Cuando llegué al Centro Médico St. Catherine, eran casi las cuatro de la tarde.
Una enfermera me condujo hasta una sala privada.
Elise estaba junto a la ventana.
Parecía agotada.
Más delgada.
Tenía el cabello recogido de cualquier manera y una pequeña pulsera hospitalaria alrededor de la muñeca.
Cuando me vio, se quedó completamente inmóvil.
—Grant…
No supe qué decir.
Entonces miré la incubadora junto a su cama.
Un bebé diminuto dormía rodeado de cables y monitores.
Nuestro hijo.
Sentí que todo el aire abandonaba mis pulmones.
—¿Por qué no me dijiste que estabas embarazada?
Elise bajó la mirada.
—Lo intenté.
—Lo sé.
Saqué el teléfono.
—Encontré tus llamadas.
Su expresión cambió.
—¿Qué llamadas?
Le enseñé la pantalla.
Seis intentos.
Tres mensajes de voz.
El último mensaje.
Elise se llevó una mano a la boca.
—Yo hice más de seis llamadas.
Me quedé helado.
—¿Qué?
—Durante casi tres semanas intenté comunicarme contigo.
Me explicó que, después de nuestra separación, descubrió el embarazo. Quería decírmelo personalmente, pero cuando llamó, mi teléfono siempre parecía estar apagado o fuera de servicio.
Entonces recibió un mensaje desde mi número.
“Grant no quiere hablar contigo. Respeta su decisión.”
Ella creyó que yo había enviado aquel mensaje.
Yo jamás lo había hecho.
—¿Quién tenía acceso a tu teléfono? —preguntó Elise.
—Nadie.
Pero en ese instante recordé algo.
Mi asistente, Nolan.
Durante nuestro divorcio, él había gestionado mis llamadas, reuniones y comunicaciones legales.
Y también había tenido acceso a mi teléfono corporativo.
Sentí un escalofrío.
—¿Nolan sabía que estábamos teniendo problemas?
Elise asintió.
—Fue él quien me llamó dos días antes de que te marcharas.
—¿Qué te dijo?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Que tú habías decidido divorciarte. Que estabas cansado de mí. Que no querías que te buscara.
Me quedé mirando el suelo.
Nolan había estado conmigo desde el comienzo de mi empresa.
Conocía mis cuentas.
Mis contratos.
Mis horarios.
Incluso había participado en la negociación del acuerdo de 940 millones de dólares que estaba a punto de firmar aquella mañana.
De repente, entendí algo.
El momento de aquella llamada no había sido casualidad.
Alguien había esperado seis meses para que yo siguiera sin saber que tenía un hijo.
—Elise, ¿por qué aceptaste divorciarte si nunca quisiste irte?
Ella soltó una risa triste.
—Porque pensé que tú ya habías elegido.
Sacó algo del cajón de la mesita.
Una carpeta vieja.
—Pero hay algo que nunca entendí.
Me la entregó.
Dentro había una copia del acuerdo de divorcio.
Y debajo, una hoja que nunca había visto.
Una autorización bancaria.
Mi firma aparecía al final.
Mi estómago se contrajo.
—Yo nunca firmé esto.
Elise me miró.
—Eso fue lo que descubrí después.
La hoja autorizaba la transferencia de una parte considerable de mis acciones a una sociedad desconocida.
La fecha era de tres días antes de que Elise abandonara nuestra casa.
Y el beneficiario final era una empresa vinculada a Nolan Pierce.
No dije nada durante varios segundos.
Entonces mi teléfono vibró.
Un mensaje de mi director financiero.
“Grant, necesitamos hablar urgentemente. Descubrimos una transferencia relacionada con el acuerdo de 940 millones. Alguien intentó mover la participación de control de la empresa esta mañana.”
Levanté lentamente la cabeza.
Elise me estaba mirando.
—¿Qué ocurre?
—Creo que nuestro divorcio nunca fue realmente un divorcio.
—¿Qué quieres decir?
Miré a nuestro hijo.
Después la carpeta.
—Creo que alguien necesitaba que tú desaparecieras de mi vida antes de poder quedarse con mi empresa.
En ese momento, la puerta de la habitación se abrió.
Nolan apareció en el umbral.
Sonrió al verme.
—Grant. Gracias a Dios que estás aquí.
Su mirada pasó de mí a Elise.
Y durante apenas un segundo, su rostro perdió toda expresión.
Porque había visto la carpeta sobre la cama.
La misma carpeta que él creía que jamás volvería a aparecer.
Entonces mi teléfono volvió a vibrar.
Un correo nuevo.
Remitente desconocido.
Solo contenía una fotografía.
Era una captura de la cámara de seguridad de nuestra antigua casa, tomada la noche en que Elise desapareció.
Y detrás de ella aparecía Nolan.

Pero no estaba solo.
La persona que estaba a su lado era alguien que yo conocía desde mucho antes de conocer a Elise.
Mi propio padre.