PARTE 2: EL HOMBRE QUE TODOS CREÍAN MUERTO

Mateo permaneció en silencio mientras Elena terminaba de contarle la historia.

—¿Y nunca encontraron mi cuerpo? —preguntó.

—Nunca.

Mateo bajó la mirada hacia el collar.

—Entonces quizá por eso sobreviví.

Elena sintió un escalofrío.

—¿Qué quieres decir?

Mateo cerró los ojos.

Durante unos segundos pareció luchar contra un recuerdo.

—Agua.

—¿Qué?

—Recuerdo agua. Mucha agua. Y alguien gritándome que no abriera los ojos.

Elena se inclinó hacia delante.

—¿Quién?

Mateo negó con la cabeza.

—No lo sé.

Entonces ocurrió algo extraño.

Elena colocó sobre la mesa una fotografía antigua de Daniel.

Mateo la miró.

Su respiración cambió.

—Yo conozco esa camisa.

Elena se quedó inmóvil.

—Era mía —continuó Mateo—. O eso creo.

Se llevó una mano a la sien.

—Hay una casa. Una mujer llorando. Un niño pequeño…

Elena dejó caer la fotografía.

—Daniel nunca tuvo hijos.

Mateo abrió los ojos de golpe.

—No era un niño.

Tragó saliva.

—Era un perro.

Elena soltó el aire lentamente.

Por primera vez desde que lo había encontrado, algo dentro de ella comenzó a considerar una posibilidad que le parecía imposible.

—Necesito hacerte una prueba de ADN.

Mateo asintió.

—Hazla.

La muestra fue enviada esa misma tarde a un laboratorio privado.

Elena no se lo contó a nadie.

Ni siquiera a su hermana.

Durante dos días esperó.

El resultado llegó el jueves por la mañana.

Elena abrió el archivo con las manos temblorosas.

Leyó una vez.

Después otra.

Y una tercera.

99,98%.

Parentesco biológico entre Elena Valdés y Mateo Cruz.

La taza que sostenía cayó al suelo.

Se rompió.

Pero Elena ni siquiera la miró.

Su hijo estaba vivo.

Después de ocho años.

Daniel estaba vivo.

Corrió hacia la habitación donde Mateo descansaba.

—Daniel.

El hombre levantó la cabeza.

Elena apenas podía hablar.

—Ese es tu nombre.

Mateo se quedó completamente quieto.

—¿Qué?

Ella le mostró el informe.

—Eres mi hijo.

Los ojos de Mateo se llenaron de lágrimas.

Pero antes de que pudiera abrazarla, su teléfono sonó.

Era su jefe de seguridad.

—Señora Valdés, tenemos un problema.

—¿Qué ocurre?

—Alguien entró anoche en el laboratorio.

Elena sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¿Robaron algo?

—No.

Hubo una pausa.

—Solo destruyeron el expediente de ADN de Mateo.

Elena miró hacia su hijo.

—¿Hay cámaras?

—Sí.

—¿Identificaron al intruso?

Otra pausa.

—Sí, señora.

—¿Quién fue?

La respuesta llegó en voz baja.

—Un hombre que aparece en los registros de su familia desde hace ocho años.

Elena sintió que la sangre se le helaba.

—¿Quién?

—El antiguo abogado de Daniel.

Entonces Mateo levantó la cabeza.

—Mamá…

Elena se giró.

Mateo estaba mirando fijamente el collar.

—Ahora recuerdo dónde estuve todos estos años.

Ella se acercó lentamente.

—¿Dónde?

Mateo apretó la piedra roja entre los dedos.

—No estaba perdido.

—Me estaban escondiendo.

Y antes de que Elena pudiera preguntar quién, Mateo pronunció un nombre que ella jamás había esperado volver a escuchar.

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