PARTE 2: EL DÍA QUE DEJÉ DE SER SU ASISTENTE

La reunión terminó veinte minutos después.

Diego apenas habló.

Seguía mirándome como si intentara descubrir en qué momento la mujer que siempre obedecía había desaparecido.

Cuando todos salieron, me llamó.

—Laura, quédate.

Cerré la carpeta.

—Tengo trabajo.

—Te estoy hablando como tu esposo.

Lo miré.

—Y yo estoy hablando como tu futura exesposa.

Su mandíbula se tensó.

—No puedes estar hablando en serio.

—Nunca estuve más seria.

Entonces dejó caer una carpeta sobre el escritorio.

—Mira esto.

Era mi evaluación laboral.

Siete años de resultados, contratos cerrados, clientes recuperados y proyectos que habían salvado a la empresa en momentos difíciles.

—¿Qué quieres demostrarme?

—Que eres indispensable.

Solté una pequeña risa.

—Hace una hora estabas despidiéndome.

—Porque estabas embarazada.

—No. Porque querías darle mi puesto a Bianca.

Su rostro cambió.

—Ella es más joven. Tiene más energía. Puede viajar.

—Y puede reemplazarme.

—Eso no significa que quiera reemplazarte.

Abrí la puerta.

—Diego, ya lo hiciste.

Esa tarde fui directamente al despacho de mi abogado.

Firmé los primeros documentos del divorcio y le entregué las pruebas que había reunido durante años.

Correos.

Transferencias.

Contratos.

Bonificaciones.

Y algo que Diego jamás imaginó que yo conservaría.

Un registro de cada cena de negocios en la que había bebido por él.

Mi abogado revisó los documentos y levantó lentamente la mirada.

—Laura, ¿sabes cuánto vale realmente tu participación en la empresa?

Negué con la cabeza.

Me mostró una cifra.

Me quedé en silencio.

Durante siete años había pensado que era una simple asistente.

Pero mientras ayudaba a Diego a levantar su imperio, también había acumulado acciones que ahora valían una fortuna.

—¿Qué quieres hacer con ellas? —preguntó.

Miré por la ventana.

—Venderlas.

—¿Incluso si Diego intenta comprarlas?

Sonreí.

—Especialmente si intenta comprarlas.

A las ocho de la noche, Diego llegó a casa.

Encontró mis maletas junto a la puerta.

—¿Qué haces?

—Me voy.

—¿A dónde?

—A mi propio apartamento.

Se quedó mirándome.

—Laura, estás embarazada.

—Precisamente por eso.

Tomé la última maleta.

Antes de salir, él preguntó:

—¿Todavía puedes volver atrás?

Me detuve.

Durante siete años habría respondido que sí.

Aquella noche no.

—No, Diego.

Abrí la puerta.

—La mujer que habría vuelto atrás murió el día que escuchó cómo llamabas sacrificio a su vida y reemplazo a su nombre.

Salí.

Pero cuando llegué al ascensor, mi teléfono vibró.

Era un mensaje de mi abogado.

“Tenemos un problema. Bianca acaba de presentar una denuncia interna contra ti.”

Fruncí el ceño.

Abrí el archivo adjunto.

Y entonces vi la acusación.

Según Bianca, yo había utilizado información confidencial de la empresa para negociar secretamente la venta de mis acciones.

Pero había algo imposible en aquella denuncia.

La firma digital utilizada para autorizarla pertenecía a Diego.

Y debajo aparecía una fecha de tres meses atrás.

Una fecha en la que Bianca todavía ni siquiera trabajaba para la empresa.

Guardé una copia.

Sonreí lentamente.

Si ellos querían convertir mi salida en una guerra…

acababan de cometer el primer error.

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