—Mariana —dijo Santiago en voz baja—, hay algo que debe saber antes de confiar en mí.
La ciudad brillaba detrás de ellos como si nada acabara de cambiar.
Mariana sintió cómo la mano de él se aflojaba sobre la suya. No la soltó de golpe, pero tampoco la sostuvo con la misma seguridad de antes. Fue un gesto mínimo, casi invisible, y aun así a ella le bastó para entender que aquella llamada no era una simple interrupción.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Santiago miró la pantalla del celular una vez más.
El nombre que aparecía allí era corto, elegante y frío.
Valeria Montalvo.
Mariana no conocía a esa mujer, pero el modo en que la mandíbula de Santiago se tensó le hizo daño antes incluso de escuchar la explicación.
—¿Quién es? —preguntó ella.
Él guardó el teléfono dentro del saco.
—La hija del presidente del grupo de inversión.
Mariana intentó respirar con calma.
—¿Y por qué lo llama a esta hora?
Santiago bajó la mirada hacia sus manos. Por primera vez desde que lo conocía, no parecía el hombre capaz de controlar salas enteras con una sola frase. Parecía alguien atrapado dentro de una decisión que había tomado demasiado tarde.
—Porque nuestras familias esperan anunciar una alianza.
Mariana parpadeó.
—¿Una alianza?
La palabra le supo a mentira envuelta en papel fino.
Santiago dio un paso hacia ella.
—No es lo que parece.
Mariana soltó una risa breve, sin alegría.
—Cuando alguien dice eso, casi siempre es peor de lo que parece.
Él no respondió de inmediato.
Y ese silencio la lastimó más que cualquier confesión.
—Valeria y yo no tenemos una relación real —dijo al fin—. Es un acuerdo público. Una imagen para asegurar la inversión. Su padre cree que unir nuestros nombres dará estabilidad al contrato.
Mariana sintió que algo se cerraba dentro de ella.
El aire de la noche ya no parecía suave.
Ahora le raspaba la garganta.
—¿Me está diciendo que mientras caminaba conmigo, tomaba café conmigo y me pedía que confiara en usted… también estaba por anunciar un compromiso con otra mujer?
—No es un compromiso sentimental.
—Pero sí es una mentira.
Santiago cerró los ojos.
La frase lo golpeó.
Mariana se apartó un poco más.
—Yo le dije algo íntimo a mi amiga porque creía que nadie más escuchaba. Usted lo escuchó. Luego apareció en mi vida como si de verdad quisiera conocerme. Me hizo sentir segura. Y ahora me dice que hay una mujer esperando aparecer a su lado para cerrar un contrato de ochocientos millones.
—Mariana, yo no quería usarla.
—Pero lo hizo.
La voz de ella no sonó fuerte.
Sonó herida.
Eso fue peor.
Santiago la miró con una culpa que no intentó esconder.
—Quise decírselo antes.
—¿Antes de qué? —preguntó Mariana—. ¿Antes de que yo me ilusionara? ¿Antes de que empezara a creer que usted no era como todos los hombres que solo se acercan cuando quieren algo?
Él tragó saliva.
—No soy ese hombre.
—Entonces actúe como uno distinto.
Durante unos segundos, solo se escuchó el ruido lejano de los coches, el murmullo de la ciudad y el latido desordenado de Mariana en sus propios oídos.
Ella bajó la mirada a su mano, la misma que él había sostenido con cuidado minutos antes.
—Yo no quiero ser el secreto de nadie, Santiago.
Él se quedó inmóvil.
Era la primera vez que ella decía su nombre sin distancia.
Y dolió porque sonó a despedida.
—No lo será.
—Ya lo soy.
Mariana giró para irse, pero él habló detrás de ella.
—Voy a romper el acuerdo.
Ella se detuvo, aunque no volteó.
—No lo diga por mí.
—No lo digo por usted. Lo digo porque debí hacerlo antes de conocerla.
Mariana cerró los ojos.
Quería creerle.
Dios, cuánto quería creerle.
Pero la confianza no era una puerta que pudiera abrirse solo porque alguien llegaba tarde con una llave bonita.
—Entonces hágalo —dijo—. Pero no me pida que me quede mirando.
Y se fue.
Al día siguiente, Aurora Systems amaneció con el mismo brillo de siempre.
