia.
—¿Tú eres Julian Holloway? —preguntó.
Asentí.
—Sí.
Leo miró a su hermano.
Después volvió a mirarme.
—Entonces eres el hombre de la fotografía.
Sentí que el corazón se me detenía.
—¿Qué fotografía?
Elena cerró los ojos.
—No era necesario que lo supieran todavía.
Ethan sacó un pequeño sobre de su bolsillo.
—Mamá dijo que algún día tendríamos que conocer la verdad.
Me entregó una fotografía.
Era una imagen antigua.
Yo aparecía junto a Elena, trece años atrás.
Ella estaba embarazada.
Yo tenía una mano sobre su vientre.
La fecha estaba escrita detrás.
Recordé aquella noche.
La noche antes de abandonarla.
Pensé que había elegido una vida mejor.
Dinero.
Poder.
Victoria.
Y ahora estaba mirando la prueba de la vida que había destruido.
—¿Por qué me lo muestras?
Ethan respondió con calma:
—Porque queremos que sepas que no vinimos aquí por casualidad.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
Leo sacó otra hoja.
Era un documento financiero.
Reconocí inmediatamente el nombre de mi empresa.
—Esto…
Elena habló por primera vez.
—Durante trece años pagaste silenciosamente la educación de Preston.
Victoria lo había hecho parecer un gesto de generosidad.
Pero aquel dinero había salido de una cuenta que también estaba vinculada a mi patrimonio personal.
—No entiendo.
—Lo harás.
Elena sacó una carpeta negra.
—Tu esposa utilizó parte de esos fondos para comprar las plazas, los entrenadores y los patrocinadores de Preston.
Me quedé inmóvil.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque fui yo quien descubrió las transferencias.
Victoria apareció al final del pasillo.
—¡Julian!
Elena la miró.
—Llegas justo a tiempo.
Victoria palideció.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Elena levantó la carpeta.
—Presentando las pruebas.
Victoria miró los documentos.
Luego a los gemelos.
Después a mí.
—No puedes hacer esto.
—Ya está hecho.
Un hombre con traje gris apareció detrás de Elena.
Era un abogado.
—Señora Holloway, el tribunal recibió esta mañana la documentación completa.
Victoria dio un paso atrás.
—¿Qué tribunal?
El abogado respondió:
—El que determinará quién tiene derecho sobre las acciones adquiridas con fondos desviados durante los últimos trece años.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Victoria me miró.
—Julian, dile que miente.
No pude responder.
Porque acababa de comprender algo mucho peor.
Elena no había venido al concurso para presumir de sus hijos.
Había venido para destruir la vida que Victoria y yo habíamos construido.
Y los gemelos no eran simplemente los ganadores del torneo.
Eran la razón por la que todo había empezado a salir a la luz.
Pero entonces Ethan miró a su madre y preguntó:
—Mamá, ¿se lo decimos ahora?
Elena negó lentamente.
—Todavía no.
Miró directamente hacia mí.
—Primero quiero que descubra por sí mismo quién financió realmente la empresa que cree que posee.
Sentí que la sangre se me helaba.

Porque conocía perfectamente aquel nombre.
La persona que había financiado mi primera empresa trece años atrás…
había sido Elena.