Adrián me miró como si hubiera escuchado mal.
—¿Qué dijiste?
—Que acepto el divorcio.
La mandíbula se le tensó.
—Yo no he dicho que quiera divorciarme ahora.
Casi sonreí.
—Lo dijiste tres veces. Solo tardé demasiado en creerte.
Me levanté del sofá.
—Mañana hablaré con un abogado. No quiero la casa ni tu dinero. Solo quiero terminar esto tranquilamente.
Pasé junto a él, pero Adrián me sujetó de la muñeca.
—¿Por Clara?
—No.
Mi respuesta pareció desconcertarlo más.
—Entonces, ¿por qué?
Lo miré.
—Porque ya no quiero vivir esperando que algún día me elijas.
Sus dedos se aflojaron.
Por primera vez, Adrián no tuvo respuesta.
Dos días después encontré un departamento pequeño cerca del hospital de Sofía.
Cuando Adrián llegó aquella noche, había cajas junto a la puerta.
Se quedó mirándolas.
—¿Qué es esto?
—Me mudo mañana.
Su rostro cambió.
—Creí que esperaríamos hasta firmar.
—No hace falta.
—Valeria, esta también es tu casa.
—No. Tú mismo me enseñaste eso.
Intentó hablar, pero su teléfono sonó.
Clara.
Los dos vimos el nombre.
Antes, aquello habría provocado una discusión.
Esta vez tomé una caja y seguí caminando.
Adrián rechazó la llamada.
—No voy a contestar.
—Puedes hacerlo.
—No quiero.
Me giré hacia él.
—Ese ya no es mi problema.
Aquellas palabras parecieron herirlo más que cualquier grito.
A la mañana siguiente, mientras Sofía me ayudaba con las cajas, Adrián apareció vestido para trabajar.
—El coche está abajo.
—No lo necesito.
—Te llevaré.
—Sofía me lleva.
—Valeria…
—Adiós, Adrián.
Entré en el ascensor.
Las puertas comenzaron a cerrarse.
Entonces él metió una mano entre ellas.
—No puedo dejar que te vayas así.
Lo observé en silencio.
—Fuiste tú quien abrió la puerta.
Esta vez soy yo quien la está cruzando.
Las puertas se cerraron frente a su rostro.
Pensé que aquello sería suficiente.
Me equivoqué.
Esa noche, alguien llamó a mi nuevo departamento.
Abrí creyendo que era Sofía.
Era Clara Monroe.
Llevaba gafas oscuras y sostenía un sobre.
—Necesitamos hablar.
—No tenemos nada que hablar.
—Sí tenemos.
Me entregó el sobre.
Dentro había fotografías de Adrián y ella, mensajes impresos y un documento fechado años antes de nuestro matrimonio.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Qué es esto?
Clara respiró profundamente.

—La razón por la que Adrián nunca pudo alejarse completamente de mí.
Levanté la mirada.
—Si vienes a decirme que todavía lo amas, puedes ahorrártelo.
—No vine por eso.
Clara señaló el último documento.
—Vine porque Adrián te ha mentido desde el día que te conoció.
Antes de que pudiera preguntar, escuchamos pasos rápidos en el pasillo.
Adrián apareció.
Al ver a Clara frente a mi puerta, perdió el color.
—¿Qué haces aquí?
Clara lo miró fríamente.
—Lo que tú nunca tuviste valor de hacer.
Adrián vio el documento entre mis manos.
Y por primera vez desde que lo conocía, vi verdadero miedo en sus ojos.
—Valeria, no leas eso.
Bajé la mirada hacia la primera línea.
Y entonces entendí que Clara nunca había sido el verdadero secreto de nuestro matrimonio.
Yo lo era.