Volví a la oficina dos horas después.
No para suplicar.
Solo necesitaba recoger las cosas que había dejado en mi escritorio.
Entré por la puerta lateral con la cabeza baja, evitando las miradas de mis antiguos compañeros. Mi caja todavía estaba junto al monitor: una fotografía de mis hijas, una taza vieja y algunos documentos.
Entonces escuché mi nombre.
—Sebastián.
Me giré.
Era la mujer de la carretera.
La misma que había encontrado inconsciente esa mañana.
Pero ahora estaba de pie.
Pálida, cansada y acompañada por un hombre con traje oscuro.
Me quedé paralizado.
—¿Usted?
Ella sonrió débilmente.
—Me salvaste la vida.
—No hice nada especial.
—Hiciste exactamente lo que alguien debía hacer.
El hombre a su lado extendió la mano.
—Sebastián, soy Robert Hale.
El nombre me resultó familiar.
Demasiado familiar.
Antes de que pudiera responder, Robert miró hacia la sala de conferencias donde Nick estaba reunido con los socios.
—¿Ese es tu jefe?
Asentí.
Robert apretó los labios.
—Entonces tenemos un problema.
—¿Qué problema?
La mujer intervino.
—Porque yo era la persona que debía firmar el contrato esta mañana.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
El contrato que supuestamente habíamos perdido.
El cliente por el que Nick acababa de despedirme.
La mujer que había encontrado moribunda junto a la carretera…
Era la presidenta de la compañía que iba a invertir millones en nuestra agencia.
Pero todavía faltaba algo.
Robert abrió un maletín y sacó una carpeta.
—Antes de entrar aquí, revisamos la grabación de la cámara de tu coche.
—¿Para qué?
Me miró fijamente.
—Porque alguien llamó a emergencias antes de que tú llegaras.
Fruncí el ceño.
—Yo no llamé hasta después de ayudarla.
Robert negó lentamente con la cabeza.
—Exactamente.
Abrió la carpeta.
Dentro había una fotografía tomada desde otro vehículo.
En ella aparecía Nick.
Parado al otro lado de la carretera.
Observándome mientras ayudaba a aquella mujer.
Y debajo de la fotografía había una hora.
Siete minutos antes de que yo llegara.
Robert bajó la voz.
—Tu jefe sabía que ella estaba allí.
Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.
—¿Por qué?
La mujer me miró con una expresión que ya no tenía nada de gratitud.
Tenía miedo.
—Porque alguien intentó asegurarse de que yo nunca llegara a esa reunión.
Entonces Robert cerró la carpeta.
—Y ahora creemos que tú fuiste despedido porque viste algo que no debías haber visto.
En ese instante, mi teléfono vibró.
Era un mensaje de Nick.
“Sebastián, vuelve a la oficina. Tenemos que hablar.”
Miré a Robert.
Él negó con la cabeza.

—No vuelvas solo.
Porque, por primera vez, comprendí que perder mi trabajo aquella mañana quizá no había sido un castigo.
Había sido una advertencia.