Mariana sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
Miró la póliza una vez más.
Treinta y ocho millones de pesos.
Asegurado: Diego Aranda.
Beneficiaria principal: Valeria Robles.
No había ningún error.
El teléfono seguía sonando.
Mateo la observaba desde la puerta, abrazando su dinosaurio de plástico.
—¿Contesto yo, mami?
Mariana negó con la cabeza.
Tomó el auricular.
—¿Bueno?
Del otro lado solo se escuchó una respiración agitada.
Después, la voz del capitán Sergio Molina.
—Señora Mariana… necesito que me escuche sin interrumpirme.
Ella no respondió.
—¿Encontró el sobre?
—Sí.
Sergio guardó silencio unos segundos.
—Entonces ya sabe que alguien quería que usted lo encontrara.
Mariana frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Que esa póliza no es el verdadero problema.
La llamada se cortó.
Mariana volvió a marcar.
El teléfono ya estaba apagado.
Sintió un escalofrío.
Abrió nuevamente el cajón donde había encontrado el sobre.
Lo revisó con calma.
Al pasar la mano por el fondo, notó que la madera sonaba hueca.
Empujó con cuidado.
Una pequeña tapa falsa se deslizó.
Dentro había una memoria USB y una libreta negra.
En la primera página solo había una frase escrita con la letra de Diego.
“Si Mariana encuentra esto antes que yo pueda explicárselo, significa que ya es demasiado tarde.”
Las manos comenzaron a temblarle.
Abrió la siguiente hoja.
No encontró declaraciones de amor.
Ni disculpas.
Solo una lista de fechas, números de contrato y nombres de empresas.
Todos relacionados con proyectos adjudicados a la familia Aranda.
En la última página aparecía una advertencia.
“No confíes en nadie que te pida entregar estos documentos. Ni siquiera si dice venir de mi parte.”
Mateo volvió a entrar al estudio.
—Mami…
—¿Sí, amor?
—Hay un señor afuera.
Dice que papá lo mandó por un sobre.
Mariana caminó lentamente hasta la ventana.
Un automóvil negro estaba estacionado frente a la casa.
Un hombre con traje esperaba junto a la reja.
No llevaba uniforme.
No llevaba identificación visible.
Solo sostenía un portafolio.

El timbre sonó.
Una vez.
Luego otra.
El celular de Mariana vibró al mismo tiempo.
No era Diego.
Era un mensaje de su hermano Nicolás.
“No abras la puerta. Acabo de descubrir que alguien está buscando los mismos documentos que tú encontraste. Voy para allá.”
Mariana levantó la vista hacia la entrada.
El desconocido seguía esperando.
Entonces sonó nuevamente el teléfono fijo.
Esta vez la voz no era la de Sergio.
Era Diego.
Y lo primero que dijo hizo que la sangre se le helara.
—Mariana… escucha con atención.
Si todavía tienes ese sobre… no permitas que nadie salga de la casa con él.
Porque quien está tocando la puerta… nunca trabajó para mí.