PARTE 2: LA EMPRESA SIEMPRE FUE MÍA

Adrian entró a la sala de juntas cinco minutos después.

Lily iba detrás de él, completamente pálida.

—Nora, ¿qué significa esto?

Yo seguí revisando los documentos frente a mí.

—¿Qué parte no entiendes?

—¡La empresa!

Levanté la mirada.

—¿No dijiste ayer que la empresa no tenía nada que ver conmigo?

Adrian se quedó sin palabras.

Lily reaccionó primero.

—Eso es imposible. Adrian es el fundador.

—No.

Cerré una carpeta.

—Adrian es el director ejecutivo.

—Yo soy quien posee el control mayoritario.

El abogado Wang colocó varios documentos sobre la mesa.

—Señor Chen, durante la etapa inicial de financiación, la señora Su utilizó sus activos personales como garantía. Además, todas las acciones transferidas durante la ampliación de capital quedaron bajo un fideicomiso administrado por ella.

Adrian miró los papeles.

—¡Ella nunca me dijo esto!

Sonreí.

—Nunca preguntaste.

Recordé aquella primera noche en nuestro pequeño apartamento.

Adrian había llegado desesperado porque ningún banco quería financiar la empresa.

Yo vendí mis acciones de una compañía que había heredado de mi padre.

Él prometió devolverme todo.

Nunca lo hizo.

En cambio, años después me llamó “ama de casa” delante de sus ejecutivos.

Ahora entendía perfectamente cuánto valía aquella firma que había despreciado.

Lily dio un paso hacia mí.

—Nora, podemos negociar.

—No.

—Tienes diez millones.

—Sí.

Saqué el cheque de mi bolso y lo dejé sobre la mesa.

—Y pienso devolvérselo a Adrian.

Él levantó la cabeza.

—¿Qué?

—No necesito tu dinero.

Rompí el cheque en dos.

Luego en cuatro.

Lily se quedó inmóvil.

—Entonces, ¿qué quieres?

Miré directamente a Adrian.

—Quiero que experimentes exactamente lo que yo experimenté.

Silencio.

—Quiero que trabajes para una empresa que ya no controlas.

Adrian apretó los puños.

—No puedes hacerme esto.

—Tú me enseñaste que el matrimonio y los negocios no tienen nada que ver.

Me levanté.

—Ahora aprenderás que tampoco tienen nada que ver la gratitud y la propiedad.

El abogado Wang abrió una última carpeta.

—Hay una segunda cuestión.

Adrian palideció.

—¿Qué cuestión?

—La auditoría.

Deslizó un informe hacia él.

—Encontramos transferencias de fondos corporativos a cuentas vinculadas con la señorita Lily Hart.

Lily retrocedió.

—¡Eso es mentira!

—Entonces tendrás oportunidad de explicarlo ante los investigadores.

Adrian la miró.

Por primera vez, no había amor en sus ojos.

Solo miedo.

Lily comprendió que acababa de perderlo.

Y yo comprendí algo mucho más importante.

No había recuperado mi empresa.

Nunca había dejado de ser mía.

Lo único que había recuperado aquella mañana era mi nombre.

Y mientras salía de la sala de juntas, escuché a Adrian gritar:

—¡Nora!

No me detuve.

Porque diez millones de dólares podían comprar una casa.

Podían comprar un coche.

Podían comprar una boda.

Pero jamás podrían comprar diez años de mi vida.

Y ahora él tendría que pagar por cada uno.

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