Ethan no volvió a mirar a Iris.
Tomó el compromiso de manos del comandante Gu y lo dobló con cuidado.
—Entonces queda decidido.
Mi padre parecía no haber recuperado todavía la voz.
—Pero… Lena…
Lo interrumpí.
—Papá, la abuela necesita tratamiento.
No dije nada más.
Él bajó la mirada.
Porque sabía que era verdad.
Nuestra abuela llevaba meses empeorando y la medicina del pueblo ya no podía ayudarla. Cada vez respiraba con más dificultad y, aun así, nadie había querido gastar las pocas reservas familiares en llevarla al hospital militar.
Iris, en cambio, había recibido dinero para sus estudios, ropa nueva y hasta una bicicleta.
Nunca cuestioné nada.
Pero ahora sí.
Ethan se acercó a mí.
—Prepara tus cosas.
Parpadeé.
—¿Ahora?
—El tren sale pasado mañana.
—Quiero que tu abuela venga con nosotros.
Sentí que mi pecho se aflojaba.
—Gracias.
Él asintió.
—No me agradezcas todavía.
Luego bajó la voz.
—Primero necesito saber si realmente estás dispuesta a casarte conmigo.
Lo miré.
—Ya respondí.
—No me refiero al compromiso.
Sus ojos eran serios.
—Me refiero a mí.
No entendí.
Ethan dio un paso atrás.
—Después de casarnos, vivirás conmigo en el complejo militar. No será una vida fácil.
—No me importa.
—Pasaré mucho tiempo fuera.
—Lo sé.
—Quizá no pueda acompañarte siempre.
—Tampoco necesito que lo hagas.
Por primera vez, algo parecido a una sonrisa apareció en su rostro.
—Entonces nos llevaremos bien.
Desde el otro lado de la habitación, Iris apretó los dedos.
Yo la vi.
Pero las líneas luminosas volvieron a aparecer sobre mi cabeza.
“¡¿Por qué no me mira?!”
“¡Se supone que debe preguntarme por qué rechacé!”
“¡No puede enamorarse de Lena tan rápido!”
Me quedé inmóvil.
Así que era cierto.
Iris no había rechazado a Ethan porque no quisiera casarse.
Había rechazado el compromiso porque estaba segura de que él volvería a buscarla.
Y cuando no lo hizo, comenzó a entrar en pánico.
Dos días después, abandoné la casa familiar.
Solo llevaba una pequeña maleta.
Mi abuela estaba sentada en una silla de madera mientras Ethan cargaba sus medicinas.
Mi madrastra observaba desde la puerta.
—Lena.
Me detuve.
—Cuando te cases, no vuelvas a pedir nada a esta familia.
La miré.
—No pensaba hacerlo.
Iris salió detrás de ella.
Por primera vez, no parecía arrogante.
Parecía insegura.
—Lena.
—¿Sí?
Ella miró a Ethan.
Luego volvió a mirarme.
—¿De verdad vas a casarte con él?
—Sí.
—¿Aunque no lo conozcas?
—Tampoco tú lo conocías cuando rechazaste el compromiso.
Su rostro se puso rojo.
No respondí más.
Subí al tren con mi abuela.
Ethan se sentó frente a nosotras.
Durante el viaje casi no habló.
Pero cada vez que mi abuela tosía, él se levantaba inmediatamente para revisar si necesitaba agua.
Cuando llegamos a la ciudad, un vehículo militar ya estaba esperando.
Un médico recibió a mi abuela directamente.
Le hicieron estudios.
Le dieron medicamentos.
Y esa misma noche, por primera vez en años, dormí sin miedo a que mi abuela no despertara al día siguiente.
Dos semanas después nos casamos.
No hubo una gran ceremonia.
Solo algunos compañeros de Ethan, el comandante Gu y mi abuela.
Después de firmar, Ethan me entregó una pequeña caja.
—Para ti.
La abrí.
Dentro había una pulsera de plata.
Era sencilla.
Pero tenía grabado un pequeño carácter:
安.
Paz.
—No sabía qué regalarte —dijo.
—Esto es suficiente.
Lo miré.
—Gracias.
Ethan permaneció callado unos segundos.
Luego preguntó:
—¿Recuerdas el día que nos vimos por primera vez?
Fruncí el ceño.
—No.
—Tú sí.
—¿Dónde?
—En la estación.
Mi corazón dio un pequeño salto.
Ethan continuó:
—Hace tres meses.
De repente recordé.
Una tarde lluviosa.
Yo había salido a buscar medicinas para mi abuela.
Un hombre con uniforme había dejado caer una bolsa de documentos.
Yo los recogí.
Él me dio las gracias.
Nada más.
—¿Eras tú?
—Sí.
Ethan bajó la mirada.
—Ese día vi cómo compraste un pan y se lo diste a una niña que estaba llorando.
—No sabía que me estabas mirando.
—No lo sabías.
Sonrió ligeramente.
—Pero yo sí.
Sentí que mis orejas se calentaban.
Entonces él dijo algo que no esperaba.
—Cuando mi abuelo mencionó el compromiso, pregunté quién era la hija menor.
—¿Por qué?
—Porque esperaba que fueras tú.
Me quedé sin palabras.
Ethan no añadió nada.
Pero en ese momento entendí que quizá aquel matrimonio no había sido tan accidental como yo creía.
Pasaron los meses.
Mi abuela comenzó a mejorar.
Yo conseguí trabajo en una cooperativa textil.
Ethan fue ascendido.
Y nuestra vida se volvió tranquila.
Hasta que un día recibí una carta.
Era de mi padre.
Solo contenía una frase:
“Iris está comprometida con un hombre de la capital. Pero algo salió mal.”
No entendí.
Hasta que vi las nuevas líneas luminosas aparecer sobre el papel.
“¡No puede ser!”
“¡Ese hombre no es quien dice ser!”
“¡Lena, tienes que salvarme!”
Levanté lentamente la cabeza.
Ethan acababa de entrar en la habitación.
—¿Qué ocurre?
Le entregué la carta.
Él la leyó.
Su expresión cambió.
—Este hombre…
—¿Lo conoces?
Ethan asintió.
—Sí.
—Es buscado por fraude y contrabando.
Sentí un escalofrío.
Iris se había comprometido con él.
Y si la familia Gu descubría que yo había visto las líneas del futuro…
podría cambiarlo todo.
Ethan tomó su abrigo.
—Voy a buscarla.
Lo agarré de la manga.
—No.
Él me miró.
—¿Por qué?
Respiré profundamente.
—Porque esta vez no quiero salvar a Iris.
Ethan guardó silencio.
—Quiero salvar a mi padre y a mi abuela.
Entonces levanté la carta.
—Y quiero descubrir por qué esas líneas comenzaron a aparecer sobre mi cabeza desde el día que acepté casarme contigo.
Ethan se quedó inmóvil.
Porque, detrás de él, apareció una última frase luminosa:
“La persona que realmente cambió esta historia todavía no ha revelado su identidad.”
Y debajo apareció un nombre que ninguno de los dos esperaba ver.
Ethan Gu.