Daniel tardó exactamente nueve días en comprender lo que había firmado.
Durante esos nueve días, no intentó disculparse.
Al contrario.
Emma ocupó oficialmente mi escritorio, empezó a acompañarlo a reuniones importantes y caminaba por la oficina como si ya fuera la futura señora Hart.
Yo no discutí.
Sonreí, terminé mis proyectos pendientes y guardé copias de todo lo que legalmente me pertenecía.
El viernes por la tarde entregué mi renuncia.
Daniel la leyó y soltó una carcajada.
—¿De verdad crees que puedes asustarme?
—No intento asustarte.
—Claire, esta empresa existía antes de ti.
Lo miré fijamente.
—Sí. Pero no era rentable.
Su sonrisa desapareció.
Dejé mi tarjeta de acceso sobre su escritorio y salí.
El lunes siguiente empecé a trabajar para el mayor competidor de Hart Industries.
No tuve que robar clientes.
No tuve que sabotear nada.
Simplemente hice lo mismo que llevaba siete años haciendo: trabajar mejor que Daniel.
Tres semanas después, dos de sus contratos más importantes no fueron renovados.
Un mes después, su mejor director comercial aceptó una oferta en otra compañía.
Y seis semanas después recibí la llamada que sabía que terminaría llegando.
—Claire.
La voz de Daniel sonaba distinta.
—Tenemos que hablar.
—Habla.
—Emma cometió un error con la cuenta Morrison.
Cerré los ojos.
Aquella cuenta representaba casi una cuarta parte de sus ingresos anuales.
—¿Qué error?
Silencio.
—Perdimos el contrato.
No respondí.
Entonces escuché algo que jamás pensé oír de Daniel Hart.
—Necesito que vuelvas.
Solté una pequeña risa.
—¿Para recuperar mi escritorio?
—Claire, esto es serio.
—El divorcio también lo era.
Colgué.
Esa misma noche alguien llamó a mi puerta.
Era Daniel.
Sin traje.
Sin arrogancia.
Y sin Emma.
—Cometí un error —dijo.
—Cometiste muchos.
Daniel bajó la mirada.
—Puedo terminar con ella.
Aquellas palabras confirmaron que todavía no entendía nada.
—No quiero que termines con Emma por mí. Quiero que vivas exactamente con las decisiones que tomaste.
Cerré la puerta.
Pero antes de poder alejarme, Daniel habló desde el otro lado.
—Entonces deberías saber por qué Emma entró realmente en nuestra empresa.
Me quedé inmóvil.

—¿Qué quieres decir?
Su respuesta hizo que volviera a abrir la puerta.
Daniel sostenía una carpeta.
—Emma nunca solicitó esas prácticas, Claire.
Fruncí el ceño.
—Entonces, ¿quién la contrató?
Daniel dejó la carpeta en mis manos.
En la primera página había una autorización.
Una firma.
Y un apellido que reconocí inmediatamente.
Sentí que se me helaba el cuerpo.
Porque la persona que había llevado a Emma hasta mi marido no era un desconocido.
Era alguien de mi propia familia.
Y en ese instante comprendí que la aventura de Daniel quizá solo había sido la primera pieza de algo mucho más grande.