—Ahora no estoy estudiando.
La respuesta de Mariana hizo que Sofía dejara de sonreír.
—¿Por qué?
Mariana cerró lentamente su cuaderno.
—Porque mi mamá no puede pagar una escuela.
Sofía miró hacia mí.
Yo seguía detrás de la reja, sin saber si debía acercarme.
Entonces Mariana añadió:
—Pero no importa. Aprendo sola.
Abrió el cuaderno.
Las páginas estaban llenas de operaciones, ecuaciones y problemas escritos con una letra pequeña y ordenada.
Había algo más.
En la última página encontré una lista de libros que quería leer.
Matemáticas avanzadas.
Física.
Programación.
Ingeniería.
Me quedé helado.
Una niña que ni siquiera tenía escuela estaba estudiando materias que muchos adultos evitaban.
—¿Quién te enseñó todo eso? —pregunté finalmente.
Mariana levantó la cabeza.
Se asustó al verme.
—Perdón, señor. No quería molestar a su hija.
—No estás molestando.
Me acerqué.
—Solo quiero saber dónde aprendiste.
Mariana apretó el cuaderno contra el pecho.
—En la biblioteca.
—¿Tienes acceso a una?
Negó con la cabeza.
—Ya no.
—Entonces, ¿cómo consigues los libros?
Esta vez no respondió.
Sofía tomó su mano a través de la reja.
—Papá, Mariana sabe muchísimo.
La miré.
—Ya lo vi.
Sofía frunció el ceño.
—Entonces tiene que estudiar conmigo.
Aquella frase parecía sencilla.
Pero en ese momento entendí que no bastaba con comprarle una computadora, pagarle una escuela o darle dinero a su familia.
Había algo mucho más grande detrás de aquella niña.
Le pregunté dónde vivía.
Mariana señaló hacia unas calles detrás del colegio.
—Por allá.
—¿Con tus padres?
Bajó la mirada.
—Con mi mamá cuando está.
—¿Y cuando no está?
No contestó.
Su silencio me dio una respuesta.
Esa misma tarde cancelé todas mis reuniones.
Le pedí a mi asistente que investigara únicamente una cosa: cómo podía ayudar a Mariana sin humillarla ni convertirla en una obra de caridad.
Pero antes de que pudiéramos hacer nada, ocurrió algo inesperado.
A la mañana siguiente, recibí una llamada de la directora de la escuela.
—Señor Robles, necesitamos hablar de Mariana.
—¿La conocen?
Hubo un silencio incómodo.
—La conocemos desde hace meses.
—¿Y por qué nunca me dijeron nada?
La directora bajó la voz.
—Porque cada vez que intentamos acercarnos, ella desaparece.
—¿Por qué?
—Porque tiene miedo de que alguien descubra quién es realmente su familia.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué quiere decir?
La directora respondió:
—Señor Robles, Mariana no es una niña sin hogar cualquiera.
Miré hacia la ventana de mi oficina.
—Entonces, ¿quién es?
La directora tardó varios segundos en contestar.
—Esa es precisamente la pregunta que llevamos años intentando responder.
Y entonces añadió algo que me dejó completamente inmóvil:

—Porque hace cinco años, Mariana apareció en esta misma calle con una fotografía de su padre.
En la fotografía había un hombre.
Un hombre que yo conocía.
Y que llevaba doce años muerto.