El dedo de mi mano permaneció sobre la pantalla durante tres segundos.
Tres segundos en los que todavía podía escuchar las risas de Victoria.
Tres segundos en los que podía ver a Richard mirándome como si yo fuera una empleada que había olvidado cuál era su lugar.
Tres segundos en los que Liam seguía sentado.
Sin moverse.
Sin defenderme.
Entonces presioné el botón.
APROBADO.
La transacción quedó finalizada.
La deuda de Richard Whitmore ya no pertenecía a Sovereign Trust.
Ahora pertenecía a Vantage Capital.
A mí.
—¿Terminaste de jugar con el teléfono? —se burló Victoria—. Porque algunos adultos estamos intentando disfrutar la tarde.
Levanté la mirada.
Y por primera vez desde que había subido al yate, dejé de fingir.
—Sí.
Guardé el teléfono en mi bolso.
—Ya terminé.
Richard soltó una carcajada.
—Perfecto. Ahora baja y deja de arruinar la fiesta.
Sonreí ligeramente.
—Creo que la fiesta está a punto de cambiar.
Victoria rodó los ojos.
—Dios mío, qué dramática.
Pero entonces ocurrió algo.
Una vibración atravesó el aire.
No era un teléfono.
Era una sirena.
Todos giraron la cabeza.
A lo lejos, una embarcación oficial se acercaba rápidamente hacia nosotros.
Richard frunció el ceño.
—¿Qué demonios es eso?
Nadie respondió.
El barco de la policía marina se colocó junto al yate y, segundos después, un hombre con traje oscuro subió a bordo acompañado por dos abogados.
Yo lo conocía.
Daniel Brooks.
El director jurídico de Sovereign Trust.
Y ahora también el representante legal de Vantage Capital.
Todos se quedaron mirando.
Especialmente Richard.
Porque Daniel no miró a nadie más.
Caminó directamente hacia mí.
Y dijo en voz alta:
—Señora presidenta, los documentos de ejecución hipotecaria están listos para su firma.
El silencio fue inmediato.
Tan fuerte que pude escuchar el viento golpeando las velas.
Victoria parpadeó.
—¿Señora presidenta?
Richard soltó una risa nerviosa.
—Debe haber un error.
Daniel ni siquiera lo miró.
Abrió la carpeta.
—No hay ningún error, señor Whitmore.
Sacó varios documentos.
—Vantage Capital completó hoy la adquisición de la deuda asociada a sus activos marítimos, propiedades comerciales y líneas de crédito pendientes.
El rostro de Richard cambió.
—Eso es imposible.
Lo miré.
—No.
Pausa.
—Lo imposible era que pensaras que nadie revisaría tus números.
Liam finalmente se levantó.
Por primera vez parecía incómodo.
—Espera.
Me miró confundido.
—¿Tú eres la presidenta de Vantage Capital?
No respondí inmediatamente.
Porque esa pregunta me confirmó algo.
Ocho meses juntos.
Ocho meses de cenas.
Conversaciones.
Planes.
Y nunca había querido conocer realmente quién era.
Solo había conocido la versión que él creía conveniente.
La chica que preparaba café.
La chica que llevaba ropa sencilla.
La chica que no amenazaba su mundo perfecto.
—Sí, Liam.
Su rostro perdió color.
—Pero dijiste que trabajabas en una cafetería.
—Dije que trabajaba en una cafetería.
Pausa.
—Nunca dije que era lo único que hacía.
Victoria se acercó.
Su arrogancia había desaparecido.
—Esto es una exageración.
Miró a Daniel.
—Ella no puede simplemente quitarnos todo.
Daniel respondió con calma:
—No estamos quitando nada.
Señaló los documentos.
—Estamos ejecutando acuerdos que ustedes aceptaron voluntariamente.
Richard apretó los puños.
—¡Mi familia construyó este imperio!
Lo miré.
—No.
Tomé una copia del contrato.
—Tu familia pidió préstamos para aparentar tener un imperio.
Silencio.
—Compraste barcos que no podías pagar.
—Casas que no podías mantener.
—Y fiestas para impresionar personas a las que ni siquiera respetabas.
Victoria abrió la boca.
Pero no salió ninguna palabra.
Liam dio un paso hacia mí.
—¿Por qué nunca me dijiste?
Lo miré.
Y esa fue la única pregunta que realmente me dolió.
No por mí.
Por él.
Porque todavía no entendía.
—Porque quería saber si me querías cuando pensabas que no tenía nada.
Su expresión se quebró.
—Yo sí te quería.
Negué lentamente.
—No.
Miré hacia donde su madre me había empujado.
—Querías a la mujer que creías que estaba debajo de ti.
Silencio.
—La mujer que podía servirte.
—La mujer que no podía avergonzar a tu familia.
Liam bajó la mirada.
Porque no tenía cómo negar algo que todos acababan de ver.
Daniel cerró la carpeta.
—Señora presidenta, hay otro asunto.
Fruncí el ceño.
—¿Qué pasa?
Me entregó una tablet.
En la pantalla había un informe.
Y una fotografía.
La miré.
Mi expresión cambió.
Porque no era sobre Richard.
Ni Victoria.
Ni siquiera sobre el yate.
Era sobre Liam.
Abrí el archivo.
Y leí la primera línea.
Investigación privada: Liam Whitmore.
Mi corazón se detuvo.
—¿Por qué investigaron a mi novio?
Daniel dudó.
—Porque encontramos algo antes de aprobar la adquisición.
Deslicé la pantalla.
Los documentos seguían.
Transferencias.
Mensajes.
Conversaciones.
Y una fotografía tomada semanas antes.
Liam estaba sentado en un restaurante.
Frente a él estaba Victoria.
Pero no estaban discutiendo.
Estaban sonriendo.
Y debajo de la imagen había una fecha.
Tres días antes de nuestra primera cita.
Levanté lentamente la mirada hacia Liam.
—¿Desde cuándo sabes quién soy realmente?
Él se quedó inmóvil.
Y por primera vez…
no parecía un hombre sorprendido.
Parecía un hombre descubierto.