—¿Quién nos está buscando? —pregunté.
Dante cerró la puerta de la habitación antes de responder.
—La noche que te eché, alguien había puesto precio a tu vida.
Sentí que el suelo desaparecía.
—¿Qué?
—Habían descubierto que eras importante para mí.
—Así que decidiste destruirme tú primero.
Su mandíbula se tensó.
—Decidí conseguir que te marcharas viva.
Quise odiarlo.
Pero entonces apareció Marco con una carpeta.
—Tenemos otro problema.
Dante leyó la primera página y su expresión se endureció.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
Me levanté.
—Dejad de hablar como si yo no estuviera aquí.
Dante dejó la carpeta sobre la mesa.
Dentro había fotografías de mi edificio.
Mi panadería.
Lucas saliendo conmigo de una tienda.
Alguien nos había estado vigilando.
Sentí náuseas.
—¿Desde cuándo?
—Tres semanas —respondió Marco.
Miré a Dante.
—¿Por eso dijiste que no podemos volver?
Él asintió.
Entonces entendí algo.
—¿Cómo supiste dónde vivíamos?
Silencio.
Dante miró hacia Lucas.
—Porque nunca dejé de saberlo.
La rabia regresó inmediatamente.
—¿Me vigilaste durante dos años?
—Me aseguré de que siguieras viva.
—¿Y nunca descubriste que tenías un hijo?
Por primera vez pareció avergonzado.
—Ordené que nadie invadiera tu vida privada. Solo quería saber que estabas segura.
Lucas se movió en la cama.
Los dos callamos.
Dante se acercó inmediatamente.
El niño abrió lentamente los ojos.
—Papá.
Dante tomó su pequeña mano.
—Estoy aquí.
Lucas sonrió débilmente.
Y aquello terminó de romper algo dentro de mí.
Horas después, los médicos confirmaron que estaba respondiendo al tratamiento.
Por primera vez pude respirar.
Pero Dante no se relajó.
Marco regresó al anochecer.
Esta vez traía un teléfono.
—Encontramos al hombre que vigilaba la panadería.
—¿Quién lo contrató? —preguntó Dante.
Marco me miró antes de responder.
—Alguien de la familia.
Dante quedó inmóvil.
—¿Cuál?
Marco mostró una transferencia bancaria.
Reconocí inmediatamente el apellido.
Salvatore.
Dante tomó el teléfono.
—Mi padre murió hace seis años.
—No fue tu padre —dijo Marco.
Amplió el nombre del remitente.
Dante palideció.
—Imposible.
Yo me acerqué.
La transferencia había sido autorizada por Vittoria Salvatore.
La madre de Dante.
La misma mujer que dos años antes me había abrazado llorando después de que Dante me expulsara y me había susurrado:
“Algún día entenderás que esto fue lo mejor.”
Dante levantó lentamente la mirada.
—Ella sabía de Lucas.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Cómo?
Marco abrió otro archivo.
—Porque Elena nunca fue el verdadero objetivo.
Miró hacia la cama.
—Era el niño.
Dante se colocó inmediatamente entre Lucas y la puerta.
Entonces su teléfono sonó.
Vittoria.
Él contestó.
—Madre.
La voz de una mujer llegó tranquila desde el otro lado.
—Me alegra saber que finalmente conociste a mi nieto.
Dante cerró los ojos.
—Si te acercas a mi hijo…
Ella soltó una pequeña risa.
—Dante, todavía no lo entiendes.

Pausa.
—Lucas nunca debió llegar a los tres años.
Y la llamada terminó.