PARTE 2: EL LIBRO QUE PODÍA DESTRUIR A LOS MONTES

Sofía volvió a mirar la carpeta de piel.

—¿Qué libro? —preguntó.

Daniela señaló la última línea de la carta.

—Aurelio dejó una instrucción bastante clara. Si ese libro existe, tenemos que encontrarlo antes que ellos.

En ese momento, el encargado del archivo recibió otra llamada.

Su rostro cambió.

—Señora Reyes… acaba de llegar una persona de la familia Montes.

Daniela cerró inmediatamente la carpeta.

—¿Quién?

—Álvaro Montes.

Sofía no se movió.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

—Quizá cinco minutos.

Daniela miró los documentos.

—Entonces dejemos que entre.

—¿Por qué?

—Porque si vino personalmente, significa que sabe exactamente lo que hay aquí.

Sofía comprendió.

Aurelio no había escondido solamente pruebas.

Había dejado un cebo.

Guardaron los documentos originales en una caja de seguridad temporal y dejaron sobre la mesa únicamente las copias que el archivo había autorizado fotografiar.

Un minuto después, la puerta se abrió.

Álvaro entró acompañado por dos abogados.

Su rostro ya no tenía la seguridad de aquella mañana.

—Sofía, entrega la carpeta.

Ella sonrió.

—¿Cuál?

Álvaro apretó la mandíbula.

—No juegues conmigo.

Daniela dio un paso adelante.

—Señor Montes, este archivo fue abierto legalmente mediante una instrucción testamentaria. Si desea retirar cualquier documento, tendrá que explicarnos primero por qué sabía que estaban aquí.

Álvaro se quedó inmóvil.

Uno de sus abogados le susurró algo.

Entonces apareció Leonor.

Había llegado detrás de ellos.

—Dámelo, Sofía.

Ella la miró.

—¿El qué?

—El contrato original.

Sofía sintió un escalofrío.

—¿Cómo sabe que está aquí?

Leonor no respondió.

Y eso fue suficiente.

Daniela sacó su teléfono.

—Gracias.

Leonor frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque acaba de confirmar que sabía de la existencia de ese documento.

Álvaro se volvió hacia su madre.

—Mamá…

Pero Leonor ya había perdido la paciencia.

—¡Tu padre nunca debió protegerla!

El silencio cayó sobre la sala.

Sofía la miró fijamente.

—Entonces sí sabía.

Leonor respiró con dificultad.

—Tu padre descubrió que tú habías financiado casi toda la empresa. Quiso corregir las acciones antes de morir.

—Pero usted lo impidió.

Leonor bajó la mirada.

—Álvaro era mi hijo.

Sofía sintió que algo dentro de ella se endurecía.

—Y yo era la mujer que construyó su futuro.

Álvaro dio un paso hacia ella.

—Eso ya no importa.

Daniela respondió:

—En realidad, importa muchísimo.

Sacó una copia del poder notarial falso.

—Porque acabamos de verificar el registro.

—El notario que supuestamente certificó este documento estaba fuera del país ese día.

Álvaro palideció.

Daniela continuó:

—Y hay algo todavía peor.

Abrió la caja de madera.

Debajo de los recibos bancarios apareció un pequeño cuaderno negro.

En la portada había una sola palabra escrita por Aurelio:

“CONFESIONES”.

Álvaro retrocedió.

—No lo abras.

Sofía levantó la tapa.

La primera página contenía fechas.

Nombres.

Cantidades.

Y al final de cada entrada, una inicial.

A.

L.

J.

Sofía reconoció inmediatamente las dos primeras.

Álvaro.

Leonor.

Pero la tercera…

—¿Quién es J? —preguntó.

Nadie respondió.

Entonces Daniela pasó una página.

Había una fotografía pegada al papel.

Era Álvaro entrando a una notaría diez años atrás.

A su lado estaba Jimena.

Y detrás de ellos aparecía un hombre que Sofía conocía demasiado bien.

Su antiguo abogado.

El mismo que le había recomendado aceptar el divorcio aquella mañana.

Sofía sintió que el aire desaparecía de la habitación.

—No puede ser…

Daniela leyó la anotación escrita debajo de la fotografía.

—“El plan para quedarse con el cuarenta y dos por ciento comenzó aquí. Si algún día Sofía descubre la verdad, debe saber que no fue una traición reciente. Fue diseñada durante diez años.”

Álvaro se lanzó hacia el cuaderno.

Daniela lo apartó.

—Ni se le ocurra.

Pero Sofía ya había visto la última página.

Había una lista de transferencias.

Y una cuenta bancaria extranjera.

El beneficiario era Jimena Solís.

Pero debajo aparecía una segunda cuenta.

La titular era Leonor.

Sofía levantó lentamente la mirada.

—Esto no era un divorcio.

Álvaro no respondió.

—Era una operación para quitarme mi empresa.

Entonces su teléfono vibró.

Un mensaje de un número desconocido apareció en la pantalla:

“Ya saben que encontraste la bóveda. Sal de ahí inmediatamente. La policía llegará en cuatro minutos.”

Sofía miró a Daniela.

—¿Quién lo envió?

Daniela negó con la cabeza.

Pero antes de que pudiera responder, se escucharon sirenas afuera.

Y el empleado del archivo cerró todas las puertas.

—Señora Reyes —dijo—, alguien acaba de cortar la electricidad del edificio.

Las luces se apagaron.

Y en la oscuridad, Sofía escuchó a alguien susurrar detrás de ella:

—Si quieres saber quién falsificó realmente tu firma, ven conmigo.

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