PARTE 2: EL CONSEJO YA HABÍA VOTADO.

Veintisiete minutos después, las puertas del salón volvieron a abrirse.

Entraron Víctor Herrera, secretario del consejo, la directora jurídica y dos miembros independientes.

Las risas desaparecieron.

Alejandro dejó la copa.

—¿Qué hacen aquí?

Víctor colocó una carpeta sobre la mesa.

—Ejecutar una resolución aprobada esta tarde.

—Yo soy el director general.

—Hasta hace treinta minutos.

Teresa se levantó indignada.

—¡Mi hijo levantó esta empresa!

Víctor la miró.

—Grupo Altavista existía mucho antes de que su hijo ocupara la dirección.

Entonces Alejandro me vio regresar al salón.

—¿Qué hiciste?

Me detuve lejos de él.

Después de lo ocurrido, seguridad permanecía cerca.

—Nada que no estuviera preparado desde antes.

La verdad era sencilla.

Grupo Altavista había sido fundado por mi abuelo.

Tras la muerte de mi padre, mis acciones quedaron administradas durante años mediante una estructura patrimonial mientras yo permanecía fuera de la gestión cotidiana.

Alejandro sabía que mi familia había invertido antiguamente en la empresa.

Lo que nunca se molestó en averiguar era cuánto conservaba.

Pero aquella noche no lo apartaron simplemente porque yo fuera accionista.

El consejo llevaba semanas revisando gastos cuestionados, conflictos de interés y pagos relacionados con Renata.

El collar de 1.8 millones era solamente una parte.

Mi llamada había activado el procedimiento de emergencia ya preparado.

Víctor abrió la carpeta.

—Señor Salgado, mientras continúa la revisión independiente, deberá entregar sus credenciales corporativas.

Alejandro palideció.

—Valeria está haciendo esto porque discutimos.

—No —respondió la directora jurídica—. Precisamente para evitar eso, la señora Mendoza no participó en la votación sobre su separación.

Eso terminó con su argumento.

Renata intentó marcharse discretamente.

Víctor la detuvo con una frase:

—La empresa también solicitará documentación sobre los pagos relacionados con sus servicios profesionales.

Teresa dejó de sonreír.

Alejandro se acercó a mí.

—Después de diez años, ¿vas a destruirme?

—No.

Lo miré directamente.

—Después de diez años, voy a dejar de protegerte de las consecuencias de tus propias decisiones.

La residencia de Bosques no era nuestra casa matrimonial.

Era una vivienda corporativa asignada al director general.

Los vehículos tampoco eran suyos.

Durante años Alejandro había confundido los privilegios del puesto con patrimonio personal.

Esa misma noche me fui a un hotel.

Al día siguiente mi abogada inició el divorcio y documentó lo sucedido durante el banquete.

No pedí al consejo que castigara a Alejandro por haber sido un mal esposo.

Eso pertenecía a otro proceso.

La empresa investigaría su conducta empresarial.

Yo resolvería mi matrimonio.

Y por primera vez, Alejandro tendría que enfrentarse a ambas cosas sin utilizarme como escudo.

ME GOLPEÓ PARA ENSEÑARME CUÁL ERA MI LUGAR; TREINTA MINUTOS DESPUÉS DESCUBRIÓ QUE EL ÚNICO QUE HABÍA CONFUNDIDO SU LUGAR CON SU PROPIEDAD ERA ÉL.

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