Javier dejó de respirar durante varios segundos.
En la segunda página aparecía una lista detallada de los gastos realizados con las tarjetas de Mariana durante los últimos tres años.
Restaurantes.
Viajes.
Ropa de diseñador.
Hoteles.
Compras personales.
Y, al final, una cifra que hizo que Teresa se levantara de golpe.
—¿Qué significa esto? —preguntó Daniela.
Javier no respondió.
Lucía, la abogada de Mariana, había calculado cada peso.
Más de 2.8 millones de pesos gastados por familiares que jamás habían recibido autorización para utilizar el dinero de Mariana en beneficio propio.
Pero había algo todavía peor.
Debajo de la tabla aparecía una frase:
“La señora Mariana Ortega solicita preservar cualquier comunicación relacionada con la administración de sus cuentas y con el cuidado de su hija menor.”
Teresa palideció.
—¿Qué está insinuando?
Javier levantó la mirada.
—Mamá…
—¡No me mires así! ¡Solo fue una niña haciendo berrinche!
Daniela dejó lentamente el teléfono sobre la mesa.
—Javier, ¿qué hiciste?
Él no contestó.
Porque acababa de recordar algo.
Dos meses antes, Mariana le había preguntado por qué faltaban 120.000 pesos de la cuenta familiar.
Él le dijo que probablemente había sido un error bancario.
No había sido un error.
Los había transferido a una cuenta de su madre.
Y Mariana acababa de enviar todos los movimientos a su abogada.
A la mañana siguiente, Javier intentó llamarla.
Una vez.
Dos veces.
Diez.
Nada.
Entonces recibió un mensaje.
“No vengas a buscar a Sofía. A partir de hoy, cualquier asunto relacionado con ella se tratará por medio de mi abogada.”
Javier salió de casa desesperado.
Llegó al edificio donde Mariana se había instalado con Sofía.
El guardia negó con la cabeza.
—La señora dejó instrucciones de que no puede subir.
—¡Soy su esposo!
El guardia miró la pantalla.
—Y ella dejó constancia de que no quiere recibirlo.
Javier retrocedió.
Por primera vez entendió que Mariana no estaba haciendo una amenaza.
Estaba tomando decisiones.
Mientras tanto, Mariana estaba sentada junto a Sofía en una habitación de hotel.
La pequeña dormía abrazada a su conejo.
Mariana observó su rostro durante largo rato.
Luego abrió el correo de Lucía.
Había un último archivo adjunto.
—¿Qué es esto? —murmuró.
Lo abrió.
Era una fotografía tomada tres días antes de su regreso.
Sofía aparecía sentada en el mismo balcón.
Pero esta vez no estaba comiendo pan.
Estaba llorando mientras Teresa hablaba con alguien detrás de la cámara.
Mariana amplió la imagen.
Reconoció inmediatamente la voz de la grabación que acompañaba la fotografía.
Era Javier.
—Si Mariana pregunta, dile que Sofía se quedó dormida.
Mariana se quedó inmóvil.
Había pensado que su esposo simplemente había sido cobarde.
Ahora sabía que había mentido deliberadamente.
Y entonces apareció una segunda grabación.
La voz de Daniela decía:
—Si ella sigue trabajando tanto, podemos seguir usando su tarjeta. Nunca revisa nada.
Mariana cerró los ojos.
La traición ya no era una sospecha.
Era una prueba.
Pero el último mensaje de Lucía fue el que realmente la hizo levantarse.
“Mariana, encontré algo más. Revisa el documento adjunto. Creo que Javier no solo estaba utilizando tu dinero.”
Mariana abrió el archivo.
Era una solicitud bancaria.
Su firma aparecía al final.
Pero ella jamás había firmado ese documento.
Debajo figuraba una cantidad aprobada de 4.5 millones de pesos.
Y como beneficiario aparecía una empresa que Mariana reconoció inmediatamente.
Era propiedad de Javier.
Mariana miró a Sofía dormida.
Luego volvió a mirar la pantalla.
—Así que no solo me estabas robando…
Su voz se volvió fría.
—También intentaste endeudarme.
En ese instante llegó otro correo.
“Mañana a las 9:00 habrá una audiencia urgente.”
Mariana supo entonces que la batalla acababa de comenzar.

Y esta vez no iba a luchar solamente por su dinero.
Iba a demostrar quién había estado utilizando a su propia hija para mantenerla bajo control.