No podía quedarme allí.
Esa fue la primera verdad que mi mente logró aceptar.
No podía llorar.
No podía gritar.
No podía bajar esas escaleras y enfrentarlos.
Porque ellos esperaban precisamente eso.
Esperaban una mujer débil.
Una heredera ingenua.
Una esposa demasiado enamorada para imaginar que el hombre que dormía a su lado podía querer verla desaparecer.
Pero Flynn había cometido un error.
Uno enorme.
Me había dejado escuchar.
Y ahora yo tenía algo que ellos no tenían:
Tiempo.
Muy poco.
Pero suficiente.
Me alejé de la barandilla antes de que mis piernas fallaran. Cada paso hacia mi suite se sentía como caminar dentro del agua.
La droga estaba funcionando.
Eso significaba que no podía confiar en mi propio cuerpo.
Ni en mis fuerzas.
Ni en mi memoria.
Tenía que actuar rápido.
Al llegar a la habitación cerré la puerta con cuidado.
No con llave.
Eso levantaría sospechas.
Solo dejé la puerta aparentemente igual.
Después fui directamente al baño.
Abrí el grifo y metí la cabeza bajo el agua fría.
Necesitaba despertar.
Necesitaba pensar.
Necesitaba recordar quién era.
Porque durante los últimos meses Flynn había hecho algo que ahora veía con claridad.
No solo intentó aislarme.
Me hizo dudar de mí misma.
Cada vez que decía que era demasiado desconfiada.
Cada vez que decía que mi familia era controladora.
Cada vez que repetía que mi dinero no debía definir mi vida.
Todo había sido una preparación.
Una historia cuidadosamente construida.
Para que cuando desapareciera, todos pensaran:
“Fue un accidente”.
Me miré al espejo.
Mi rostro estaba pálido.
Mis ojos parecían los de una desconocida.
Pero debajo del miedo había algo más.
Rabia.
Una rabia fría.
Saqué mi teléfono del cajón donde lo había escondido antes de dormir.
Flynn creía que conocía todos mis movimientos.
No sabía que mi padre me había enseñado algo desde niña:
Nunca dependas de una sola persona para protegerte.
Abrí una aplicación.
Un contacto apareció en pantalla.
Gabriel Sterling.
Mi hermano mayor.
El hombre que Flynn siempre evitaba.
Porque Gabriel no confiaba en él desde el primer día.
Presioné llamar.
Una vez.
Dos veces.
Nada.
Mi corazón se aceleró.
Entonces recordé.
En el crucero no había buena señal en algunas zonas.
Necesitaba otro método.
Abrí el sistema de emergencia satelital del yate.
Pero requería una contraseña.
La misma contraseña que Flynn pensaba que yo nunca sabría.
La había visto usar una vez.
Durante la fiesta de compromiso.
Porque él creyó que estaba demasiado ocupada hablando con los invitados.
Me concentré.
Probé la combinación.
Error.
Segundo intento.
Error.
La droga me hacía temblar.
Tercer intento.
La pantalla cambió.
Acceso autorizado.
Mi respiración se detuvo.
No era una pasajera cualquiera en ese barco.
El yate pertenecía a mi padre.
Y aunque Flynn había intentado convertirlo en mi tumba…
seguía siendo mío.
Abrí el canal privado de comunicación.
Escribí un mensaje corto.
No podía escribir una explicación larga.
No tenía tiempo.
Solo tres palabras:
NO CONFÍES EN FLYNN.
Presioné enviar.
Luego envié mi ubicación.
Y por primera vez desde que escuché la conversación, sentí una pequeña posibilidad de sobrevivir.
A las 10:47 de la noche, Flynn regresó a la suite.
Yo estaba acostada.
Con los ojos cerrados.
Respirando lentamente.
Fingiendo estar inconsciente.
La puerta se abrió.
—Amor…
Su voz era suave.
La misma voz que había usado durante nuestra boda.
La misma voz con la que me prometió protegerme.
Sentí sus pasos acercarse.
Una mano acarició mi cabello.
—Pobre niña.
La ternura falsa casi me hizo vomitar.
—No deberías haber nacido con tanto dinero.
Mi cuerpo permaneció inmóvil.
Él pensó que yo dormía.
—Pero tranquilo, cariño. Esta noche todo terminará.
Se inclinó.
Sentí su respiración cerca.
Después escuché un sonido.
Un teléfono.
—¿Sí?
Era Aidan.
—¿Está lista?
Flynn sonrió.
—Sí.
Silencio.
Luego:
—En treinta minutos la llevo afuera.
Mi corazón casi dejó de latir.
Treinta minutos.
Eso era todo.
Flynn salió de la habitación.
Esperé.
Cinco segundos.
Diez.
Veinte.
Entonces abrí los ojos.
Y vi algo sobre la mesa.
Una pequeña tarjeta.
La había dejado allí sin darse cuenta.
Era una lista de nombres.
Números.
Y fechas.
Pero había una línea que hizo que mi sangre se congelara.
No era sobre mí.
No era sobre mi herencia.
Era sobre mi familia.
Objetivo 2: Richard Sterling.
Objetivo 3: Elena Sterling.
Fecha prevista: próxima semana.
Mis padres.
Flynn no solo quería mi dinero.
Quería borrar a toda mi familia.
Me levanté como pude.
Ya no sentía miedo.
Solo una certeza.
Si Flynn quería convertirme en una víctima…
tendría que atraparme primero.

Y antes de medianoche, el hombre que planeaba tirarme al océano iba a descubrir algo:
La heredera Sterling no había sobrevivido por tener dinero.
Había sobrevivido porque sabía exactamente cómo usarlo.