A las 2:17 de la madrugada, Mason Wolfe recibió mi primer mensaje.
Solo decía:
“Tenemos que hablar.”
Lo leyó inmediatamente.
No respondió.
Diez minutos después, llegó otro.
“Sé lo que viste aquella noche.”
Esta vez tardó menos de treinta segundos.
“¿Qué quieres?”
Sonreí.
Nada de amenazas.
Nada de gritos.
Solo una respuesta.
“La verdad.”
Mientras tanto, Tessa seguía inconsciente en cuidados intensivos.
Antes de salir del hospital había hablado con una enfermera.
Me entregó algo que nadie de la familia Wolfe sabía que existía.
Una bolsa de evidencias.
Dentro había un pequeño botón negro.
—Lo encontraron debajo de la cama —me explicó—. Pensamos que podía pertenecer a la ropa de uno de los agresores.
Lo sostuve frente a la luz.
Tenía una marca diminuta grabada en la parte posterior.
W.
Wolfe.
No era una prueba suficiente.
Pero era un comienzo.
A las 3:04, Mason finalmente aceptó verme.
No en su casa.
No en el hospital.
En un estacionamiento vacío a veinte minutos de distancia.
Llegó solo.
Cuando bajó del automóvil, parecía diez años mayor.
—No fui yo —dijo inmediatamente.
No respondí.
—Yo no la golpeé.
—Entonces dime quién lo hizo.
Mason miró alrededor.
—Si hablo, mi padre me mata.
—Si no hablas, Tessa puede morir.
Cerró los ojos.
Durante unos segundos solo se escuchó el viento.
Luego sacó el teléfono.
—Tengo algo.
Me mostró una fotografía.
Era una imagen tomada desde una cámara de seguridad.
Tessa estaba entrando a la mansión Wolfe.
Detrás de ella caminaban tres de los hermanos.
—¿Cuándo fue esto?
—La noche del ataque.
Amplié la imagen.
Había algo extraño.
Tessa llevaba una pequeña bolsa negra.
La misma bolsa que había desaparecido después de que la encontraran inconsciente.
—¿Qué había dentro?
Mason tragó saliva.
—Documentos.
—¿Qué documentos?
—Pruebas de que mi padre llevaba años utilizando una fundación familiar para ocultar dinero.
Lo miré fijamente.
—¿Y Tessa lo descubrió?
Asintió.
—Ella iba a entregárselo a un periodista.
Sentí que todo encajaba.
No había sido un robo.
No había sido un ataque impulsivo.
Habían intentado recuperar algo.
—¿Dónde está la bolsa?
Mason negó con la cabeza.
—No lo sé.
—Mientes.
—¡No!
Su voz se quebró.
—No sé dónde está ahora.
Hizo una pausa.
—Pero sé quién la tiene.
Me acerqué.
—¿Quién?
Mason miró hacia la carretera.
—Dominic.
Entonces su teléfono vibró.
Miró la pantalla.
Su rostro se quedó completamente blanco.
—¿Qué pasa?
Me mostró el mensaje.
Era de su padre.
“¿Con quién estás?”
Mason levantó la mirada.
—Nos está siguiendo.
Apagué mi teléfono.
—Entonces ahora tenemos un problema.
—¿Qué vas a hacer?
Miré hacia el hospital, visible a lo lejos entre los edificios.
—Lo mismo que ellos hicieron.
Mason retrocedió.
—¿Qué significa eso?
—Encontrar la verdad antes de que puedan enterrarla.
Volví a mirar la fotografía.
Tres hermanos.
Una bolsa negra.
Y Tessa entrando en una casa de la que quizá nunca debió salir.
Entonces Mason dijo algo que cambió completamente el caso.
—Hay una cuarta persona.
Me detuve.
—¿Quién?
Mason bajó la voz.
—La persona que ordenó que la golpearan.
—No fue mi padre.
—¿Entonces quién?
Mason levantó la mirada.
—Tu propia unidad.
Por primera vez desde que regresé a casa, sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Porque si Mason estaba diciendo la verdad…

el ataque contra Tessa no había comenzado en la mansión Wolfe.
Había comenzado mucho antes.
Y alguien había esperado exactamente a que yo regresara del extranjero.