Los elevadores subían y bajaban llenos de trajes caros, perfumes elegantes y conversaciones sobre métricas, proyecciones y juntas. Pero para Mariana, todo parecía cubierto por una capa invisible de vergüenza.
No por haber confesado que era virgen.
Eso ya no era lo que más le dolía.
Le dolía haber sentido que, por una vez, alguien la había visto de verdad.
Y descubrir que tal vez también la estaba mirando desde una vida llena de acuerdos que ella no entendía.
Jimena la encontró en la cafetería del piso 18, sentada frente a un café intacto.
—Mana, tienes cara de final de temporada —dijo, sentándose frente a ella—. ¿Qué pasó?
Mariana apretó el vaso entre las manos.
—Santiago tiene una alianza con otra mujer.
Jimena abrió mucho los ojos.
—¿Alianza como noviazgo o alianza como millonarios raros que firman cosas con apellidos?
—La segunda. Creo.
—Eso no lo hace mejor.
Mariana soltó una risa triste.
—No.
Jimena le tomó la mano.
—¿Y tú qué vas a hacer?
Mariana miró hacia la puerta esmerilada de la sala privada.
La misma puerta detrás de la cual él la había escuchado por primera vez.
—Trabajar. Pedir mi ascenso. Y no volver a confundir atención con seguridad.
Jimena asintió, orgullosa y preocupada al mismo tiempo.
—Eso suena muy maduro.
—Suena horrible.
—También.
Pero Mariana no tuvo tiempo de esconderse mucho.
Esa misma tarde, Ramiro, su jefe directo, apareció junto a su escritorio con una expresión incómoda.
—Benítez, dirección quiere que presentes el modelo de expansión ante el comité.
Mariana levantó la vista.
—¿Yo?
—Sí.
—Ese modelo lo iba a presentar usted.
Ramiro carraspeó.
—Hubo cambios.
Mariana entendió sin preguntar.
Santiago.
La rabia y el orgullo se mezclaron en su pecho. Porque sí, el modelo era suyo. Ella lo había construido de madrugada, corrigiendo errores que otros ni siquiera vieron. Pero también odiaba la idea de que todos pensaran que había llegado allí por una mirada del CEO.
—¿Quién lo decidió? —preguntó.
Ramiro evitó sus ojos.
—Dirección.
Mariana cerró su laptop.
—Entonces dirección puede escucharme decirlo: presentaré mi trabajo, pero no aceptaré que lo conviertan en un favor personal.
Ramiro la miró sorprendido.
—¿Eso se lo digo al señor Cárdenas?
—Dígale que ya lo sabe.
El viernes por la mañana, Mariana entró a la sala del piso 32 con una carpeta azul contra el pecho y las manos frías.
Allí estaban Santiago, varios directivos, dos abogados, el equipo financiero y tres representantes de Montalvo Capital.
Entre ellos, Valeria.
Mariana la reconoció antes de que alguien la presentara.
Era una mujer elegante, de cabello oscuro y mirada perfectamente entrenada para no revelar demasiado. No sonreía con superioridad. Eso habría sido más fácil de odiar. Valeria sonreía con cansancio.
Como si ella también estuviera atrapada en un papel.
—Señorita Benítez —dijo Esteban Montalvo, el padre de Valeria, desde el otro extremo de la mesa—. Adelante.
Mariana conectó su laptop.
Durante los primeros segundos, sintió la mirada de Santiago sobre ella.
No buscó sus ojos.
Se concentró en los números.
Y entonces algo cambió.
La voz dejó de temblarle.
Las gráficas dejaron de parecer enemigas.
Explicó riesgos, proyecciones, escenarios y fallos en las estimaciones originales con una claridad que fue apagando los murmullos de la sala. Señaló un error en la valoración del contrato, una cláusula de salida demasiado peligrosa y una dependencia financiera que podía dejar a Aurora Systems vulnerable en menos de dieciocho meses.
Cuando terminó, nadie habló.
Luego Esteban Montalvo apoyó los dedos sobre la mesa.
—Interesante. Bastante atrevido para una analista junior.
Mariana sostuvo la mirada.
—No es atrevimiento. Es trazabilidad.
Santiago bajó apenas la cabeza, como si ocultara algo parecido al orgullo.
Esteban sonrió.
—Los números pueden interpretarse de muchas maneras.
