PARTE 2: CUANDO LUCAS QUISO BUSCARME, YO YA ME HABÍA IDO.

Rachel terminó en la enfermería.

Lucas fue con ella.

Yo terminé el entrenamiento sola.

Esa noche recibí diecisiete mensajes suyos.

Los primeros eran órdenes.

“Emma, estás exagerando.”

“Rachel tiene una lesión antigua.”

“Debiste disculparte.”

Después llegaron los mensajes conciliadores.

“No quiero discutir contigo.”

“Cuando te calmes, hablamos.”

No respondí.

Solo envié a Harvard los documentos restantes para completar mi intercambio.

Mi plaza comenzaría en tres semanas.

No se lo dije a Lucas.

Durante los días siguientes, algo cambió.

Dejé de esperarlo después de clase.

Dejé de comprarle desayuno.

Dejé de recordarle horarios.

Y, sobre todo, dejé de discutir por Rachel.

Eso fue precisamente lo que empezó a inquietarlo.

Una tarde me encontró saliendo de la biblioteca.

—Emma.

Seguí caminando.

Me agarró suavemente del brazo.

Me aparté inmediatamente.

Su mano quedó suspendida.

—¿Todavía estás enfadada?

—No.

Pareció aliviado.

—Sabía que terminarías entendiendo.

Lo miré.

—Terminamos, Lucas.

Su sonrisa desapareció.

—¿Qué?

—Nuestra relación.

Durante varios segundos creyó que estaba bromeando.

Después frunció el ceño.

—¿Por lo de Rachel?

—No.

Negué.

—Por ti.

Eso sí le dolió.

—Llevamos tres años juntos.

—Precisamente.

Tres años viendo cómo cada límite mío era llamado sensibilidad.

Cada incomodidad, celos.

Cada falta de respeto de Rachel, una broma.

Lucas bajó la voz.

—Puedo pedirle que tenga más cuidado.

—Ya no importa.

Me marché.

Dos semanas después terminó el entrenamiento militar.

Durante la ceremonia, anunciaron varios reconocimientos académicos.

Entonces el decano subió al escenario.

—También queremos felicitar a la estudiante Emma Hayes, seleccionada para nuestro programa de intercambio con Harvard.

Escuché un murmullo detrás de mí.

Lucas estaba sentado tres filas más atrás.

—¿Harvard?

Rachel también me miró.

Aquella fue la primera vez que Lucas entendió que mi silencio no había sido una rabieta.

Yo realmente me marchaba.

Después de la ceremonia me alcanzó.

—¿Cuándo pensabas decírmelo?

—No tenía que hacerlo.

—¡Soy tu novio!

—Eras.

Su expresión se endureció.

—¿Vas a tirar tres años por un intercambio?

—No.

Lo miré tranquilamente.

—Acepté el intercambio después de comprender que ya había desperdiciado suficiente tiempo intentando enseñarte a respetarme.

Rachel apareció detrás de él.

—Emma, tampoco tienes que hablarle así.

Lucas se giró.

—Rachel, no.

Ella quedó inmóvil.

Era probablemente la primera vez que él la detenía delante de mí.

Demasiado tarde.

Me fui tres días después.

Los primeros meses en Cambridge fueron difíciles.

También fueron maravillosos.

Estudié.

Conocí gente nueva.

Trabajé en un proyecto de investigación que terminó siendo seleccionado para una conferencia universitaria.

Y descubrí algo sorprendente.

Podía pasar semanas enteras sin preguntarme si estaba siendo “demasiado sensible”.

Mientras tanto, Lucas empezó a escribirme.

Primero una vez por semana.

Después casi diariamente.

No respondí.

Hasta que llegó un mensaje diferente.

“Emma, encontré el video.”

Abrí el archivo.

Alguien había grabado parte de aquel entrenamiento.

La imagen mostraba claramente a Rachel acercándose a mí.

Mostraba su mano en mi cinturón.

El tirón.

Mi reacción.

Pero el video comenzaba antes de lo que yo recordaba.

Rachel estaba hablando con otra estudiante.

Su voz se escuchaba débilmente.

—Hoy voy a hacer que Emma explote.

La otra chica se rio.

—¿Para qué?

Rachel miró hacia la fila donde estaba Lucas.

—Porque él siempre termina defendiéndome.

Sentí frío.

No había sido una broma impulsiva.

Había sido deliberado.

Lucas me llamó esa noche.

Contesté.

—Lo siento —dijo inmediatamente.

No respondí.

—Hablé con Rachel.

—Eso ya no tiene nada que ver conmigo.

—Admitió que quería provocarte.

Pausa.

—Dice que quería demostrar que yo siempre la elegiría.

—Y tenía razón.

Lucas se quedó callado.

—Emma, dame otra oportunidad.

Miré por la ventana de mi dormitorio.

—No.

—Puedo ir a Boston.

—No vengas.

—Pero todavía te amo.

—Quizá.

Respiré lentamente.

—Pero amar a alguien no sirve de mucho si cada vez que necesita que estés de su lado, le explicas por qué debería soportar lo que le duele.

Colgué.

Pensé que aquel sería el final.

Hasta que semanas después recibí un correo del departamento universitario encargado de revisar incidentes del entrenamiento.

No investigaban únicamente lo que Rachel me había hecho.

Habían recibido otras quejas.

Tres estudiantes afirmaban que Rachel había tenido comportamientos similares durante semanas y que Lucas había intervenido repetidamente para minimizar los conflictos.

Pero había algo más.

Una de aquellas estudiantes había entregado capturas de un grupo privado.

En ellas Rachel escribía:

“Emma cree que Harvard la hace especial.”

El mensaje tenía fecha de cuatro días antes de que mi selección se anunciara públicamente.

Me quedé mirando la pantalla.

Yo solo se lo había contado a tres personas.

Mi madre.

Mi asesora académica.

Y nadie más.

Entonces vi la captura siguiente.

Rachel había escrito:

“Lucas me lo contó.”

La fecha era imposible.

Porque para entonces ni siquiera Lucas debía saberlo.

Y de pronto comprendí que quedaba una pregunta mucho más importante que cualquier disculpa.

¿Cómo había descubierto Lucas mi aceptación en Harvard antes de que yo se la contara a nadie?

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