PARTE 2: VÍCTOR LE HABÍA SALVADO LA VIDA

—Víctor nunca fue mi amante, mamá. Fue mi paciente.

Me quedé inmóvil.

Elodie abrió la carpeta.

Había informes médicos, documentos legales y una fotografía de Víctor en una cama de hospital.

—Lo conocí durante mis prácticas. Tenía una enfermedad grave y necesitaba una intervención urgente. No tenía esposa ni hijos. Su única familia era un hermano con el que llevaba años peleado.

—Entonces ¿por qué te casaste con él?

Elodie respiró hondo.

—Porque Víctor necesitaba a alguien de confianza para gestionar sus decisiones médicas si perdía la capacidad de hacerlo. Sus familiares estaban intentando tomar el control de todo.

—Podía nombrarte legalmente sin casarse.

—Lo sé.

Bajó la mirada.

—Pero él tenía miedo. Y yo cometí el error de pensar que casarnos era la forma más sencilla de protegerlo.

Sentí vergüenza por cada cosa que había imaginado.

—¿Y el dinero?

Elodie empujó otro documento hacia mí.

Era un acuerdo matrimonial.

Había renunciado expresamente a cualquier derecho sobre su patrimonio.

—No recibí nada.

Entonces señaló el brazalete.

—Hace tres semanas Víctor murió.

Me llevé una mano a la boca.

Por eso había regresado sola.

Por eso estaba agotada.

—Antes de morir consiguió reconciliarse con su hermano. Yo ya había iniciado los trámites para dejar de intervenir en sus asuntos.

Elodie comenzó a llorar.

—No te lo conté porque sabía exactamente qué pensarías cuando vieras su edad.

Aquello me atravesó.

Porque tenía razón.

Me senté junto a ella.

—Perdóname.

—Pensaste que había vendido mi vida.

—Sí.

No intenté justificarme.

—Y me avergüenza haber decidido quién eras antes de escucharte.

Elodie apoyó la cabeza sobre mi hombro como cuando era niña.

Dentro del sobre había una última carta de Víctor.

No la abrí.

No me pertenecía.

Solo entendí entonces que mi hija había viajado a Londres queriendo convertirse en enfermera para acompañar a personas asustadas.

Y eso era exactamente lo que había hecho.

Yo creí que mi hija se había casado con un hombre mayor por su fortuna; la verdad era que había renunciado por escrito a cada centavo antes de aceptar acompañarlo cuando estaba completamente solo.

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