La tía Lin terminó aquella frase y suspiró.
—Qué niña tan tonta. Si te vas tan lejos sola, ¿quién va a cuidarte?
Su Jin la miró durante unos segundos.
Después sonrió.
Una sonrisa que no había mostrado en mucho tiempo.
—Tía Lin.
—¿Sí?
Su Jin bajó la mirada hacia su vientre.
—Esta vez no estoy sola.
La expresión de la anciana cambió lentamente.
Primero fue sorpresa.
Después preocupación.
—¿Qué quieres decir?
Su Jin no respondió inmediatamente.
Había guardado ese secreto durante demasiado tiempo.
Durante una semana había mirado aquella pequeña prueba de embarazo escondida en el cajón del baño.
Dos líneas rojas.
Dos líneas que deberían haber sido la noticia más feliz de su vida.
Pero no había tenido a quién contárselo.
El hombre que debía ser el primero en saberlo estaba demasiado ocupado acompañando a otra mujer.
La familia que debía alegrarse estaba ocupada calculando cuánto dinero podía valer su silencio.
Su Jin colocó suavemente una mano sobre su vientre.
—Tengo tres meses de embarazo.
La tía Lin se quedó inmóvil.
—¿Jin Jin?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Por qué no se lo dijiste?
Su Jin miró hacia la ventana.
Afuera, la ciudad seguía su ritmo.
Personas caminando.
Coches pasando.
Todo continuaba como si su mundo no acabara de romperse.
—Porque quería saber…
Hizo una pausa.
—Si me quedaba sin nada, él todavía me elegiría.
La tía Lin apretó sus manos.
—¿Y ahora?
Su Jin cerró los ojos.
Recordó a Shen Jingxian firmando el divorcio.
Recordó cómo la pantalla de su teléfono se iluminó con la fotografía de Xu Ting.
Recordó que ni siquiera levantó la cabeza cuando ella se fue.
—Ahora ya tengo mi respuesta.
Tres días después, Su Jin tomó el vuelo a Sídney.
No hubo despedidas.
No hubo lágrimas.
No llamó a Shen Jingxian.
Tampoco envió ningún mensaje.
Porque durante cinco años había sido ella quien intentaba mantener aquel matrimonio.
Ahora quería descubrir cómo era vivir sin intentar salvar a alguien que ya había elegido perderla.
En el avión, la tía Lin se quedó dormida junto a ella.
Su Jin miró las nubes fuera de la ventana.
Recordó el día en que conoció a Shen Jingxian.
Tenía veintisiete años.
Él era el heredero de la familia Shen.
Frío.
Racional.
Distante.
Todos decían que un hombre como él jamás se enamoraría de verdad.
Pero aquel día, bajo la lluvia, él sostuvo un paraguas sobre su cabeza y dijo:
—¿Por qué siempre intentas resolver todos tus problemas sola?
Ella se rio.
—Porque nadie va a hacerlo por mí.
Él la miró durante mucho tiempo.
Luego respondió:
—Entonces déjame ser esa persona.
Durante mucho tiempo creyó esas palabras.
Hasta que descubrió que algunas promesas solo duran mientras no aparecen otras opciones.
Cuando llegaron a Sídney, la casa ya estaba preparada.
Era una vivienda amplia frente al mar.
La familia Shen la había comprado años atrás.
Originalmente debía ser el lugar donde ella y Shen Jingxian pasarían su luna de miel.
Pero la luna de miel nunca llegó.
Ahora sería el lugar donde comenzaría una nueva vida.
La primera noche, Su Jin se sentó en el balcón.
El viento australiano era diferente.
No tenía el frío de Pekín.
No tenía recuerdos.
Quizá por eso se sentía tan libre.
La tía Lin salió con una taza de leche caliente.
—No pienses demasiado.
Su Jin sonrió.
—No estoy pensando en él.
La anciana la miró.
—Entonces, ¿en qué piensas?
Su Jin miró el océano.
—En mi hijo.
