Por primera vez, Ethan dejó de sonreír.
Sus ojos bajaron hacia mi teléfono.
—Bórralo.
—¿Por qué? ¿No dijiste que no tenía pruebas?
Intentó arrebatármelo, pero retrocedí.
—Ya está guardado en la nube.
Era mentira.
Pero funcionó.
Ethan palideció.
—Nadie va a creerte.
—Entonces no tienes nada que temer.
Me marché.
Aquella noche hice tres copias de la grabación y envié una denuncia directamente al consejo universitario, fuera del alcance del decano Miller.
Dos días después llegó una respuesta inesperada.
No querían hablar conmigo en el campus.
Querían que asistiera a la gala anual de donantes.
Quinientas personas.
Empresarios, antiguos alumnos, miembros del consejo y representantes de varias fundaciones.
Y Ethan sería premiado esa noche por su “servicio ejemplar a estudiantes vulnerables”.
Perfecto.
Cuando subió al escenario, recibió una ovación.
—Ayudar a quienes tienen menos oportunidades siempre ha sido mi mayor compromiso —declaró.
Yo estaba en la última fila.
Sentí rabia.
Pero esta vez no estaba indefensa.
El rector Davis tomó el micrófono.
—Antes de entregar el premio, tenemos una presentación especial.
Las luces disminuyeron.
Ethan sonrió esperando algún video sobre sus logros.
Entonces su propia voz llenó el salón.
“EL DECANO ME APOYA, EL PROFESOR LEE ESTÁ EN MI BOLSILLO…”
El rostro de Ethan se volvió blanco.
“…LA VIDA DE UNA MUERTA DE HAMBRE COMO TÚ SOLO VALE TRESCIENTOS DÓLARES.”
Silencio absoluto.
Después comenzaron los murmullos.
Ethan corrió hacia el técnico.
—¡Eso está manipulado!
Pero las puertas del salón se abrieron.
Entraron dos investigadores acompañados por miembros del consejo.
El decano Miller se levantó bruscamente.
El profesor Lee intentó salir por una puerta lateral.
No llegó lejos.
Una mujer del consejo subió al escenario con una carpeta.
—Hemos auditado los pagos realizados a nombre de Maya durante los últimos dos años.
Miró directamente a Ethan.
—Los recibos presentados por usted no coinciden con los registros financieros de la universidad.
Ethan perdió toda expresión.

Yo pensé que había terminado.
Me equivocaba.
La mujer abrió otra carpeta.
—Y encontramos algo todavía más grave.
Proyectaron una lista de transferencias.
Había decenas de estudiantes.
No solamente yo.
El mismo patrón.
Becas completas.
Pagos falsificados.
Dinero desaparecido.
Entonces apareció una última cuenta bancaria.
El beneficiario no era Ethan.
Tampoco el profesor Lee.
Era alguien que seguía sentado tranquilamente en la primera fila.
Miré el nombre proyectado en la pantalla.
RECTOR RICHARD DAVIS.
Todo el salón quedó paralizado.
Y cuando miré al rector, comprendí por su expresión que Ethan jamás había sido el verdadero cerebro detrás del fraude.