—Sí —respondió Mariana—. Pero no todas las interpretaciones sobreviven a una auditoría.
La sala quedó helada.
Valeria soltó una risa pequeña.
Su padre la miró de reojo.
Al terminar la junta, Mariana recogió sus cosas con rapidez. Quería salir antes de que Santiago intentara hablarle. Pero al cruzar el pasillo, Valeria apareció a su lado.
—Mariana Benítez.
Ella se detuvo.
—Sí.
Valeria la observó unos segundos.
—Ahora entiendo.
Mariana apretó la carpeta.
—¿Qué entiende?
—Por qué Santiago está dispuesto a perder ochocientos millones.
El corazón de Mariana dio un golpe.
—Eso no tiene nada que ver conmigo.
Valeria inclinó la cabeza.
—Tal vez no. Pero mi padre cree que sí. Y cuando mi padre cree que alguien le quitó algo, no negocia. Castiga.
Mariana sintió un frío lento.
—¿Me está amenazando?
—No.
Valeria miró hacia la sala, donde Santiago hablaba con los abogados.
—Estoy advirtiéndote. No porque seamos amigas. Porque yo también sé lo que se siente ser tratada como parte de un contrato.
La sinceridad de esa frase desarmó a Mariana por un segundo.
—¿Usted quiere casarse con él?
Valeria sonrió con tristeza.
—Yo quiero vivir una vida donde mi apellido no decida quién debe tomarme de la mano frente a las cámaras.
Mariana no supo qué responder.
Valeria bajó la voz.
—Ten cuidado. Si Santiago rompe el acuerdo, mi padre buscará una forma de hacerte parecer culpable.
—¿Culpable de qué?
—De lo que sea útil.
Y se fue.
Mariana volvió a su escritorio con el estómago cerrado.
Esa tarde intentó trabajar, pero cada correo parecía una amenaza disfrazada de normalidad. A las 6:17, recibió un mensaje de un número desconocido.
“Las chicas discretas llegan lejos. Las que sueñan con CEOs terminan expuestas.”
No respondió.
Tomó captura.
A las 6:23, llegó otro.
“Ser virgen a los 28 no te hace especial. Te hace fácil de vender como inocente.”
Mariana sintió que la sangre se le iba de la cara.
Nadie debía saber eso.
Nadie, excepto Jimena.
Y Santiago.
O quien hubiera escuchado detrás de aquella puerta.
Por primera vez, la vergüenza volvió a morderla.
No porque creyera que había algo malo en ella.
Sino porque alguien estaba usando su intimidad como arma.
Cerró el teléfono con manos temblorosas y se levantó.
No fue al baño a llorar.
No fue a buscar a Jimena.
Subió directo al piso ejecutivo.
La asistente de Santiago intentó detenerla, pero Mariana abrió la puerta de su oficina sin pedir permiso.
Santiago estaba de pie frente al ventanal, hablando por teléfono. Al verla, colgó de inmediato.
—Mariana.
Ella dejó el celular sobre su escritorio.
—¿A quién se lo contó?
Él frunció el ceño.
—¿Qué?
—Lo que escuchó en la cafetería. Lo que yo dije sobre mi vida privada.
Santiago miró la pantalla.
Leyó los mensajes.
Su expresión cambió de preocupación a una frialdad terrible.
—Yo no se lo conté a nadie.
—Alguien lo sabe.
—Lo sé.
—Y lo está usando para amenazarme.
Santiago levantó la mirada.
—Voy a investigar.
Mariana soltó una risa amarga.
—No. No me diga eso como jefe poderoso que manda a otros a arreglar cosas.
Él se quedó quieto.
Ella respiró hondo.
—Míreme como la persona que escuchó detrás de una puerta algo que nunca tuvo derecho a escuchar. Usted abrió esta historia sin pedirme permiso. Ahora necesito saber si puedo creerle cuando dice que no la entregó.
Santiago rodeó el escritorio despacio, pero no se acercó demasiado.
—No lo hice. Y sé que no basta con decirlo.
Abrió su laptop y giró la pantalla hacia ella.
—Después de nuestra conversación en Chapultepec, pedí revisar el audio ambiental de la sala privada. No por usted. Por mí. Quería saber si alguien más pudo haber escuchado.
Mariana se quedó helada.
—¿Revisó cámaras?
—Solo registros de acceso. La puerta esmerilada tiene micrófono interno para videoconferencias. Ese día quedó activado por error durante la junta.
