PARTE 2: LA CASA QUE MAURICIO CREÍA SUYA

La cerradura se abrió con mi huella.

Sonreí.

Mauricio había pasado tres años diciendo “mi casa” porque jamás se había molestado en revisar una sola escritura.

Yo sí.

La propiedad la había comprado dos años antes de conocerlo, utilizando una sociedad patrimonial que heredé de mi padre. Después de casarnos, permití que Mauricio creyera que ambos éramos propietarios porque quería construir una familia sin convertir cada conversación en una discusión sobre dinero.

Pero esa noche, esa etapa terminó.

Llamé a Verónica.

—¿Está todo listo?

—Todo. La escritura está a tu nombre. También tenemos los registros de pago, los impuestos y las transferencias originales.

—¿Y el préstamo que Mauricio dice haber pagado?

Verónica soltó una pequeña risa.

—Nunca existió. Solo pagó servicios y algunos gastos domésticos.

Abrí la aplicación bancaria.

Tres años de transferencias.

Tres años de dinero que Mauricio había enviado a cuentas de su madre y de su hermana.

No era generosidad.

Era una red.

Guadalupe había convencido a su hijo de que, una vez que me divorciara, podían reclamar parte de mis bienes alegando que habían contribuido económicamente a mantener el hogar.

Por eso necesitaban que yo siguiera pagando.

Por eso necesitaban la tarjeta.

Y por eso Mauricio estaba tan desesperado por hacerme creer que podía echarme.

A la mañana siguiente, Verónica llegó a mi despacho con una carpeta.

—Renata, hay algo más.

La abrió.

Dentro estaba la reserva del viaje a Cancún.

Pero junto a ella había un documento que me dejó completamente quieta.

Mauricio había firmado una solicitud para refinanciar “nuestra” casa.

Sin mi autorización.

Pretendía utilizar la propiedad como garantía para obtener un préstamo destinado a su nueva empresa.

—¿Cuándo hizo esto?

—Hace tres semanas.

Sentí un frío recorrerme la espalda.

No había robado mi tarjeta por unas vacaciones.

Necesitaba acceso a mi dinero porque estaba intentando cubrir un agujero financiero mucho mayor.

Verónica cerró la carpeta.

—Ya presenté la oposición. Y hay otra cosa.

—¿Qué?

—El banco detectó que alguien intentó utilizar tu firma electrónica.

Miré la pantalla.

Aparecía una solicitud pendiente.

Y el nombre del beneficiario me resultaba familiar.

Jimena.

En ese momento mi teléfono vibró.

Era Mauricio.

Contesté.

—¿Ya estás en casa?

—Sí.

—Perfecto. Nosotros aterrizamos esta noche.

Hizo una pausa.

—Prepárate para hablar.

—Claro.

—Y recuerda algo, Renata. Esa casa es mía.

Miré a Verónica.

Luego sonreí.

—Entonces será mejor que traigas tus documentos.

—¿Para qué?

—Porque esta noche descubrirás quién puede entrar.

Colgué.

A las nueve y cuarenta y cinco, el vehículo de Mauricio apareció frente a la entrada.

Guadalupe bajó primero.

Jimena detrás.

Mauricio cerró la puerta del automóvil y caminó hacia la casa con una expresión triunfal.

Metió el código de siempre.

La pantalla emitió un pitido.

Acceso denegado.

Lo intentó otra vez.

Nada.

Entonces levantó la vista hacia la cámara.

—¡Renata! ¡Abre la puerta!

Me acerqué lentamente.

No abrí.

Solo pulsé el botón del intercomunicador.

—Buenas noches.

Mauricio se quedó helado.

Guadalupe comenzó a gritar.

—¡Abre inmediatamente!

—No puedo.

—¡Es mi casa!

—No, Guadalupe.

Miré a Mauricio a través de la cámara.

—Es mi casa.

Silencio.

Entonces Verónica apareció a mi lado.

Levantó una carpeta frente a la cámara.

—Y mañana a primera hora, Mauricio, tendrás una cita con nuestros abogados.

Su rostro perdió toda la seguridad.

—¿Por qué?

Verónica respondió:

—Por intento de fraude hipotecario, uso no autorizado de documentos y apropiación indebida.

Mauricio miró a su madre.

Luego a Jimena.

Finalmente volvió a mirar hacia mí.

—Renata… podemos arreglarlo.

Negué lentamente con la cabeza.

—Ya no.

Y mientras ellos seguían inmóviles bajo las luces de la entrada, recibí un último mensaje del banco.

La investigación sobre los gastos de Cancún había terminado.

Habían encontrado algo que ni siquiera yo sabía que Mauricio había hecho con mi tarjeta.

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