El entrenador dejó de sonreír.
Miró mi rostro.
Luego mis manos.
Después volvió a mirar a Dustin.
—Espera.
Dustin frunció el ceño.
—¿Qué?
El entrenador dio un paso hacia mí.
—¿Cómo dijiste que te llamabas?
—Michael Carter.
El hombre se quedó inmóvil.
—No puede ser.
Uno de los luchadores preguntó:
—¿Qué pasa?
El entrenador tragó saliva.
—Michael Carter… ¿Camp Pendleton?
Asentí.
—Quince años.
Su expresión cambió por completo.
—Fuiste instructor de mi hermano.
Nadie volvió a reír.
Dustin miró a su alrededor, confundido.
—¿Y qué?
El entrenador lo miró con dureza.
—Tu padre era sargento cuando este hombre estaba entrenando a su unidad.
Dustin retrocedió ligeramente.
—Eso no significa nada.
—Significa que estás a punto de cometer un error enorme.
Yo levanté una mano.
—No vine a pelear.
Dustin soltó una carcajada.
—¿Entonces por qué estás aquí?
—Para darte una oportunidad.
Su sonrisa desapareció.
—¿Una oportunidad de qué?
—De contarme la verdad sobre mi hija antes de que los médicos, la policía y un juez tengan que hacerlo por ti.
Dustin guardó silencio.
Entonces su teléfono vibró.
Lo miró.
Su rostro perdió color.
—¿Quién es? —preguntó el entrenador.
Dustin no respondió.
Yo sí reconocí el nombre que apareció brevemente en la pantalla.
Era el mismo hombre cuyo nombre había encontrado durante mi investigación.
Su tío.
Dustin salió al pasillo para contestar.
Me acerqué al entrenador.
—¿Qué está pasando?
Él bajó la voz.
—No sé todo.
—Pero sabes algo.
Asintió.
—Dustin no golpeó a tu hija por primera vez.
Sentí que algo se endurecía dentro de mí.
—¿Cuántas veces?
El entrenador miró hacia la puerta.
—No lo sé.
Luego añadió:
—Pero hay algo peor.
—¿Qué?
—La noche que tu hija terminó en urgencias, Dustin no estaba solo.
Antes de que pudiera preguntar más, Dustin regresó.
Ya no parecía arrogante.
Parecía asustado.
—Tu hija está diciendo la verdad —murmuró.
Todos quedaron en silencio.
—Pero si hablo, mi tío destruirá a mi familia.
Lo miré directamente.
—Entonces empieza por decirme dónde está.
Dustin sacó lentamente otro teléfono del bolsillo.
—En el estacionamiento.
—¿Quién?
Miró hacia la puerta.
—El hombre que dio la orden.
En ese instante, afuera se escuchó el sonido de varios vehículos deteniéndose.
El entrenador miró por la ventana.
Su rostro palideció.
—Michael…
Yo también miré.
Tres camionetas negras acababan de rodear el gimnasio.

Y entonces comprendí que aquella visita nunca había sido solamente sobre Dustin.
Alguien había sabido que yo vendría.
Y había decidido esperarme.