Alejandro permaneció en silencio durante casi un minuto.
Cuando regresó a la mesa, tenía el rostro completamente distinto.
—Valentina —dijo—, necesito preguntarte algo sobre tu abuela.
La niña se tensó.
—¿Qué cosa?
—¿Cómo se llamaba?
—Elena Ramírez.
Alejandro cerró los ojos.
—¿Y tu mamá?
Valentina bajó la mirada.
—Lucía. Murió cuando yo era pequeña.
El vaso que Alejandro sostenía casi se le escapó de los dedos.
La llamada había sido de su abogado.
Mientras preparaban los documentos para iniciar formalmente la adopción, habían investigado el registro familiar de Valentina.
Y encontraron una conexión imposible.
Lucía Ramírez había trabajado dieciocho años atrás para la familia Cárdenas.
Más concretamente, para el padre de Alejandro.
—¿La conocías? —preguntó Valentina.
—No estoy seguro.
Pero Alejandro sí recordaba algo.
Cuando tenía veintiún años, antes de marcharse a estudiar al extranjero, había conocido durante unos meses a una joven llamada Lucía.
Su padre había terminado aquella relación.
Le aseguró que Lucía había aceptado dinero y desaparecido voluntariamente.
Alejandro nunca volvió a verla.
Hasta ahora.
El abogado llegó una hora después con una fotografía antigua.
Alejandro quedó inmóvil.
Era ella.
Lucía.
Y entre los documentos había algo todavía peor.
Una carta nunca entregada.
“Alejandro, estoy embarazada.”
Valentina dejó de respirar.
Alejandro tampoco pudo hablar.
—¿Eso significa…? —susurró ella.
—Todavía no sabemos nada —respondió él inmediatamente—. No quiero prometerte algo antes de comprobarlo.
Al día siguiente hicieron una prueba de parentesco.
La espera duró cuarenta y ocho horas.
Emiliano insistió en acompañarlos cuando llegó el resultado.
Alejandro abrió el sobre.
Leyó una línea.
Después otra.
Y comenzó a llorar.
Valentina nunca lo había visto llorar.
—¿Qué dice?
Alejandro se arrodilló frente a ella.
—Dice que soy tu padre.
Valentina retrocedió.
Toda su vida había creído que no tenía a nadie.
Ahora descubría que su padre había vivido en la misma ciudad mientras ella dormía en estaciones del Metro.
—¿Sabías que existía?
—No.
—¿Entonces por qué mi mamá nunca te buscó?
El abogado respondió.
—Lo hizo.
Sobre la mesa colocó registros bancarios, cartas devueltas y documentos firmados por el abuelo de Valentina.
El padre de Alejandro había pagado a Lucía para desaparecer y después interceptó durante años cualquier intento de contacto.
Incluso había creado documentos para convencer a Alejandro de que Lucía lo había abandonado por dinero.
Valentina comenzó a llorar.
Alejandro quiso abrazarla, pero se detuvo.
Esperó.
Fue ella quien finalmente dio el último paso.
—Entonces… ¿ya no necesitas adoptarme?
Alejandro soltó una risa entre lágrimas.
—No.
Le tomó suavemente las manos.
—Solo necesito recuperar los ocho años que nos robaron.
Emiliano apareció detrás de él.
—¿Entonces es mi hermana de verdad?
Valentina lo miró.
—Parece que sí.
—Bien —respondió Emiliano—. Porque ya te había elegido.
Por primera vez, Valentina sonrió sin miedo.
Pero el abogado todavía no había terminado.
—Alejandro, encontramos algo más.
Sacó un informe sobre el incendio donde había muerto Elena, la abuela de Valentina.
—El incendio ocurrió tres semanas después de que Elena contratara a un investigador para localizarte.
Alejandro dejó de sonreír.
—¿Estás diciendo que no fue accidental?

—Estoy diciendo que el expediente fue cerrado demasiado rápido.
Valentina apretó la mano de su padre.
La búsqueda que había empezado para darle una familia acababa de revelar que alguien llevaba ocho años asegurándose de que jamás pudiera encontrarla.