PARTE 2: ALEXANDER DESCUBRIÓ QUIÉN CONTROLABA SU MAYOR PROYECTO.

Tres semanas después, Alexander entró en la sala del consejo de Grant Corporation.

Yo ya estaba sentada allí.

Su expresión fue casi perfecta.

Primero sorpresa.

Después incredulidad.

Finalmente miedo.

—¿Qué haces aquí?

El presidente del consejo frunció el ceño.

—Señor Grant, le presento a Elena Morgan, fundadora y directora creativa de EM Studio.

Alexander me miró como si acabara de escuchar otro idioma.

Durante cinco años había visto mi portátil abierto en casa.

Sabía que trabajaba.

Simplemente nunca se había interesado lo suficiente como para preguntar en qué.

El presidente continuó:

—Su estudio dirigirá el proyecto Horizon.

Horizon.

La expansión internacional que Grant Corporation llevaba dos años preparando.

Alexander había hablado de ella durante nuestro matrimonio como si fuera su futuro coronamiento.

—Eso es imposible —murmuró.

Abrí mi carpeta.

—Podemos empezar cuando quiera.

Alexander esperó hasta terminar la reunión.

Me alcanzó en el pasillo.

—¿Desde cuándo eres EM?

—Desde antes de casarme contigo.

—¿Y nunca me lo dijiste?

Lo miré.

—Te lo dije muchas veces.

Recordé las noches en que intentaba enseñarle diseños y él respondía sin apartar los ojos del teléfono:

“Luego.”

“Estoy cansado.”

“Esas cosas tuyas no las entiendo.”

Con el tiempo dejé de intentarlo.

—¿Por qué duplicaste el precio?

preguntó.

—Porque ya no trabajo para familiares.

Su rostro se endureció.

—Sigo siendo tu esposo.

—No.

Le mostré la fotografía que él mismo me había enviado.

Su certificado con Rebecca.

—Tú te encargaste de eso.

Entonces dijo algo todavía más absurdo.

—Cuando nazca mi hijo resolveré lo nuestro.

Lo miré durante varios segundos.

—Ya está resuelto.

Alexander no entendió.

No podía.

Porque había pasado semanas convencido de que mi embarazo seguía adelante.

No se lo expliqué.

Mi historial médico no le pertenecía.

Pero la verdad apareció igualmente.

Rebecca la descubrió primero.

No sé cómo.

Una tarde entró sin autorización en mi estudio.

—¿Dónde está el bebé?

Me quedé inmóvil.

—Sal de mi oficina.

—Alexander dice que estás utilizando al niño para manipularlo.

—Rebecca.

Mi voz fue suficiente para que seguridad se acercara.

Ella miró mi abdomen.

Después mi rostro.

Y comprendió.

Aquella noche Alexander llamó más de veinte veces.

No respondí.

Finalmente dejó un mensaje:

—Dime que no es verdad.

No contesté.

Al día siguiente apareció en recepción.

No permití que subiera.

Entonces recibí un correo.

Solo cuatro palabras:

«¿Por qué no me llamaste?»

Lo leí dos veces.

Después respondí:

«Porque ya nos habíamos divorciado.»

Nada más.

El proyecto continuó.

Alexander intentó interferir una vez.

El consejo le recordó inmediatamente la cláusula contractual:

cualquier intervención suya podía activar la terminación del acuerdo y una penalización considerable.

El hombre que durante años había dado órdenes en su casa tuvo que permanecer sentado mientras yo dirigía la operación más importante de su empresa.

Pero el verdadero golpe llegó meses después.

La auditoría previa al lanzamiento descubrió varias contrataciones promovidas por Alexander a petición de Rebecca.

Empresas vinculadas indirectamente a familiares de ella.

Precios inflados.

Servicios difíciles de justificar.

El consejo abrió una investigación.

Yo no tuve nada que ver.

Ni siquiera necesité vengarme.

Alexander había llevado su problema directamente hasta la empresa.

Rebecca, al comprender que su nueva vida podía desaparecer, culpó a Alexander.

Alexander la culpó a ella.

La boda que supuestamente debía durar “unos meses” terminó antes de cumplir un año.

Una tarde, después de que Horizon fuera presentado con éxito, Alexander me esperaba fuera del edificio.

—Rebecca y yo vamos a divorciarnos.

—Bien.

—Podemos empezar de nuevo.

Lo miré sorprendida.

Realmente lo creía.

—¿Empezar qué?

—Nosotros.

—Alexander, no existe ningún nosotros.

—Cometí un error.

Negué.

—Un error dura un momento.

Di un paso hacia él.

—Tú llevaste a una mujer embarazada a nuestra casa. Me pediste que renunciara a todo. Te casaste con ella. Pasaste semanas sin buscarme porque estabas seguro de que yo no podía sobrevivir sin ti.

Su rostro se quedó inmóvil.

—Eso fueron decisiones. Muchas.

—Puedo compensarte.

Sonreí.

—Ahí está tu problema.

—¿Cuál?

—Todavía crees que perdí algo.

Un año después, EM Studio abrió su segunda oficina internacional.

Grant Corporation siguió siendo cliente.

Alexander ya no formaba parte del equipo que trabajaba conmigo.

Nos cruzamos una última vez durante una recepción corporativa.

Él estaba solo.

Yo también.

—Te va bien —dijo.

—Sí.

—Nunca necesitaste nada de mí.

Pensé antes de responder.

—Sí necesité algo.

Sus ojos se iluminaron durante un segundo.

—¿Qué?

—Que aquella Nochevieja me mostraras exactamente quién eras.

Alexander bajó la mirada.

Seguí caminando.

La noche en que salí de aquella casa llevaba una mochila y creía que estaba perdiendo mi matrimonio, mi hogar y el futuro que había imaginado.

Con el tiempo entendí que no había salido sin nada.

Me había llevado lo único que Alexander nunca había sabido valorar:

mi capacidad de construir una vida sin él.

Él creyó que nuestro divorcio duraría unos meses.

Lo que nunca imaginó fue que esos meses serían suficientes para que yo descubriera que no quería regresar jamás.

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