A la mañana siguiente llevé a mi madre al hospital.
El médico documentó las lesiones y Sofía consiguió que una abogada especializada en violencia familiar revisara nuestro caso.
Yo solo quería proteger a mi madre y cerrar aquella etapa.
Pero entonces recibí una llamada del banco.
—Señora Laura, necesitamos confirmar una operación realizada ayer desde la cuenta conjunta.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué operación?
La empleada me dio la fecha y la cantidad.
Los cuatrocientos dólares.
Habían sido retirados de nuestra cuenta conjunta horas antes de que Miguel acusara a mi madre.
Y había algo todavía más extraño.
El retiro se había hecho desde el teléfono de Miguel.
Colgué y llamé a Sofía.
—¿Puedes conseguirme los movimientos completos de la cuenta?
—Ya los estoy revisando.
Diez minutos después me devolvió la llamada.
Su voz había cambiado.
—Laura, no fueron cuatrocientos.
—¿Qué?
—Miguel lleva meses haciendo transferencias pequeñas desde esa cuenta. Cien, doscientos, quinientos dólares. Siempre a la misma cuenta.
Sentí un frío recorrerme el cuerpo.
—¿A nombre de quién?
Sofía guardó silencio.
—A nombre de Maya Vargas.
—¿Su hermana?
—Sí.
Abrí los ojos.
Miguel me había dicho durante meses que su hermana estaba atravesando dificultades económicas.
Yo había aceptado ayudar.
Pero nunca imaginé que el dinero salía de nuestros ahorros sin que yo lo supiera.
—Hay más —añadió Sofía.
—¿Qué más?
—La cuenta receptora no está a nombre de Maya solamente.
—¿De quién?
Sofía respiró profundamente.
—De Miguel.
Me senté.
Durante tres años había pensado que nuestro mayor problema era su mal carácter.
No.
El verdadero problema era que llevaba años construyendo una vida financiera paralela mientras yo pagaba las cuentas de nuestra casa.
Y los cuatrocientos dólares habían sido solo la excusa perfecta para convertir a mi madre en la culpable.
Aquella tarde regresé al departamento.
Miguel estaba esperándome.
Tenía flores en una mano.
—Laura, tenemos que hablar.
Dejé mi bolso sobre la mesa.
—Sí.
Él dio un paso hacia mí.
—Lo de ayer fue un error. Perdí el control.
—No fue un error.
Le mostré una copia de los movimientos bancarios.
Su rostro perdió color.
—¿De dónde sacaste eso?
—Del banco.
Silencio.
—¿Dónde están mis cuatrocientos dólares? —pregunté.
Miguel tragó saliva.
—Yo…
—Los cuatrocientos que supuestamente desaparecieron.
No respondió.
Entonces sonreí.
—Ahora entiendo por qué estabas tan seguro de que mi madre los había tomado.
Dejé los documentos frente a él.
—Porque necesitabas que todos miraran hacia ella mientras nadie miraba tus cuentas.
Miguel se quedó completamente quieto.
Y por primera vez desde que lo conocía, fui yo quien vio miedo en sus ojos.
Pero todavía no sabía algo.
Sofía había encontrado una transferencia mucho más grande.

Una que no aparecía en nuestros movimientos normales.
Y cuando me enseñó el documento, descubrí que Miguel no solo había estado sacando dinero.
Había puesto nuestra casa como garantía de una deuda que yo jamás había autorizado.