PARTE 2: LA CÁMARA QUE PODÍA DESTRUIR A LOS VILLARREAL

El agente levantó la vista hacia la cámara.

—¿Quién tiene acceso a las grabaciones?

Beatriz respondió demasiado rápido.

—Nadie. Ese sistema lleva meses sin funcionar.

El agente frunció el ceño.

—Entonces será sencillo comprobarlo.

Regina dejó de llorar.

Yo la miré.

Por primera vez desde que había entrado a aquella casa, parecía realmente asustada.

Me llevaron a la comisaría para tomar declaración. Antes de entrar a la sala, una oficial se acercó.

—Mariana, encontramos una grabación.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—¿Qué muestra?

La oficial dudó.

—El momento anterior a la agresión.

Me enseñó apenas unos segundos en su teléfono.

Regina aparecía detrás de mí.

Miraba directamente hacia la cámara.

Después observaba la sopera.

Y sonreía.

No había duda.

Ella había provocado el derrame.

Pero la grabación no terminaba ahí.

En los segundos siguientes, se veía a Alejandro acercándose a mí y levantando la mano.

La oficial apagó la pantalla.

—Hay algo más.

—¿Qué?

—La cámara no solo grabó la comida.

Sacó una carpeta.

—Grabó una conversación de esta mañana entre tu suegra y tu cuñada.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué conversación?

La oficial abrió la carpeta y dejó una transcripción sobre la mesa.

Leí la primera línea.

“Si Mariana se va, Alejandro puede recuperar el control de las acciones.”

Mi respiración se detuvo.

Seguí leyendo.

Beatriz y Regina no estaban hablando de mi carácter.

Ni de mi matrimonio.

Estaban hablando de dinero.

De mis acciones.

De una empresa que mi padre había puesto a mi nombre antes de la boda.

Y entonces apareció el nombre de Alejandro.

“Necesitamos que firme antes de que descubra lo del fideicomiso.”

Levanté la mirada.

—¿Qué fideicomiso?

La oficial me observó seriamente.

—Eso estamos intentando averiguar.

En ese momento, mi abogado entró en la sala.

Llevaba una carpeta azul y una expresión que jamás había visto en su rostro.

Se sentó frente a mí.

—Mariana, tu padre acaba de llamarme.

—¿Por qué?

Abrió la carpeta.

—Me dijo que si alguna vez te ocurría algo después de casarte, debía entregarte esto.

Dentro había documentos que yo nunca había visto.

Mi nombre aparecía en todos.

También el de Alejandro.

Y una fecha.

Tres meses antes de nuestra boda.

—Tu padre sabía que los Villarreal estaban intentando acercarse a tus bienes —dijo mi abogado—. Por eso estableció una condición especial.

Pasé la página.

Entonces entendí por qué Regina había dejado de llorar cuando vio la cámara.

Si aquella grabación demostraba que todo había sido planeado, el matrimonio de tres días no era lo único que estaba a punto de romperse.

Porque el documento siguiente demostraba que Alejandro había firmado algo sin que yo lo supiera.

Y esa firma podía costarle mucho más que su reputación.

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