PARTE 2: LA BODA TERMINÓ CON SIRENAS.

Siete minutos después, escuché las primeras sirenas.

Alguien golpeó la puerta.

—¡Claire! ¡Agente Voss!

Abrí el seguro con manos temblorosas.

Mara entró acompañada por dos paramédicos.

Detrás de ellos había investigadores estatales.

—Treinta y cuatro semanas —alcancé a decir—. Las contracciones están muy juntas.

Los paramédicos actuaron inmediatamente.

Entonces apareció Victoria.

—¿Qué significa todo esto?

Detrás venían Evan y varios invitados.

Mi marido vio a los investigadores y palideció.

—Claire, ¿por qué están aquí?

Mara lo miró.

—Señor Bellacourt, necesito que permanezca donde está.

La música había parado.

Celeste apareció todavía con su vestido de novia.

—¡Están arruinando mi boda!

Victoria señaló hacia mí.

—¡Todo esto empezó porque ella no pudo esperar veinte minutos!

Algo dentro de Evan cambió.

—Mamá, basta.

Victoria lo miró sorprendida.

Pero ya era demasiado tarde.

Mara entregó una orden judicial al administrador del viñedo.

—Nadie debe tocar los servidores, archivos contables ni computadoras de las oficinas.

Victoria dejó de respirar.

Evan me miró.

Y entonces entendió.

—Tú estabas investigándonos.

—Estaba investigando el viñedo.

Lo observé directamente.

—Hasta que encontré tus firmas.

Su rostro se descompuso.

—Claire, puedo explicarlo.

Otra contracción me impidió responder.

Los paramédicos comenzaron a trasladarme.

Evan intentó seguir la camilla.

Mara se interpuso.

—Usted se queda.

—¡Es mi esposa!

Lo miré desde la camilla.

—Hace diez minutos también era tu esposa.

Pausa.

—Y me dejaste encerrada mientras estaba de parto para no interrumpir unas fotografías.

Evan se quedó inmóvil.

Las puertas de la ambulancia se cerraron.

Mi hijo nació esa misma noche.

Pequeño.

Prematuro.

Pero estable.

Cuando finalmente pude verlo, Mara apareció en mi habitación.

—Encontramos los servidores.

—¿Y?

Dejó una carpeta sobre la mesa.

Las empresas fantasma no solo estaban vinculadas con Victoria.

También aparecía Evan.

Pero había algo que yo nunca había descubierto.

—Alguien utilizó tu identificación profesional para autorizar dos transferencias —dijo Mara.

Sentí frío.

—Yo jamás autoricé nada.

—Lo sabemos.

Me mostró una imagen de seguridad.

Evan estaba frente a mi computadora personal.

Fecha: seis meses atrás.

Había utilizado mis credenciales.

Comprendí entonces por qué había insistido tanto durante meses en que nunca mezcláramos trabajo y familia.

No estaba protegiéndome del negocio Bellacourt.

Estaba preparándome para cargar con la culpa si alguna vez los descubrían.

Tres días después, Evan consiguió permiso para llamarme.

No contesté.

Dejó un mensaje.

—Claire, mi madre organizó todo. Yo solamente hice lo que me pidió. Podemos arreglar esto. Tenemos un hijo ahora.

Borré el mensaje.

Mara seguía junto a la ventana.

—Hay otra cosa.

Sacó una segunda fotografía.

Mostraba a Victoria entrando meses antes en una oficina con un hombre que yo reconocí inmediatamente.

Mi supervisor.

El mismo hombre que me había asignado personalmente la investigación Bellacourt.

—¿Por qué estaba reuniéndose con ella? —pregunté.

Mara cerró la carpeta.

—Eso es precisamente lo que necesitamos descubrir.

Miré a mi hijo dormido.

Yo había creído que aquella investigación terminaba con la familia de mi marido.

En realidad, acabábamos de descubrir que alguien dentro de nuestra propia unidad llevaba meses protegiéndolos.

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