Victor regresó cuarenta minutos después.
Para entonces, la mitad del Romanée-Conti de su padre ya estaba servido.
La música sonaba.
Los invitados comían.
Y yo estaba terminando mi segunda porción de langosta.
Victor entró solo.
Su mirada recorrió el salón hasta encontrarme tranquilamente sentada en la mesa principal.
—Sofía.
Dejé los cubiertos.
—Ah. Regresó el novio.
El salón quedó en silencio.
Victor caminó hacia mí.
—Necesitamos hablar en privado.
—No.
—Sofía…
—Me abandonaste delante de cuatrocientas personas. Si tienes una explicación, esas mismas cuatrocientas pueden escucharla.
Su rostro se tensó.
Entonces apareció Elena detrás de él.
Había regresado también.
La señora Grant casi se levantó de un salto.
—¡Saca a esa mujer de aquí!
Pero Elena no miró a Victor.
Me miró a mí.
—Sofía, vine porque necesitas saber algo.
Victor palideció.
—Elena, cállate.
Eso consiguió mi atención.
Elena sacó su teléfono.
—Victor llevaba meses buscándome.
Los murmullos comenzaron.
Me mostró mensajes.
Cenas.
Llamadas.
Promesas.
Y uno enviado apenas tres noches antes de nuestra boda:
“Después de casarme con Sofía, todo quedará asegurado. Dame tiempo.”
Levanté lentamente la mirada.
—¿Qué quedará asegurado?
Victor no respondió.
Mi padre, que hasta entonces había permanecido en silencio, se puso de pie.
—Yo también quiero escuchar esa respuesta.
Entonces entendí.
El matrimonio no era solo sentimental para Victor.
La familia Grant atravesaba problemas financieros.
Mi padre había prometido invertir en uno de sus nuevos proyectos después de la boda.
Cincuenta millones.
Victor necesitaba que el matrimonio se celebrara.
Elena había descubierto el acuerdo y apareció para enfrentarlo.
—Por eso corrí —dijo Victor—. Quería explicárselo.
Solté una carcajada.
—¿Y olvidaste que estabas casándote conmigo mientras lo hacías?
No tenía respuesta.
Mi padre sacó el teléfono.
—La inversión queda cancelada.
El señor Grant se levantó.
—¡Lawrence, no puedes hacer eso!
—Claro que puedo. Nunca se firmó.
Fue entonces cuando comprendí por qué el señor Grant estaba tan furioso.
No era por el vino.
Era por los cincuenta millones.
Victor intentó acercarse.
—Sofía, todavía podemos terminar la ceremonia.
Lo miré durante varios segundos.
Luego me quité el anillo de compromiso.
—No.
Lo dejé dentro de su copa.
—Pero pueden quedarse al banquete. Ya está pagado.
Varias personas rieron.
Victor se marchó poco después.
Elena también.
Nunca fueron felices juntos.
De hecho, ni siquiera llegaron a intentarlo.
Elena no había regresado para recuperarlo.
Había regresado para impedir que utilizara nuestro matrimonio para conseguir el dinero mientras seguía prometiéndole un futuro a ella.
Mi padre canceló la inversión.
Los Grant tuvieron que buscar financiación en otro lugar y vender varios activos para reorganizar sus negocios.
Yo calculé cada gasto de aquella boda.
Y cuando llegaron las discusiones sobre quién debía asumir las pérdidas, mis abogados se ocuparon del resto.
Tres meses después, recibí una invitación para una gala benéfica.
Allí reconocí al hombre del traje gris que había levantado su copa durante mi desastre matrimonial.
Se acercó sonriendo.
—Debo decir que nunca había visto a una novia abandonada ordenar abrir el vino más caro de la familia del novio.
—Ya estaba allí.
Me encogí de hombros.
—Desperdiciarlo habría sido irresponsable.
Se rio.
—Adrian Cole.
Extendió la mano.
—Sofía Moore.
—Ya sé.
Arqueé una ceja.
—¿También sabes cuánto costaba aquella botella?
—Sí.
—¿Y aun así brindaste?
Adrian sonrió.
—No estaba brindando por tu boda.
—¿Entonces?
Levantó su copa.
—Por el momento exacto en que decidiste que nadie iba a arruinarte la noche.
Esta vez fui yo quien sonrió.
No sé si aquello fue el comienzo de otra historia.
Pero sí sé cómo terminó la anterior.
Victor huyó del altar pensando que yo correría detrás de él.
No lo hice.
Me quedé.
Comí el banquete.
Abrí el vino.
Cancelé los cincuenta millones.
Y cuando finalmente regresó buscando a la novia que había abandonado, descubrió que la única persona que todavía lo esperaba en aquella boda era su padre.
Y estaba mirando la botella vacía de Romanée-Conti.