Mientras tanto, en Pekín.
Shen Jingxian descubrió que algo había cambiado.
Al principio pensó que Su Jin solo necesitaba tiempo.
Pensó que, como otras veces, cuando su enojo desapareciera, ella volvería.
Porque siempre volvía.
Pero esta vez no.
Pasó una semana.
Después dos.
Su teléfono permanecía en silencio.
No había mensajes.
No había llamadas.
No había preguntas.
Nada.
Y eso comenzó a inquietarlo.
Una noche, llegó a casa.
La antigua vivienda estaba demasiado vacía.
Antes, cuando abría la puerta, siempre había una luz encendida.
Una cena preparada.
Una voz preguntándole:
“¿Has comido?”
Ahora solo había silencio.
Entró al dormitorio.
El armario de Su Jin estaba vacío.
Sobre la mesa quedaba una pequeña caja.
Dentro estaba la llave de la casa.
Y una nota.
Solo cuatro palabras:
“Gracias por estos años.”
Shen Jingxian sostuvo el papel durante mucho tiempo.
Por primera vez sintió algo que no podía controlar.
Pánico.
Al día siguiente, llamó a su madre.
—¿Dónde está Jin Jin?
Shen Meizhen respondió con tranquilidad:
—En Australia.
Silencio.
—¿Australia?
—Sí.
—¿Por qué?
Su madre dudó.
—Ella eligió irse.
Shen Jingxian apretó el teléfono.
—¿Y ustedes la dejaron?
La frase salió con más fuerza de la que esperaba.
Shen Meizhen quedó sorprendida.
—¿Qué quieres decir?
—Le dieron dinero para que se fuera.
Silencio.
Por primera vez, Shen Jingxian entendió lo que había hecho su familia.
No habían solucionado un problema.
Habían comprado la salida de la mujer que había estado a su lado durante seis años.
Esa noche abrió una vieja caja guardada en su despacho.
Dentro había fotografías.
Fotos de él y Su Jin antes del matrimonio.
Ella sonriendo.
Él fingiendo estar molesto porque ella siempre tomaba demasiadas fotografías.
Una imagen llamó su atención.
Era del primer aniversario de boda.
Su Jin sostenía un pastel pequeño.
Él recordaba ese día.
Había llegado tarde.
Muy tarde.
Ella había esperado hasta medianoche.
Y aun así había sonreído.
En la parte posterior de la foto había una frase escrita por ella:
“Espero que dentro de muchos años sigamos mirándonos igual.”
Shen Jingxian cerró los ojos.
Porque de repente comprendió algo.
Durante años había pensado que Su Jin siempre estaría allí.
Que su amor era algo seguro.
Algo permanente.
Algo que podía dejar para después.
Pero el amor de una persona no desaparece de repente.
Primero se cansa.
Después espera menos.
Después deja de esperar.
Y finalmente…
Se va.
Un mes después, Shen Jingxian recibió una noticia inesperada.
El hospital privado de Sídney confirmó que Su Jin había reservado una consulta de obstetricia.
Tres meses de embarazo.

La información apareció frente a él.
Y sintió que el mundo se detenía.
Su Jin estaba embarazada.
Su hijo existía.
Y él no lo sabía.
La primera persona que debería haber recibido esa noticia…
No había sido él.
Porque mientras él estaba construyendo una nueva vida con Xu Ting…
Su esposa estaba cruzando el océano llevando sola al hijo que ambos habían esperado durante años.
Shen Jingxian agarró su abrigo y salió inmediatamente.
Por primera vez en su vida, dejó todo atrás.
La empresa.
Las reuniones.
Las obligaciones.
Solo tenía una idea en la cabeza.
Encontrar a Su Jin.
Pero no sabía que cuando finalmente llegara a Australia…
La mujer que había abandonado ya no sería la misma.
Porque Su Jin no estaba esperando que alguien regresara por ella.
Estaba construyendo una vida donde nadie pudiera volver a abandonarla.