Valeria aceptó verme esa misma tarde.
Eligió una cafetería elegante en el centro. Cuando llegué, ya estaba sentada junto a la ventana, con el collar que Adrián había comprado con nuestra tarjeta compartida.
No perdí tiempo.
—¿Qué quieres decirme?
Valeria removió su café.
—Adrián está confundido. Tres años de matrimonio no desaparecen de un día para otro.
Casi sonreí.
—Entonces dile que firme.
Ella levantó la mirada.
—Lo hará. Pero quiero asegurarme de que después no regreses.
Ahí entendí todo.
No había venido a disculparse.
Había venido a marcar territorio.
—Puedes quedártelo —respondí—. Pero recuerda algo: un hombre que engaña contigo también puede engañarte a ti.
Su rostro se tensó.
—Adrián me ama.
—Perfecto. Entonces disfruta de tu premio.
Me levanté.
Valeria habló antes de que me marchara.
—Hay otra cosa. Estoy embarazada.
Me detuve.
No por dolor.
Por confirmación.
—Felicidades.
Su expresión cambió. Evidentemente esperaba lágrimas.
—¿Eso es todo?
—¿Qué esperabas? ¿Que peleara por un hombre que ya devolví?
Salí sin mirar atrás.
Esa noche, Adrián firmó el acuerdo.
El divorcio quedó formalizado pocos días después.
Yo recuperé mi apellido, alquilé un apartamento frente al río y volví a trabajar.
Entonces acepté finalmente la reunión con Gabriel Cross.
Esperaba encontrarme con un empresario arrogante.
En cambio, cuando entré en la sala privada del hotel, Gabriel dejó sobre la mesa un ejemplar lleno de notas de Cien verdades sobre las relaciones íntimas.
—Señora Vega, llevo dos años intentando conocer a Nora del Sur.
Me senté frente a él.
—¿Para qué?
—Mi grupo quiere adquirir los derechos audiovisuales de sus libros.
Deslizó una carpeta hacia mí.
La cifra de la primera página hizo que incluso yo levantara una ceja.
Treinta millones de yuanes.
—Eso es demasiado.
—No para la autora que ha vendido más de diez millones de ejemplares.
Gabriel sonrió.
—Y sospecho que este nuevo libro venderá muchos más.
Tenía razón.
Durante las siguientes semanas, las ventas explotaron.
Entrevistas.
Reimpresiones.
Traducciones internacionales.
Adaptaciones.
Mi editorial decidió entonces organizar una gala para celebrar que Cien verdades había superado el millón de ejemplares.
Por primera vez, yo acepté revelar públicamente mi identidad.
La noticia apareció en todos los medios:
“NORA DEL SUR MOSTRARÁ SU ROSTRO POR PRIMERA VEZ.”
Y ahí comenzó la verdadera pesadilla de Adrián.
Porque su empresa había comprado veinte invitaciones para aquella gala.
Su director general era admirador de mis libros.
Y Adrián fue elegido para representar al departamento comercial.
Elena casi se cayó del sofá cuando me enteré.
—No me digas que tu ex va a asistir.
—Eso parece.
—Sofía, esto no es justicia. Esto es literatura.
La noche de la gala entré por una puerta privada.
Adrián todavía no me había visto.
Estaba entre los invitados junto a Valeria, hablando con varios ejecutivos.
Escuché su voz al pasar detrás de una cortina.
—Mi ex también trabajaba en una editorial —decía—. Pero era una empleada común. Siempre estaba escribiendo cosas por las noches. Nunca entendí para qué perdía tanto tiempo.
Valeria soltó una risita.
—Quizá escribía su diario.
Seguí caminando.
Cinco minutos después, las luces del salón bajaron.
El editor jefe subió al escenario.
—Durante años, millones de lectores han conocido sus palabras, pero nunca su rostro. Esta noche tenemos el honor de presentar oficialmente a la mujer detrás de Nora del Sur.
La pantalla mostró las portadas de mis libros.
Diez millones de ejemplares.
Veintitrés idiomas.
Cifras de regalías acumuladas.
Luego apareció mi fotografía.
El salón quedó en silencio.
Subí al escenario.
Desde allí vi perfectamente a Adrián.
Tenía la copa detenida a medio camino de la boca.
Valeria estaba completamente rígida.
—Buenas noches —dije—. Mi nombre es Sofía Vega.
