PARTE 2 — EL CHEQUE ERA SOLO EL PRINCIPIO

Camila volvió a leer el mensaje.

“No tienes idea de lo que firmaste.”

Sintió un escalofrío.

—Yo no firmé nada —susurró.

La agente Valeria Montes extendió la mano.

—Déjeme verlo.

Leyó ambos mensajes sin cambiar la expresión.

Después guardó el teléfono en una bolsa de evidencia.

—No le responda.

Don Ernesto seguía inmóvil.

Parecía haber envejecido diez años en unos minutos.

El gerente Andrés regresó con otra carpeta.

—Hay algo más.

Todos levantaron la vista.

—El intento de depósito no fue lo único que detectó nuestro sistema.

Colocó varios documentos sobre la mesa.

—Hace dos semanas alguien solicitó abrir una cuenta empresarial usando la identidad de la señorita Camila Ríos.

Ella negó de inmediato.

—Nunca he abierto una empresa.

—Lo sabemos.

Andrés señaló la pantalla.

—La solicitud fue rechazada porque la fotografía biométrica no coincidía completamente.

La agente Montes tomó notas.

—¿Con qué documentos hicieron el trámite?

—INE, CURP, comprobante de domicilio… y una firma electrónica.

Camila sintió un vacío en el estómago.

—¿Una firma electrónica?

—Sí.

Don Ernesto levantó lentamente la cabeza.

—Daniel tenía acceso a la carpeta donde guardábamos todos esos papeles.

El silencio volvió a instalarse.

La agente preguntó con calma:

—¿También conocía las contraseñas bancarias?

El anciano cerró los ojos.

—Yo confiaba en él.


En ese momento sonó el teléfono de la agente.

Escuchó durante unos segundos.

Después colgó.

—Acabamos de recibir información del área de delitos cibernéticos.

Miró directamente a Camila.

—El teléfono desde donde intentaron depositar el cheque fue localizado.

—¿Dónde?

—A menos de tres kilómetros de esta sucursal.

Don Ernesto frunció el ceño.

—¿Está huyendo?

La agente negó.

—No.

Miró nuevamente la pantalla.

—Está detenido… frente a una notaría.

Camila sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.

—¿Qué hace ahí?

Nadie respondió.

Hasta que Andrés abrió otro archivo.

Su rostro perdió nuevamente el color.

—Ahora entiendo.

La agente se acercó.

—¿Qué encontró?

El gerente señaló una solicitud digital.

—No estaban intentando robar únicamente el dinero del cheque.

Camila dejó de respirar.

—¿Entonces?

—Estaban usando la cuenta falsa para justificar una operación mucho más grande.

Pasó la siguiente página.

Apareció un documento notarial escaneado.

Don Ernesto lo reconoció inmediatamente.

—Ese no…

Tomó la hoja con manos temblorosas.

—…ese testamento no es el mío.

La oficina quedó completamente en silencio.

El documento establecía que, tras el fallecimiento de Don Ernesto, la mayor parte de sus propiedades pasaría a Daniel como administrador único.

Solo había un problema.

La firma del anciano estaba en la última página.

Y él jamás había firmado ese documento.

La agente Montes respiró profundamente.

—Ya no estamos hablando únicamente de fraude bancario.

Miró a Camila.

—Su hermano presuntamente intentó utilizar su identidad para mover dinero…

Hizo una pausa.

—…y al mismo tiempo habría presentado un testamento aparentemente falsificado.

Don Ernesto dejó caer lentamente el documento sobre la mesa.

Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.

—Yo creía que solo quería dinero…

Entonces el teléfono de Camila vibró otra vez.

Era un mensaje de Daniel.

Solo tenía una fotografía.

En ella aparecía una caja fuerte abierta dentro de la casa del abuelo.

Y debajo, una frase que heló la sangre de todos:

“El cheque ya no importa. Lo que realmente vine a buscar… ya está en mis manos.”

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