Tres días después, Ethan encontró el pasaporte de Amelia.
Estaba dentro del cajón que ella había dejado entreabierto.
Lo tomó pensando que necesitaba un documento para una reunión.
Entonces vio el billete.
Seattle → Londres.
Solo ida.
17 de octubre.
Debajo estaba la solicitud de divorcio.
Ethan dejó de respirar.
Durante varios segundos permaneció inmóvil, leyendo la primera página una y otra vez.
—No…
Fue la primera vez que Amelia escuchó miedo en su voz.
Ella estaba bajando las escaleras cuando lo vio sentado en el despacho.
El pasaporte sobre la mesa.
Los documentos extendidos frente a él.
Ethan levantó la cabeza.
—¿Te vas?
Amelia no respondió.
—Te pregunté si te vas.
—Sí.
Su mandíbula se tensó.
—¿A Londres?
—Es una buena ruta.
—No estoy hablando de tu trabajo.
Ethan se levantó.
—Estoy hablando de nosotros.
Amelia sonrió ligeramente.
—¿Nosotros?
Aquella palabra pareció golpearlo.
—Amelia, ¿cuándo decidiste esto?
—Hace mucho tiempo.
—¿Por qué nunca me dijiste nada?
Ella lo miró fijamente.
—¿Cuándo habrías tenido tiempo de escucharme?
Ethan abrió la boca.
No encontró respuesta.
Amelia caminó hasta la mesa y recogió lentamente el collar que él había comprado para Sophie.
—Tres meses antes de su cumpleaños ya tenías preparado todo esto.
Señaló la caja.
—Flores de Holanda. Un collar de Sotheby’s. Un restaurante entero.
Después tomó el pequeño regalo que él le había entregado con un día de retraso.
—Y para mí compraste esto.
Ethan bajó la mirada.
—Lo siento.
—No.
Amelia negó con la cabeza.
—No quiero que lo sientas.
—Quiero que entiendas.
Su voz permaneció tranquila.
—Durante tres años pensé que eras frío porque habías sufrido demasiado.
—Pensé que necesitabas tiempo.
—Pensé que algún día mirarías hacia mí.
Ethan dio un paso.
—Amelia…
—Pero entonces volvió Sophie.
Se hizo un silencio profundo.
—Y descubrí que tú nunca habías sido incapaz de amar.
Ella sostuvo su mirada.
—Solo eras incapaz de amarme.
Ethan palideció.
—Eso no es cierto.
—Entonces dime cuándo fue mi cumpleaños.
Él se quedó completamente quieto.
Amelia esperó.
Cinco segundos.
Diez.
Finalmente Ethan bajó los ojos.
Ella sonrió con tristeza.
—Eso pensaba.
Se giró para marcharse.
Ethan la tomó suavemente del brazo.
—No puedes irte así.
Amelia retiró su brazo.
—Ya lo hice hace mucho.
—¿Y Sophie?
—Sophie es la mujer que amas.
—No sabes lo que siento.
Amelia lo miró por última vez.
—Precisamente ese es el problema, Ethan.
Se fue.
Esa noche Ethan no llamó a Sophie.
Tampoco respondió sus mensajes.
Se quedó sentado en el salón mirando una fotografía de su boda.
Por primera vez vio algo que nunca había querido reconocer.
En aquella fotografía, Amelia estaba sonriendo.
Él apenas la miraba.
Al día siguiente canceló la cena de cumpleaños de Sophie.
Después canceló las flores.
Luego llamó al joyero.
—No envíen el collar.
Pero antes de terminar la llamada, Sophie apareció frente a él.
—¿Qué está pasando?
Ethan levantó la mirada.
—Amelia se va.
Sophie frunció el ceño.
—¿A dónde?
—Londres.
Ella guardó silencio.
—¿Por cuánto tiempo?
Ethan miró el billete sobre la mesa.
—No lo sé.
Sophie se acercó.
—Entonces detenla.
Ethan la miró.
Y por primera vez aquella frase no le produjo alivio.
Porque comprendió algo que llegó demasiado tarde.
Durante tres años había esperado que Amelia lo persiguiera.
Ahora que ella finalmente había dejado de hacerlo…
él no sabía cómo vivir sin que estuviera allí.
Esa misma noche recibió un correo de la aerolínea.
“Capitana Bennett, su vuelo internacional ha sido confirmado.”
Ethan lo leyó.
Y debajo había una segunda línea.
“Su solicitud de transferencia permanente ha sido aprobada por cinco años.”
Cinco años.
No veintiún días.
Cinco años.
Ethan dejó caer el teléfono sobre la mesa.
Entonces hizo algo que nunca había hecho durante su matrimonio.
Tomó su abrigo, salió de casa y condujo directamente al aeropuerto.
Pero Amelia ya estaba allí.

Y cuando Ethan llegó a la terminal, la vio abrazando a un hombre que él nunca había visto antes.
El hombre llevaba uniforme de piloto.
Y Amelia estaba sonriendo de una manera que Ethan jamás había conseguido provocarle.