El corazón de Mariana se desplomó.
—¿Me grabaron?
Santiago cerró los ojos un segundo.
—Sí.
La habitación pareció inclinarse.
—No.
—El archivo debía borrarse automáticamente, pero alguien lo descargó antes.
Mariana retrocedió un paso.
—¿Y cuándo pensaba decírmelo?
—Hoy.
—Qué conveniente.
—Tiene razón.
Ella lo miró con rabia.
—¡No quiero que me dé la razón! Quiero que la gente deje de decidir qué parte de mí puede convertirse en secreto, contrato o amenaza.
Santiago bajó la mirada.
—Lo siento.
Mariana tomó su teléfono.
—¿Quién descargó el archivo?
Él giró la pantalla.
En el registro aparecía un usuario administrativo.
A.Montalvo_Ext.
—Montalvo Capital —susurró ella.
Santiago asintió.
—Acceso temporal concedido para revisión técnica del contrato. Alguien abusó de ese permiso.
Mariana sintió que las lágrimas se le acumulaban, pero esta vez no eran de vergüenza.
Eran de furia.
—Entonces no solo quieren acusarme. Quieren exhibirme.
—No voy a permitirlo.
—No puede prometer eso.
Santiago la miró.
—Tiene razón. Pero puedo pelearlo.
Antes de que Mariana respondiera, la puerta se abrió.
Valeria entró sin tocar.
Llevaba el rostro pálido y un sobre blanco en la mano.
—Mi padre acaba de ordenar a comunicación filtrar una historia sobre Mariana.
Santiago apretó los puños.
—¿Qué historia?
Valeria miró a Mariana con culpa.
—Que manipulaste el modelo financiero porque estabas emocionalmente involucrada con Santiago. Y que él te favoreció después de escucharte hablar de tu vida íntima.
Mariana sintió que el cuerpo se le quedaba frío.
Era perfecto.
Cruel.
Diseñado para convertir su vulnerabilidad en burla, su trabajo en sospecha y su dignidad en titular.
Santiago tomó su teléfono.
—Convocaré al comité legal.
Valeria negó.
—No hay tiempo. La nota sale en menos de una hora.
Mariana cerró los ojos.
Una hora.
Una hora antes de que su nombre, su trabajo y una confesión que jamás debió salir de una conversación privada se convirtieran en espectáculo.
Entonces recordó a su padre.
Los números siempre deben tener memoria.
Abrió los ojos.
—Necesito una sala.
Santiago la miró.
—¿Para qué?
—Para demostrar que no manipulé nada. Y para demostrar quién sí lo hizo.
Valeria dio un paso hacia ella.
—¿Tienes pruebas?
Mariana respiró hondo.
—Tengo registros locales del modelo. Siempre guardo logs fuera del servidor cuando detecto cambios sensibles.
Santiago la miró con una mezcla de sorpresa y respeto.
—Claro que sí.
—No diga eso como si fuera tierno —dijo ella—. Dígalo como si fuera útil.
Por primera vez en medio del caos, Valeria sonrió.
—Me agrada.
Treinta minutos después, la sala de crisis de Aurora Systems estaba llena.
Directivos, abogados, seguridad informática, Ramiro, Santiago, Valeria y un representante de Montalvo Capital que sudaba más de lo normal.
Mariana conectó su laptop a la pantalla.
—Este es el historial original del modelo —dijo—. Mi última modificación fue el jueves a las 19:42. Aquí están los cálculos, los supuestos y las notas.
Mostró otra tabla.
—Esta es la versión que alguien quiere filtrar. Tiene cambios hechos después de mi último acceso. Las tasas fueron alteradas, los riesgos eliminados y las conclusiones modificadas para hacer parecer que yo inflé el daño potencial del contrato.
Un abogado de Aurora se inclinó hacia adelante.
—¿Puede probar quién hizo esos cambios?
Mariana cambió de pestaña.
—Sí.
Apareció una IP externa.
Luego un usuario.
Luego una descarga del audio de la sala privada.
El representante de Montalvo palideció.
Valeria dejó su sobre blanco sobre la mesa.
—Y esto es una copia de la orden interna de mi padre para filtrar la historia.
Todos la miraron.
—Valeria —dijo el representante—, piense bien lo que hace.
Ella levantó la barbilla.