Un murmullo recorrió la sala.
—Y durante los últimos ocho años he publicado bajo el nombre de Nora del Sur.
Los aplausos estallaron.
Adrián no aplaudió.
Simplemente me miró como si acabara de descubrir que había convivido tres años con una desconocida.
Después de mi discurso, Gabriel subió al escenario para anunciar la adquisición de los derechos audiovisuales.
—El acuerdo inicial asciende a treinta millones de yuanes.
Las cámaras comenzaron a disparar.
Vi a Adrián palidecer.
Pero todavía faltaba algo.
Un periodista me preguntó:
—Señora Vega, muchos lectores dicen que su nuevo libro parece mucho más personal. ¿Su propio matrimonio influyó en él?
El salón se quedó expectante.
Miré hacia el público.
—Muchísimo.
Adrián bajó lentamente la copa.
—Mi matrimonio me enseñó una de las lecciones más importantes del libro: conocer perfectamente las señales de una relación rota no significa que tengas el valor de aceptarlas inmediatamente.
No mencioné su nombre.
No hacía falta.
Después del evento, Adrián me encontró en el pasillo.
—Sofía.
Seguí caminando.
Me sujetó del brazo, pero se apartó en cuanto lo miré.
—¿Tú eres Nora del Sur?
—Lo acabas de escuchar.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de conocerte.
Pareció recibir un golpe invisible.
—Entonces… ¿los diecisiete millones…?
—Ahora son bastante más.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Lo miré durante varios segundos.
—Porque cuando nos conocimos quería saber si alguien podía querer a Sofía Vega sin saber cuánto valía Nora del Sur.
—¡Yo te quise!
—Tal vez.
Mi voz permaneció tranquila.
—Pero después empezaste a despreciar a la mujer que creías que ganaba ocho mil yuanes.
Adrián abrió la boca.
No encontró respuesta.
—Podemos empezar de nuevo —dijo finalmente—. Valeria y yo terminamos.
Aquello sí me sorprendió.
—¿Y el bebé?
Su expresión se volvió extraña.
—No existe.
Fruncí el ceño.
Adrián apretó los dientes.
—La prueba médica confirmó que nunca estuvo embarazada. Me mintió porque quería que me divorciara rápido.
Todo encajó.
La consulta.
La urgencia de Valeria.
Su miedo a que Adrián cambiara de opinión.
Sentí algo parecido a ironía, pero ninguna satisfacción.
—Entonces resolviste tu problema.
—No. Perdí mi matrimonio.
Negué suavemente.
—Nuestro matrimonio ya estaba perdido cuando elegiste mentirme.
—Sofía…
—Adiós, Adrián.
Seis meses después, mi nuevo libro salió publicado.
Título:
La persona que debes elegir primero.

Vendió quinientos mil ejemplares durante su primera semana.
Gabriel y yo convertimos mis obras en una plataforma educativa sobre relaciones y comunicación. Elena se convirtió en asesora legal del proyecto.
De Adrián escuché poco.
Valeria desapareció de su vida poco después de que él descubriera sus mentiras.
Su carrera tampoco terminó bien. No porque yo hiciera nada, sino porque varios gastos personales realizados con una tarjeta corporativa provocaron una auditoría interna.
Una tarde recibí un sobre.
Dentro estaba mi antigua llave del apartamento.
También había una carta de Adrián.
No la terminé.
La guardé en un cajón y continué escribiendo.
Porque finalmente había entendido algo que ninguno de mis primeros libros decía con suficiente claridad:
Cerrar una historia no significa conseguir que quien te hizo daño se arrepienta.
Significa dejar de necesitar su arrepentimiento.
Aquella noche mi editora me llamó.
—Sofía, tenemos las cifras definitivas de regalías del trimestre.
—¿Cuánto?
Clara rio.
—Cuarenta y ocho millones.
Miré las luces de la ciudad desde mi ventana.
Tres años atrás, Adrián creía que estaba casado con una mujer corriente que escribía tonterías después de lavar los platos.
Ahora millones de personas leían aquellas “tonterías”.
Pero el dinero nunca fue mi verdadera victoria.
Mi verdadera victoria fue mucho más sencilla.
El día que cerré aquel matrimonio, dejé de escribir para explicar cómo conservar a otra persona.
Y empecé a escribir sobre cómo no perderse a una misma intentando hacerlo.