Rowan recorrió la primera página.
Luego la segunda.
Su rostro perdió el color.
—¿De dónde sacaste esto?
—De nuestras cuentas.
—Phoebe, esto no significa nada.
—Entonces explícamelo.
Señalé una transferencia.
—Cuarenta y dos mil dólares a una cuenta a nombre de tu madre.
Después otra.
—Veintisiete mil para una empresa que pertenece a tu hermano.
Y otra.
—Diecinueve mil en pagos que aparecen como “gastos médicos”, aunque ningún hospital recibió ese dinero.
Rowan dejó caer los documentos.
—No entiendes cómo funcionan nuestras finanzas.
Mi padre finalmente habló.
—No. Ella entiende exactamente cómo funcionan.
Rowan lo miró fijamente.
—¿Usted es Gideon Sterling?
Mi padre sostuvo a Leo con calma.
—Sí.
El silencio fue absoluto.
Rowan había pasado años hablando de mi familia sin saber que el hombre al que despreciaba durante las cenas era uno de los principales inversores de su propia empresa.
—Phoebe… ¿por qué nunca me dijiste?
—Porque quería saber si me querías a mí o al apellido de mi padre.
Su expresión se endureció.
—¡Te he dado una vida!
—No, Rowan.
Miré a Leo.
—Me diste una razón para dejar de aceptar excusas.
Entonces mi padre dejó un sobre sobre la mesa.
—Hay algo más.
Rowan no quiso tocarlo.
—¿Qué es?
—La auditoría completa de las cuentas de tu empresa.
Sus ojos se abrieron.
—Eso es información privada.
—Era privada hasta que descubrimos quién estaba utilizando las cuentas de Phoebe para financiar gastos que jamás autorizó.
Rowan retrocedió.
—Yo no hice nada.
Mi padre abrió el sobre.
—Entonces no tendrás nada que temer.
Sacó una fotografía.
En ella aparecía Rowan entrando en un despacho junto a Selina y un asesor financiero.
La fecha era de ocho meses atrás.
La misma semana en que Rowan comenzó a decirme que estábamos atravesando dificultades económicas.
Lo miré.
—¿Qué estaban planeando?
Rowan guardó silencio.
Y entonces mi padre recibió una llamada.
Escuchó durante unos segundos.
Su expresión cambió.
—Phoebe, tenemos un problema.
—¿Qué pasó?
Me mostró su teléfono.
—Acaban de descubrir una segunda cuenta.
Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.
—¿A nombre de quién?
Mi padre levantó la mirada hacia Rowan.
—A nombre de tu esposo.
Hizo una pausa.
—Y lleva meses recibiendo dinero de la empresa de tu padre.
Rowan palideció.
Porque aquella cuenta no solo demostraba que me había estado mintiendo.

Demostraba que alguien de mi propia familia estaba involucrado.
Y el nombre que aparecía como beneficiario final no era Selina.
Era alguien que yo jamás habría sospechado.