—Estoy pensando por primera vez en años.
Santiago abrió el sobre.
Dentro había capturas, instrucciones y un mensaje de Esteban Montalvo.
“Si Cárdenas no acepta la alianza, destruyan la credibilidad de la chica. Que parezca inestable, ingenua y favorecida.”
Mariana sintió que la palabra “ingenua” le quemaba más que todas las demás.
Santiago dejó el papel sobre la mesa.
Su voz salió baja, pero cada sílaba tenía filo.
—Se suspende toda negociación con Montalvo Capital. Legal iniciará acciones por acceso indebido, intento de difamación y manipulación documental.
El representante se levantó.
—Esto tendrá consecuencias.
Mariana lo miró.
—Sí. Para ustedes.
El silencio que siguió fue el primer respiro limpio que había sentido en horas.
Pero todavía faltaba lo peor.
A las 8:05 de la noche, la nota salió.
No como Montalvo quería.
Aurora publicó primero.
El comunicado no mencionaba detalles íntimos de Mariana. No usaba su vida privada como defensa. No la convertía en víctima pública.
Decía lo necesario: que una analista había detectado alteraciones en un modelo financiero, que existía evidencia de acceso externo indebido y que la empresa tomaría acciones legales contra cualquier intento de difamación.
Santiago quiso dar una conferencia.
Mariana le pidió que no.
—No quiero que salga a salvarme como si yo fuera una niña en peligro —le dijo.
Él la escuchó.
Entonces fue ella quien aceptó hablar en una reunión interna al día siguiente.
Entró al auditorio con la espalda recta y las manos frías.
Frente a cientos de empleados, dijo:
—Mi trabajo fue cuestionado por personas que esperaban que me diera vergüenza defenderlo. No voy a explicar mi vida privada. No tengo por qué. Estoy aquí para hablar de datos, accesos, versiones y responsabilidad profesional.
Nadie se movió.
Mariana continuó:
—Durante años creí que ser reservada me protegía. Ayer entendí que incluso el silencio puede ser usado contra una mujer si otros creen que su intimidad vale más como arma que como parte de su humanidad.

Miró hacia el fondo.
Santiago estaba allí, de pie, sin protagonismo.
Solo escuchando.
—No voy a pedir perdón por ser cuidadosa con mi corazón —dijo Mariana—. Pero tampoco voy a permitir que nadie use eso para disminuir mi trabajo.
El auditorio estalló en aplausos.
Mariana no sonrió de inmediato.
Primero respiró.
Como alguien que acababa de recuperar su propio nombre.
Una semana después, Esteban Montalvo enfrentaba una investigación formal. Valeria declaró contra él y renunció a su puesto dentro del grupo familiar. Ramiro admitió que varios directivos habían permitido accesos externos sin supervisión, y Aurora inició una auditoría completa.
Mariana fue llamada a una reunión con recursos humanos y el comité ejecutivo.
Pensó que sería incómodo.
Fue peor.
Le ofrecieron el puesto de analista senior.
Ella leyó el documento completo antes de firmar.
Santiago, sentado al otro lado de la mesa, no dijo una palabra.
Cuando terminó, Mariana levantó la vista.
—Aceptaré el ascenso con una condición.
La directora de recursos humanos parpadeó.
—La escuchamos.
—Que quede registrado que lo recibo por desempeño, no por reparación reputacional ni por intervención personal del director general.
Santiago bajó la mirada, pero Mariana alcanzó a ver una sonrisa breve.
La directora asintió.
—Quedará registrado.
Mariana firmó.
Sin miedo.
Esa tarde, al salir del edificio, encontró a Santiago esperándola en la entrada.
No había chofer visible.
No había flores.
No había escena.
Solo él, con las manos en los bolsillos y una prudencia nueva en la forma de mirarla.
—Felicidades, analista senior —dijo.
Mariana respiró hondo.
—Gracias.
Hubo un silencio.
Antes, él lo habría llenado con una frase elegante.
Ahora esperó.
Eso la hizo quedarse.
—Santiago —dijo ella—. Lo que pasó no se borra porque usted haya hecho lo correcto al final.
—Lo sé.
—Me gustaba sentir que usted me veía.
Él bajó la mirada.
—Y yo convertí eso en algo inseguro.
—Sí.
La palabra fue simple.
Honesta.
