Gabriel bajó la mirada hacia mi prótesis.
—Cuando desperté, me dijeron que habías pedido el divorcio y desaparecido.
—Despertaste tres días después.
—Clara, yo…
—Yo desperté primero.
El silencio cayó entre nosotros.
—Pregunté por ti —continué—. ¿Sabes qué me dijeron? Que estabas acompañando a Eva porque estaba traumatizada.
Gabriel cerró los ojos.
—Creí que tú estabas estable.
—Y decidiste que eso significaba que no te necesitaba.
No respondió.
Cinco años atrás había esperado explicaciones.
Ahora ya no.
Gabriel tragó saliva.
—Elegí a Eva porque el secuestrador estaba más cerca de ella. Pensé que después podría llegar hasta ti.
—Pero no llegaste.
Aquellas cuatro palabras bastaron.
Su rostro se quebró.
—Cuando finalmente fui a buscarte, ya te habías marchado.
—Había perdido una mano, Gabriel. Tuve cirugías, rehabilitación y tuve que aprender otra vez tareas básicas.
Levanté ligeramente mi brazo protésico.
—Mientras tanto, tú ni siquiera sabías esto.
Él dio un paso hacia mí.
—Déjame arreglarlo.
Negué.
—No puedes devolverme cinco años intentando entender por qué mi marido miró hacia otro lado cuando más miedo tenía.
—Entonces dime qué puedo hacer.
Por primera vez no sentí rabia.
Solo cansancio.
—Nada.
Gabriel pareció recibir aquella palabra peor que cualquier acusación.
Natalie apareció en la puerta.
—Doctora Bennett, traumatología la necesita.
Asentí.
Pasé junto a Gabriel, pero él pronunció mi nombre una última vez.
—Clara.
Me detuve.
—Nunca dejé de arrepentirme.
Giré apenas la cabeza.
—Lo sé.
Pareció sorprendido.
—Entonces…
—Que te arrepientas no significa que yo tenga que regresar.
Y seguí caminando.
Durante años había imaginado aquel encuentro.
Pensaba que gritaría.
Que exigiría respuestas.
Que querría verlo sufrir exactamente como yo había sufrido.
Pero cuando finalmente ocurrió, entendí que ya no necesitaba ninguna de esas cosas.
Había aprendido medicina con una prótesis.
Había reconstruido mi carrera.
Había construido una vida donde Gabriel Stone era simplemente un recuerdo.
Aquella tarde terminé mi turno.
Antes de salir, encontré mi prótesis dañada dentro de una caja. Gabriel había dejado junto a ella una nota de una sola línea:
“Esta vez sé que llegué demasiado tarde.”
No contesté.

Cinco años atrás esperé desesperadamente que mi esposo me eligiera; cuando finalmente quiso hacerlo, yo ya había aprendido a elegirme sola.