—No —respondí—. Ya no estoy enojada.
Nathaniel apretó mi mano.
—Entonces podemos empezar de nuevo.
Lo miré.
—No estar enojada no significa querer quedarme.
Su expresión se congeló.
Dos días después me dieron el alta.
Nathaniel creyó que volveríamos juntos a casa.
En cambio, un vehículo de la compañía artística me esperaba afuera.
El comisario Reynolds estaba junto a la puerta.
Nathaniel vio mi maleta.
—¿Qué significa esto?
Le entregué una carpeta.
Solicitud de divorcio.
Aceptación de la gira internacional.
Salida programada en cuatro días.
Pasó las páginas cada vez más rápido.
—¿Dos años?
—Como mínimo.
—Lina, no puedes decidir algo así sin hablar conmigo.
—Tú llevas años tomando decisiones sin hablar conmigo.
Me sujetó del brazo.
—¿Es por Clara?
Negué.
—Clara nunca fue nuestro verdadero problema.
Eso pareció desconcertarlo.
—Fuiste tú.
Le recordé cada ocasión en que me había dejado esperando mientras corría hacia ella.
Después mencioné el terremoto.
Nathaniel palideció.
—Volví por su cámara porque contenía material importante. No sabía que estabas atrapada.
—Exactamente.
—¿Qué?
—No sabías dónde estaba tu esposa porque ni siquiera miraste.
Me solté.
Por primera vez no tuvo una respuesta preparada.
Aquella misma semana ocurrió algo que terminó de romper sus excusas.
La revisión del incidente en el que había perdido a nuestro bebé encontró contradicciones entre la declaración de Clara y los testimonios disponibles.
No fui yo quien decidió su culpabilidad.
Tampoco necesitaba hacerlo.
Entregué mi declaración y dejé que la investigación siguiera su curso.
Nathaniel vino a buscarme la noche anterior a mi partida.
—He pedido que Clara deje de tener contacto conmigo fuera de lo estrictamente profesional.
Me reí suavemente.
—Todavía no entiendes.
—Entonces explícame.
—Aunque Clara desapareciera mañana, yo seguiría queriendo divorciarme.
Su rostro se derrumbó.
—Te amo.
—Quizá.
Lo miré durante unos segundos.
—Pero durante años me enseñaste que, cuando llegara el momento de elegir, yo debía prepararme para quedar segunda.
A la mañana siguiente fui al aeropuerto.
Nathaniel apareció antes de que embarcara.
No intentó detenerme.
Solo preguntó:
—¿Algún día podrás perdonarme?
—Probablemente.
Sus ojos se iluminaron.
Entonces añadí:
—Pero perdonar no significa regresar.
Dos años después volví.
Ya no como la esposa del comandante Hayes.
Volví como directora artística de una nueva producción internacional.
El divorcio llevaba mucho tiempo terminado.
Nathaniel estaba entre el público la noche del estreno.
Cuando terminó la función, me esperó lejos de los camerinos.
—Estás diferente.
Sonreí.
—No. Solo volví a ser quien era antes de acostumbrarme a esperar por ti.
No hubo abrazo.
No hubo reconciliación.
Solo dos personas que alguna vez se habían amado y que finalmente entendían que algunas decisiones llegan demasiado tarde para deshacerse.
Nathaniel creyó que nuestro matrimonio terminó cuando firmé los papeles.
Se equivocaba.
Terminó mucho antes.
Terminó el día en que él siguió corriendo hacia otra persona y yo, por fin, dejé de esperar que regresara por mí.