Aaron intentó detenerme.
—Maya, estás alterada.
—No. Por primera vez estoy pensando con claridad.
Me marché del cuartel.
Aquella misma tarde busqué una abogada.
No quería sus estrellas ni utilizar su rango contra él.
Quería revisar tres años de matrimonio.
Y entonces apareció algo que me dolió incluso más que Clara.
Parte del dinero que Aaron me había pedido para supuestas emergencias familiares nunca había sido necesario.
Él tenía ingresos y recursos suficientes.
Mientras yo vendía recuerdos de mi padre y trabajaba hasta la madrugada, Aaron había permitido que siguiera creyendo que estábamos sobreviviendo juntos.
Guardé cada transferencia.
Cada mensaje.
Cada recibo.
El divorcio siguió su procedimiento correspondiente.
Aaron comenzó a llamarme diariamente.
No respondí.
Una semana después apareció fuera de mi compañía artística.
—Clara no es mi esposa —dijo—. Tú eres la única mujer con la que me casé legalmente.
Lo miré.
—Eso no mejora nada.
—Puedo devolverte todo el dinero.
Negué.
—Puedes devolver dinero. No tres años.
Aaron quedó inmóvil.
—Te amo.
Aquellas palabras habrían significado todo para mí un mes antes.
Ahora solo sonaban tardías.
—Quizá —respondí—. Pero amarme nunca te impidió humillarme.
Pasé junto a él.
Clara podía quedarse con sus recuerdos.
El ejército podía quedarse con el general.
Yo quería recuperar a Maya.

Meses después, recibí el dinero que legalmente correspondía resolver dentro del divorcio y compré de nuevo un reloj antiguo del mismo modelo que había pertenecido a mi padre.
No era el original.
Pero cuando lo puse en mi muñeca entendí algo.
Aaron escondió su rango para comprobar si yo podía amarlo sin dinero; al final, quien no superó la prueba nunca fui yo.