Alejandro miró a Teresa.
—¿Qué le estabas dando?
—Vitaminas —respondió ella rápidamente—. Las mismas que compraba siempre.
El obstetra intervino.
—Necesitamos los frascos.
Alejandro llamó al encargado de seguridad de su casa.
—Ve al dormitorio de mi madre y trae todos los medicamentos y suplementos que encuentres.
Teresa palideció.
—No tienes derecho a revisar mis cosas.
—Después de lo que le hiciste a Mariana, ya no voy a ignorar nada.
Cuarenta minutos después llegaron varias cajas.
El médico revisó los envases.
Uno llamó inmediatamente su atención.
La etiqueta decía suplemento prenatal.
Pero las cápsulas del interior no coincidían con las originales.
Teresa comenzó a llorar.
—Rodrigo me las dio.
Alejandro sintió un golpe en el pecho.
—¿Mi hermano?
—Me dijo que ayudarían a Mariana a controlar el peso durante el embarazo.
—¿Y nunca preguntaste por qué no venían selladas?
Teresa guardó silencio.
Aquello respondió todo.
Alejandro llamó a Rodrigo.
No contestó.
Entonces ordenó revisar las cámaras de seguridad de la propiedad.
Los registros mostraron algo todavía peor.
Rodrigo había visitado la casa seis veces durante los últimos tres meses.
Siempre cuando Alejandro estaba viajando.
En una grabación aparecía entregándole sobres a Teresa.
En otra entraba directamente en el despacho de Alejandro.
—Amplíen eso —ordenó.
Rodrigo llevaba una carpeta.
La misma clase de carpeta utilizada para guardar documentos corporativos.
Alejandro comprendió finalmente que aquello nunca había sido solamente odio hacia Mariana.
Llamó a su abogado.
La respuesta llegó una hora después.
Rodrigo llevaba meses intentando conseguir inversores para crear una empresa competidora.
Y necesitaba algo que no tenía.
Clientes.
Rutas.
Contratos.
Información que únicamente podía conseguir entrando en los archivos privados de Alejandro.
—Entonces utilizó a mamá —murmuró Alejandro.
Teresa se cubrió la boca.
Rodrigo la había convencido de que Mariana pretendía expulsarla.
Mientras Teresa concentraba toda su crueldad en una mujer embarazada, él entraba y salía de la casa sin despertar sospechas.
Pero Teresa no era inocente.
Alejandro se volvió hacia ella.
—Él te manipuló.
Teresa asintió desesperadamente.
—Sí.
—Pero él no te obligó a poner a mi esposa debajo de una mesa.
Teresa dejó de llorar.
—Ni a quitarle comida.
Silencio.
—Ni a verla enfermar durante meses y continuar.
Alejandro llamó a seguridad.
—Mi madre no vuelve a entrar en nuestra casa.
—¡Soy tu madre!
—Precisamente por eso esperaba algo mejor de ti.
Aquella noche, Mariana tuvo que permanecer hospitalizada.
El bebé consiguió estabilizarse.
Alejandro permaneció junto a ella hasta que recibió una llamada de su abogado.
—Encontramos a Rodrigo.
—¿Dónde?
—En el aeropuerto.
Alejandro cerró los ojos.
—¿Intentaba huir?
—Sí. Pero hay algo que debes saber.
Pausa.
—Llevaba copias de varios contratos confidenciales.
Alejandro miró a Mariana dormida.
—Entonces denúncialo.
—Ya lo hicimos.
Antes de colgar, el abogado añadió:
—Alejandro, encontramos también mensajes entre Rodrigo y tu madre.
—¿Sobre las vitaminas?
—No solamente.
Alejandro sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Qué dicen?
—Teresa descubrió hace semanas que esas cápsulas estaban enfermando a Mariana.
Alejandro dejó de respirar.
—¿Y?
La respuesta llegó lentamente.
—Rodrigo le dijo que dejara de dárselas.
Pausa.

—Pero tu madre respondió que continuaría porque quería asegurarse de que Mariana jamás pudiera darte otro hijo.
Alejandro giró hacia la puerta.
Teresa seguía sentada afuera, esperando que su hijo terminara perdonándola.
Esta vez Alejandro comprendió que ese perdón quizá nunca llegaría.