Necesaria.
Santiago asintió.
—No voy a pedirle que confíe en mí hoy.
—Bien.
—Ni mañana.
Mariana lo miró.
—Eso suena más inteligente.
Él sonrió apenas.
—Estoy aprendiendo.
Ella cruzó los brazos.
—Tampoco quiero cenas discretas, ni caminatas escondidas, ni que mi vida se convierta en rumor de pasillo.
—No habrá nada escondido.
—Y no quiero ser el símbolo de su redención.
Santiago la miró con seriedad.
—Usted no es mi redención, Mariana. Es una persona a la que lastimé al no ser claro desde el principio.
A ella se le apretó la garganta.
Esa respuesta no era perfecta.
Pero era adulta.
Y eso, después de tanto teatro de poder, se sintió extraño.
Casi valioso.
—Voy a tomarme tiempo —dijo.
—Tómelo.
—Mucho.
—Aquí estaré si algún día quiere hablar conmigo.
Mariana arqueó una ceja.
—No suene tan trágico.
Él soltó una risa baja.
—Intentaré sonar normal.
Por primera vez en días, Mariana sonrió.
No una sonrisa rendida.
No una sonrisa enamorada.
Una sonrisa pequeña, suya.
—Puede caminar conmigo hasta la esquina —dijo.
Santiago no extendió la mano.
No intentó acercarse más.
Solo caminó a su lado.
Y eso fue lo que Mariana notó.
Antes, él quería demostrarle que podía ser el hombre que ella esperaba.
Ahora parecía entender que no se trataba de demostrar.
Se trataba de respetar.
Pasaron frente a los cristales de la torre de Santa Fe, donde las luces reflejaban dos siluetas caminando despacio. Nadie diría que, unas horas antes, una empresa entera había estado al borde de un escándalo. Nadie sabría que una confesión hecha en voz baja casi fue convertida en arma.
Pero Mariana sí lo sabía.
Y también sabía algo más.
Su valor no dependía de haber estado con alguien o no.
No dependía de que un CEO multimillonario la eligiera.
No dependía de que una junta aplaudiera su inteligencia.
Su valor estaba allí antes de todo eso.
En la chica de dieciséis años que perdió a su padre y siguió estudiando.
En la mujer de veintiocho que se atrevió a decir lo que quería sin disculparse.
En la analista que guardó registros cuando todos confiaban en apariencias.
En la persona que, incluso herida, no permitió que la vergüenza decidiera por ella.
Al llegar a la esquina, Santiago se detuvo.
—Gracias por dejarme caminar hasta aquí.
Mariana miró la avenida.
Los coches pasaban rápido, indiferentes.
—No lo confundas con perdón.
—No lo haré.
—Ni con una promesa.
—Tampoco.
Ella asintió.
Luego, después de unos segundos, añadió:
—Pero sí puede ser un comienzo distinto.
Santiago la miró como si esa frase valiera más que cualquier contrato que hubiera firmado.
—Entonces lo cuidaré.
Mariana no respondió.
Solo caminó hacia su coche.
Antes de subir, volteó una vez.
Él seguía allí, sin perseguirla, sin llamarla, sin convertir el momento en escena.
Solo esperando que ella decidiera.
Y por primera vez, Mariana sintió que el control volvía a sus manos.
No sobre él.
No sobre el futuro.
Sobre sí misma.
Esa noche, al llegar a casa, Jimena le mandó un mensaje:
“¿Y el CEO?”
Mariana miró la pantalla y sonrió.
Respondió:
“Aprendiendo a esperar.”
Jimena contestó de inmediato:
“¿Y tú?”
Mariana dejó el teléfono sobre la mesa, se miró en el reflejo oscuro de la ventana y respiró con calma.
Luego escribió:
“Aprendiendo a no avergonzarme de mí.”
Guardó el celular.
Se quitó los tacones.
Abrió la ventana.
Y mientras la noche entraba suave en su departamento, Mariana entendió que tal vez el amor no empezaba cuando alguien prometía elegirte.
Tal vez empezaba cuando una misma dejaba de ponerse en venta por miedo a quedarse sola.
Y si algún día Santiago quería llegar a su corazón, tendría que hacerlo sin contratos, sin secretos y sin usar una confesión ajena como puerta de entrada.
Tendría que tocar de frente.
Y esperar a que ella decidiera abrir.